2 de febrero 2026

    2.Sufridos en la tribulación.Ro.12:12

    La paciencia en los sufrimientos es un fruto de la esperanza en la bienaventuranza eterna. La esperanza en la eterna felicidad siempre puede darnos paciencia en las aflicciones del tiempo presente. Las aflicciones actuales acabarán. No son eternas. Lo más importante es que Cristo nos salvó de la aflicción eterna, y ahora estamos en el camino a la eterna felicidad. Los cristianos tenemos esto bien presente, y ¡nos alegramos en esa esperanza!

    Sin embargo, el apóstol sabe que es necesario amonestarnos para que seamos pacientes en las aflicciones, tribulaciones y sufrimientos… Una amonestación nos recuerda una obligación que tenemos con el Señor. Así, por amor al Señor debemos ser pacientes en toda tribulación. Más aun sabiendo que es el Señor Dios, nuestro Padre celestial, quien nos envía o permite todo sufrimiento, lo hace para el bien de los que le aman. Creer esto será un poderoso factor para calmar nuestra impaciencia. Creamos, pues, las palabras de nuestro propio Señor Jesucristo, que dijo: “Pues aun vuestros cabellos están todos contados” Y también: “Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá”, sin el permiso de vuestro Padre (Mt.10:30; Lc.21:18). Dios pesa cuidadosamente todo el sufrimiento que el diablo y gente mala nos causan.

    La Escritura enseña esas cosas expresamente. ¡Recordemos con qué cuidado el Señor Dios le indicó a Satanás cuán lejos le estaba permitido ir con sus plagas contra Job! Y cuando unos asaltantes habían matado a sus siervos y se habían llevado sus camellos, y una tormenta había derribado la casa sobre sus hijos, Job sólo vio la mano del Señor en todo eso y dijo: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el Nombre de Jehová bendito” (Job 1:21b).

    De igual modo el afligido rey David, huyendo delante de su hijo Absalón, y siendo maldecido por el malvado Simeí, le dijo a su leal siervo Abisaí: “Si él así maldice es porque Jehová le ha dicho que maldiga a David. Quién, pues, le dirá: ¿por qué lo haces así? (2 S.16:10). Lo mismo declara Jeremías: ¿“Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó?” (Lm.3:37). Y así declara Dios por boca del profeta: “Yo, Jehová,…formo la luz y creo las tinieblas… hago la paz y creo la adversidad. Yo, Jehová, soy el que hago todo esto” (Is.45:7).

    ¿Contra quién habríamos de quejarnos y protestar entonces, en nuestra impaciencia? “Oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?” (Ro.9:20). “¿O quién le dio a Él primero, para que le fuese recompensado?” (Ro.11:35). Si el Señor es demasiado riguroso contigo, ¿cuál es tu mérito? ¿En qué derecho tuyo fundamentas tu reclamo? Si el Señor quiere discutir con nosotros, no podremos responderle una cosa entre mil (Job 9:3). Si el Señor quisiera tratarnos de acuerdo a nuestros pecados, o pagarnos conforme a nuestras iniquidades, tendríamos que ir al lugar de los tormentos y no obtener ni una sola gota más de agua…

    Debiéramos pensar y decir: “Tantas personas sufren mucho más que yo. Entonces, ¿por qué habría de protestar contra el sufrimiento, siendo que no merezco más que la ira de Dios, y no obstante, como creyente ahora espero eterno gozo? ¡Oh Dios, perdónanos, por favor, nuestra impaciencia, y ayúdanos de aquí en más a ser “pacientes en la tribulación!” (Ro.12:12).

    No tendríamos nada de que quejarnos si Dios nos tratase conforme a nuestros pecados. Pero Dios nunca nos tratará de esa manera, porque mediante la fe en su Hijo ahora disfrutamos su gracia. Él envía o permite todo lo que sufrimos, siempre según su inmensa fidelidad y piedad. Algún día comprenderemos a la luz de la gloria eterna, el secreto de todas las extrañas disposiciones de Dios con nosotros. Entonces veremos que la copa de nuestras aflicciones, no contenía ni una sola gota más de lo necesario para nuestro verdadero y eterno bienestar. Veremos también que nuestras más amargas experiencias nos fueron enviadas sólo para llevarnos a un plano superior y aumentar nuestro gozo y nuestra gloria en la eternidad.

    Y por otro lado, quién de nosotros podría decir: “Señor, yo te seré fiel hasta el fin, aunque Tú no me disciplines por medio de sufrimientos; y mortificaré mi carne, sin necesidad de padecer amargas experiencias”.

    Cuando advertimos la indiferencia y la debilidad de nuestra naturaleza carnal, suplicamos que el Señor nos ayude a mortificarla. ¿Pero cómo podría Él hacer eso, sin hacernos sufrir? Le pedimos que emplee el medio que mejor le parezca, con tal que realice su obra en nosotros; que conquiste nuestro corazón, fortalezca nuestra fe y santifique nuestro ser. Pero si el Señor quiere oír y atender tal oración, tiene que aplicar muchas medidas amargas para lograrlo.

    Entonces murmuramos y suspiramos, como si fuese algo malo, y nos olvidamos de que nosotros mismos lo habíamos pedido…

    En resumen, una vez que se nos abren los ojos para ver cómo Dios exalta su Nombre y produce nuestro bienestar por medio del sufrimiento… cómo, por medio de la cruz, fortalece a nuestro espíritu en su lucha contra la carne; una vez que comprendemos la verdad de las palabras: “El justo con dificultad se salva” (1 P.4:18), entonces no sólo seremos pacientes, sino también agradecidos por la tribulación, al ver el resultado que la misma produce, como sucedió con el rey Ezequías (Is.38:1-20).

    Publicado por editorial El Sembrador