2.Y vi en la mano derecha del que estaba sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos.Ap.5:1
Tan inmenso y glorioso es el consuelo contenido en estas palabras, que si tuviésemos abiertos nuestros ojos para percibirlo y aceptarlo como una firme verdad, arrojaríamos fuera todas nuestras angustias, diciendo: “Ahora ya no deseo nada más. Que Dios haga conmigo lo que desea. Sí, que todos los espíritus malignos y la gente perversa intenten hacerme lo que se les antoje. Ya no temo ningún mal”. Analicemos un poco las palabras bíblicas citadas. Como parte de la revelación o “apocalipsis” que el apóstol Juan recibió, ve un libro en la mano derecha del que está sentado en el trono. ¿Y qué contiene este libro? Contiene una profecía; muestra “las cosas que sucederán” (Ap. 4:1). ¡Entendamos entonces qué significa la visión! El libro contiene un aviso de “las cosas que vendrán después de estas”, o sea: de las cosas que ocurrirán en el futuro en el mundo; particularmente al pueblo de Dios en la tierra. Que ese libro descanse en la mano derecha de Aquel que está sentado en el trono, significa que Dios sabe -hasta el mínimo detalletodo lo que nos pasará, porque siempre está visible ante sus ojos lo que está descrito en el libro. Y que el libro está en su mano derecha, -la mano que actúa-, significa que el excelso y omnipotente Dios dirige y gobierna todo; y en segundo lugar, que presta tanta atención a lo que nos sucederá a nosotros, que lo tiene escrito en un libro. Pues cuando los hechos se registran por escrito, significa que se les presta cuidadosa atención…
Acaso no son precisamente “las cosas que sucederán después de estas”, es decir, en el futuro, ¿el motivo de nuestras preocupaciones? Generalmente nuestros corazones están llenos de angustias y preocupaciones por lo que nos sucederá en el futuro. Sufrir preocupándose por el futuro es señal de que falta la fe, de muerte espiritual. A diferencia de los incrédulos, el cristiano sufre aflicciones que no ahogan la vida espiritual, pues no son las mismas aflicciones que padece el mundo infiel. El creyente ya no se afana por las riquezas materiales, por las pasiones de la carne ni por las vanidades de la sociedad. Sus aflicciones se deben a cosas mucho más importantes. Le preocupa su propia alma, sus pecados, tentaciones, luchas, y peligros de caídas y extravíos. Se interesa por el destino eterno de las almas de sus parientes y las demás personas. Le aflige el futuro de la Iglesia, y el aumento de la impiedad en la sociedad. Los cristianos padecemos por amor, porque queremos que todo salga bien. Y como tenemos una visión espiritual iluminada por Dios, percibimos la importancia de algunas cosas, que la mayoría de la gente desprecia. Estas son angustias que se deben al amor que tiene el creyente por su prójimo, algo que no siempre lo entienden.
También somos siempre el blanco de todos los dardos encendidos del diablo, este implacable enemigo que constantemente trata de arrebatarnos la paz por medio de tentaciones, tribulaciones, y toda clase de mentiras. Tal es así, que los hijos de Dios muchas veces no tenemos reposo ni de día ni de noche.
¿A qué recurso podemos recurrir entonces? ¿En qué hombro apoyar nuestra atormentada cabeza? Pensamos: “¡Ojalá pudiera ver qué va a resultar de esta situación!” Sin embargo, todo lo que nos pueda sobrevenir ya ha sido registrado en un libro, que descansa en la mano derecha de Aquel que está sentado en el trono.
De alguna manera, el rey David lo vio, y exclamó reconfortado: “En tu libro estaban escritas todas aquellas cosas, que luego fueron formadas, sin faltar una de ellas” (Sal.139:16). Todavía tenemos el mismo Padre fiel en el cielo, que se ocupa tan amorosamente de todo lo que nos pasa, que lo escribió todo en un libro que Él mismo guarda en su diestra. ¡Ah!, si tan sólo fuésemos capaces de creer en la gracia de Dios, y en el cuidado que tiene de nosotros, ¿no crees que eso le daría felicidad, descanso y verdadera paz a nuestros pobres corazones? ¡Sin dudas tendríamos la más profunda paz y la mayor tranquilidad para todo nuestro futuro!
Pero aquí salta inmediatamente el “viejo hombre” en nuestro pecho, nuestro corazón incrédulo; y nuestra mente entenebrecida se opone, razonando: “Puede ser que Dios haya registrado de antemano los grandes hechos históricos, los acontecimientos importantes que le sobrevendrán a la Iglesia; pero no las cosas ordinarias, la vida de personas normales como yo”. Ciertamente, a nuestra mente le parece imposible que Dios haya registrado en su libro ¡todo lo que nos sucederá a ti y a mí! Pero, ¿qué podemos objetar si el propio Todopoderoso Señor declara que Él es tan previsor, no sólo para cada ser humano individual y para satisfacer aun sus mínimas necesidades, sino también para cada avecilla debajo del cielo? (Mt.10:29-31). Nuestra mente impía objeta: “¡Es completamente absurdo e imposible!” Pero toda la creación visible está llena de innumerables testimonios contra nuestras dudas, y clama a mil voces: ”¡Mira lo que Dios ha hecho! ¡Mira sus magníficas obras, hasta en los pequeños detalles!” A Él, que ha creado también todas estas cosas pequeñas, le debe resultar igualmente fácil cuidar y sostenerlas. ¡Ah! ¡Ojalá despertásemos del miserable sueño de nuestra incredulidad! Las innumerables pruebas de la existencia de Dios, que vemos por doquier en la creación, ¡son testimonios de Su gloria y poder! Sin embargo, a veces no percibimos nada… Es el propio Señor quien nos asegura: “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados” (Mt.10:29-30).