2 de diciembre 2026

    2.Líbranos del mal.Lc.11:4

    La persona que teme a Dios seguramente aprendió a desconfiar de su propio engañoso corazón y posiblemente ha comprobado la gran astucia y el poder seductor del enemigo. Pero cuando ve y siente claramente “las acechanzas del diablo” (Ef.6:11), y la abundante falsedad en su corazón, aún tiene el consolador recurso de poder acudir al fiel y omnisciente Dios, para rogarle que Él lo proteja y que lo aleje de todo mal.

    Este ruego lo expresamos adecuada y resumidamente diciendo: “Líbranos del mal”. –Tú, fiel y todopoderoso Dios, líbranos de todo mal, incluso del que no nos damos cuenta. Tú ves todas las redes y trampas ocultas del diablo, del mundo y de nuestro propio corazón. Y nos has mandado que acudamos a Ti en toda necesidad y angustia ¡Sálvanos y líbranos! Que así sea.

    Algo que oprime y atormenta más a los hijos de Dios es cuando ellos dicen: -No quiero ser falso ni jurarle lealtad a nada malo. Pero siento que mi corazón me engaña. Sé por experiencia que me faltan fuerzas, pero no sé dónde radica el problema.

    Cuando estamos en esa situación de incertidumbre y temor ante un mal desconocido, ¡qué inmenso consuelo es poder depositar toda nuestra preocupación en manos del fiel Señor! Él mismo nos ha mandado orar: “Líbranos del mal”. Qué consolador, es que se nos permita decirle a Dios: -¡Líbrame de ese mal que tú ves y conoces en mí y que yo mismo no puedo ver! ¡Quítame tú, oh fiel Dios, lo que te desagrada de mi vida y dame lo que me hace falta!

    Tenemos que pensar y recordar que Dios es el único que puede sondear y conocer realmente los deseos ocultos de nuestro engañoso corazón y la astucia del diablo. Dios nunca dijo que debemos ser capaces de escudriñar nuestro corazón. No, Él ha dicho todo lo contrario: “Engañoso es el corazón, más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón…” (Jer.17:9-10). Aquí el Señor niega expresamente que exista alguna persona capaz de conocer el corazón y dice que Él es el único que puede hacerlo. Por ejemplo, aunque a David en sus momentos proféticos se le permitió ver el futuro, lo que sucedería unos mil años más adelante, sin embargo él no pudo conocer su propio corazón.

    Para eso, David se dirigió a Dios y le pidió: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos” (Sal.139:23).

    En segundo lugar, tenemos que saber y recordar que el Señor Dios también es el único que puede remediar todo lo que no está bien en nosotros. Él nunca dijo: -Ustedes tienen que crearse corazones nuevos… Al contrario, Él dice: “Os daré corazón nuevo… quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne” (Ez.36:26). Por eso David clamó a Dios: “¡Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio!” (Sal.51:10).

    Dios ha dicho que es Él, y no nosotros, quien puede hacer ambas cosas: Conocer y remediar lo que está mal en nuestros corazones. Y en el versículo del principio Él nos enseña a pedir eso. Entonces, no dudes en acudir a Dios cuando enfrentes un mal que no puedas comprender. Y porque Él es nuestro fiel Dios, no defraudará al que teme y confía en Él, a quién se juzga a sí mismo y desea creer y seguir a todo lo que está escrito en la Biblia, e incluso está dispuesto a hacer morir la vieja naturaleza. Entonces podemos estar seguros de que Él hará todo lo que pidamos.

    Él se hará cargo de todo lo necesario para nuestra salvación y de subsanar todo lo deficiente y maligno que no podemos entender.

    Él mismo nos ha enseñado a orar: “Líbranos del mal“ y Dios no defraudará a la persona que confía en Él y quiere hacerle caso en todo.

    Durante la tentación, nos damos cuenta del mal, pero no tenemos el poder para deshacernos de lo que nos tienta. Sé que cierto acto es pecado. Sí, sé que es el diablo el que me quiere inducir a cometerlo, pero ni así soy capaz de librarme de la tentación. “Pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (Ro.7:23). Me doy cuenta que odiar, tener deseos sexuales impuros o codiciar los bienes ajenos es pecado; sé el peligro que hay en eso, pero en mi corazón no puedo dejar de pensar en ello y desearlo.

    Y puedo atormentarme de tal modo, que finalmente caiga rendido en la desesperación. Estaría totalmente perdido, si Dios mismo no tuviese misericordia de mí y me salvara. Así, pues, es como aprendo lo que significa orar: “Líbranos del mal”.

    Recuerda que en los momentos de tentación estamos enfrentando a un enemigo contra el cual no hay poder que valga, ni en el cielo ni en la tierra, sino solamente el Dios todopoderoso. Por eso, ruega enseguida al Señor. Porque Él ha declarado solemnemente: “Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve” (Is.43:11). Lutero dijo: “No intentes vencer el pecado por ti mismo, porque entonces se volverá contra ti de tal manera, que acabarás eternamente perdido”. Lo que necesitamos hacer es acudir con sinceridad y profunda confianza a nuestro fiel y todopoderoso Señor y rogarle: “¡Líbranos del mal!”

    Entonces se verá el consuelo verdadero; cuando nuestras mentes entiendan que el mismo Señor nos mandó orar así. Por supuesto, Él no quiere hacer bromas pesadas con sus angustiados hijos cuando les enseña a orar de esa manera. Lo que Él sí quiere hacer, es librarnos y salvarnos. Por eso promete claramente: “Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás” (Sal.50:15).

    Publicado por editorial El Sembrador