2 de agosto 2026

    2.¡Yo Jehová! Este es mi Nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas.Is.42:8

    Por medio de la Escritura los judíos sabían que Dios había prometido enviar a la humanidad un buen Pastor universal. Las promesas decían: “Levantaré sobre ellas (las ovejas) a un Pastor, y Él las apacentará…” (Ez.34:23). Cuando vino Jesucristo, dijo: Yo soy el Pastor prometido. Todos los que vinieron antes de Mí, pretendiendo ser ese Pastor, fueron ladrones y asaltantes. Yo soy el buen Pastor que les fue prometido… (Jn.10:11ss.).

    Con eso el Señor quiso decirnos que Él era el verdadero buen Pastor. Es el buen Pastor en un sentido en que nadie más puede pretender serlo. Esto es una verdad muy importante, tanto para nuestra advertencia como para nuestro consuelo.

    Los cristianos hemos de estar en guardia y evitar la lealtad idólatra hacia cualquier Pastor humano. Por ejemplo, es una lealtad idólatra e injuriosa cuando nos volvemos tan dependientes de un ser humano, que perderíamos el ánimo y el rumbo si esa persona falleciese o se mudase. Además, nos descarriaríamos si ese maestro se desviara de la verdad. ¡Tengamos en cuenta ese peligro! El cristiano debe dirigir su devoción y confiar de todo corazón sólo en el Señor. De manera que si le tocase vivir en un lugar muy desolado, donde no puede oír la cariñosa voz de los labios de un Pastor humano, aún estaría en condiciones de orientar su alma hacia el Señor y a su Palabra, exclamando desde lo profundo de su alma con David: “Jehová es mi Pastor, nada me faltará” (Sal.23:1).

    En segundo lugar, si un maestro muy excelente, predicara otro Evangelio que no sea el que predicaron Cristo y sus apóstoles, entonces tenemos que repudiar a este maestro y permanecer fieles únicamente a la Palabra del Señor. Hemos de decir: “Sé muy bien lo que enseñó el Señor Jesucristo, y cómo trató a los pecadores. A eso me atengo. Él es el buen Pastor, al cual sigo”. A los Pastores fieles, a los siervos del Señor, les aflige cuando las personas que ellos intentan conducir al “gran Pastor de las ovejas” que las compró con su sangre (He.13:20)-, dependan de ellos, incluso que estas personas se sientan infelices, desconsoladas y desorientadas sin ellos. Cuando los creyentes profesan desmedida lealtad a un Pastor humano, a veces Dios tiene que llevárselo de este mundo, o permitir que cometa una locura y pase vergüenza, para que la gente aprenda a no idolatrar a una persona. Porque así dice el Señor: “¡Yo Jehová! Este es mi Nombre, y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas”. “¡Yo, Yo Jehová! ¡Y fuera de Mí no hay quien salve!” “¡Yo soy el buen Pastor! (Is.42:8; 43:11; Jn.10:11).

    Al decir esto no quiero apoyar a los que se creen sabios y desprecian a los siervos que el Señor, en su inmensa piedad, dio a su Iglesia; al espíritu carnal, que menosprecia la luz que Dios envió al mundo en la Palabra predicada por sus mensajeros. Los sabios carnales creen sólo en su propio espíritu. En su presunción desprecian hasta a los más gloriosos instrumentos que Dios empleó para la restauración de su Iglesia, aun cuando estos instrumentos recibieron el sello del propio Dios y la confirmación de su misión, en la forma de sobreabundantes frutos. No debemos exaltar ese espíritu rebelde, ni contradecir a San Pablo cuando elogia el estado de los Gálatas como muy “bendecido”, porque lo recibieron a él como a un ángel de Dios; más aún, como al propio Jesucristo, y hubieran estado dispuestos a arrancarse los ojos por él (Gál.4:15). Un amor tan ferviente es una hermosa señal del profundo amor a la verdad.

    Solamente quiero advertir contra esa lealtad idólatra y servil que describimos arriba: Una lealtad injuriosa, tanto para los miembros, como para los siervos y Pastores. Quiero decir como dijera Juan el bautista: “Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de Él. El que tiene la esposa, es el esposo. Mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido. Es necesario que Él crezca, pero que yo mengue”. “Yo (sólo) soy la voz de uno que clama en el desierto: ¡Preparad el camino del Señor!” (Mt.3:1-12; Lc.3:1-17; Jn.1:19-28; 3:28-30). El apóstol Pablo dijo lo mismo: “¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?” (1 Co.1:13).

    Estos pasajes nos enseñan que incluso los creyentes de Corinto estaban infectados con la tendencia de profesar lealtad al Pastor. Por eso no nos debe sorprender que eso siga ocurriendo todavía en la actualidad. Tenemos que estar en guardia contra eso, como contra algo muy perjudicial para las almas compradas a tan alto precio.

    Hay muchos ejemplos de creyentes que se vieron privados de Pastores fieles -no que los hayan despreciado- y se vieron obligados a mantenerse unidos únicamente a Cristo mismo y a su Palabra. Aun en esas circunstancias su vida espiritual siguió creciendo. Y no sólo eso: También sus corazones se llenaron de un gozo muy superior y más permanente, al estar más íntimamente unidos con el Salvador, quien busca y atiende a sus solitarias ovejas. Experiencias así nos demuestran qué significan las palabras del Señor: “Yo Jehová; este es mi Nombre; y a otro no daré mi gloria” (Is.42:8).

    Publicado por editorial El Sembrador