2 de abril 2026

    2.Bendice alma mía a Jehová. Y bendiga todo mi ser su santo nombre.Sal.103:1

    ¿Cómo obtuvo David esa disposición de corazón? ¿Por qué el Señor llegó a ser tan querido para él? Solamente el perdón de los pecados, la certeza de salvación, puede hacer realmente feliz al corazón humano, conmoverlo y enardecerlo.

    Aun creyendo todo lo que la Escritura dice de Cristo, y aun creyéndolo con tanta firmeza que podrías dar tu vida por esas verdades, si no reconoces tu propia pecaminosidad, y andas contento y seguro a pesar de tus pecados, entonces toda tu “fe” no puede darte el gozo y la nueva vida con Dios. Toda tu “piedad” consiste solamente en conocimientos intelectuales.

    Por otra parte, si reconoces tus pecados, de modo que tu carne y tu corazón quieren desfallecer, pero no tienes fe y careces de la seguridad del perdón, tu alma seguirá fría y muerta, aunque te esfuerces todo lo que puedas por llenar tu corazón de amor a Dios y deleite en Él. Para eso siempre hacen falta dos cosas producidas por las Escrituras, por medio de la Ley y del Evangelio. Es decir: Arrepentimiento y fe; “abundancia de pecado y sobreabundancia de gracia”. ¡Y entonces nace la nueva vida, el gozo, la paz, el fervor de espíritu y el deleite en todo lo santo! Entonces, a pesar de tu gran indignidad, obtienes del bendito Salvador la seguridad de que “¡tus pecados te son perdonados!”

    Eres justificado de todos ellos, y ya aquí en la tierra estarás viviendo en un reino, en el que no se te inculpará de ningún pecado. ¡Siempre serás bien visto ante los ojos de Dios! Escuchen esto todos, porque aunque ya lo oyeron muchas veces, hay que repetirlo, pues lo olvidamos fácilmente: Jesús es el único camino de salvación y santificación; solamente por la fe en Él alcanzamos la justicia que vale ante Dios y un corazón gozoso y afectuoso, dispuesto y apto para realizar el bien.

    Cuando alguien despertó del terrible sueño de su pecado, y comenzó a buscar su salvación; o cuando un cristiano reconoce su negligencia, frialdad y pecaminosidad, suele amargarse y caer en un estado depresivo; lo que más le preocupa es que no puede amar a Dios como debiera, como lo aman otros creyentes.

    Entonces se asusta, ora, y realiza ejercicios espirituales con el fin de convertirse y amar a Dios, pero no lo logra. Su corazón sigue espiritualmente frío como antes. Ruega que Dios le dé amor, pero siente que permanece insensible como antes. Lucha contra sus inclinaciones idólatras hacia otras cosas o personas que llegaron a ser más importantes que Dios para él, pero sigue prefiriéndolas. Se siente frustrado por ello, y con toda razón, porque no ama a Dios sobre todas las cosas.

    Hasta que finalmente el Espíritu Santo lo ilumina y comprende que Cristo vino para salvar a pecadores realmente perdidos; que vino para obrar por nosotros precisamente eso, lo que la Ley no pudo producir en nosotros. Sí, escucha bien: Precisamente lo que la Ley no pudo darnos, lo hizo Jesús, al amar a Dios en nuestro lugar; Él fue puro, santo y justo en lugar de los injustos. Ahora todo está cumplido y preparado. No importa cuán impíos o piadosos seamos ni lo insensibles o contritos que estemos. En Cristo siempre seguimos siendo justos, santos y amados.

    Cuando el alma ve esto y se reanima a la luz de la fe; cuando es liberada de los sentimientos de culpa por la seguridad del perdón de Dios, entonces realmente ama y no puede dejar de amar a un Dios y Padre tan infinitamente clemente. Entonces nace una nueva vida en el corazón y un sincero deleite en los mandamientos y enseñanzas de su Salvador. Y no se puede dejar de alabar a Dios con el corazón rebosante de gratitud, y cantar con David: “¡Bendice, alma mía a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre!… Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias” (Sal.103:1,3).

    Así se obtiene un corazón como el que tuvo David. Ser religioso y caritativo sin haber recorrido el camino oscuro, difícil y penoso, que va desde el sufrimiento por los pecados al perdón que se halla en Cristo, es un engaño muy lamentable.

    Se puede ser más respetable que la mayoría de la gente, pero no ser un cristiano “revestido de Cristo” (Gá.3:27). Quien no fue desnudado primero de su ilusoria dignidad, reconociendo humildemente sus pecados, no puede “revestirse” de Cristo.

    En esta vida puede ser conveniente ser religioso y virtuoso, pero en el Juicio Final, cuando el Rey venga a ver a los convidados, los que estén sin el “vestido de boda” serán “echados a las tinieblas de afuera”, a pesar de toda su presunta piedad (Mt.22:11ss). Todos tenemos que recorrer el camino de David y de la mujer pecadora (Lc.7:38).

    ¿Quiere decir que tenemos que pecar para ser salvos? ¡Claro que no! Porque pecados ya tenemos más que suficientes para ser condenados. Lamentablemente, no nos faltan pecados. La falta está en que no los reconocemos. Y sin duda descubrirás más pecado de lo que puedes soportar, si obtienes la gracia de reverenciar a Dios, de tener “el temor de Dios delante de tus ojos” (Ro.3:18); si dejas que la santidad de Dios brille en tu conciencia y corazón, mostrándote el horrendo pecado de tu impureza, indiferencia, hipocresía y arrogancia. Cuando se ataca así a la conciencia, la culpa se torna prácticamente insoportable; pero así también la gracia se torna real, maravillosa y sobreabundante. El corazón renace, y llegamos a ser verdaderos cristianos.

    Publicado por editorial El Sembrador