19 de septiembre 2026

    19.He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida.Is.49:16

    Cuando el Señor le dice a su afligida Sion, a sus pobres hijos en la tierra: “He aquí en las palmas de las manos te tengo esculpida”, desea asegurarles que no los puede olvidar ni desamparar, ni aunque quisiese hacerlo, lo cual descarta completamente.

    “¿Dónde habría de poner mis manos, en las que te tengo grabada, si quisiera olvidarte? ¡Estás siempre ante mis ojos!”.

    Y el Señor nos tiene allí un mensaje más profundo aún. No sólo nos tiene grabados en sus manos, como alguien puede llevar el nombre de una persona grabado en el anillo de su dedo. No, la palabra empleada en el texto original significa “la palma de la mano”. Ya en el Antiguo Testamento el Espíritu del Señor había anunciado que las manos y los pies de Cristo serían horadados. Esa referencia se encuentra en el Salmo 22 de David, donde el Mesías se lamenta: “Horadaron mis manos y mis pies” (16b).

    Las palabras: “He aquí, en las palmas de las manos te tengo esculpida” se refieren a las heridas que le hicieron al Señor Jesucristo con los clavos que horadaron las palmas de sus manos; esas manos que Jesús, después de su resurrección, mostró repetidas veces con especial énfasis a sus discípulos.

    Un comentarista bíblico explica: “Las heridas dejadas por los clavos en las manos de Jesús le recuerdan a Él permanentemente las personas por las que se dejó herir de esa manera. Ahí nos tiene grabados, no con tinta, sino con su propia sangre. No nos tiene grabados con escritura que puede ser borrada, sino con heridas que atraviesan sus manos. Es una escritura no hecha con lápiz, sino con metal punzante: con clavos de hierro. E hizo eso para no olvidarnos jamás, porque no quiere olvidarnos”.

    El rey David dijo: “Si me olvidare de Ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza” (Sal.137:5). De igual modo el Señor quiere decirnos en este versículo: “¡Oh alma angustiada! No necesitas temer que yo me olvide de ti. En tanto que no me olvido de mi mano derecha, más aún: de ambas manos mías en cuyas palmas estás esculpida, no podré olvidarte. Antes tendría que olvidarme de mis propias manos…”

    Es evidente que el Señor desea transmitirnos una gran seguridad con estas palabras: “He aquí, en las palmas de mis manos te tengo esculpida”. Y es algo grandioso que Cristo haya ascendido al cielo con las señales en sus manos.

    Sin dudas lo más provechoso para nosotros es recordar que hemos sido esculpidos para siempre en esas heridas, como beneficiarios de la redención obrada por Cristo Jesús. Todos somos beneficiarios de esa redención. Eso lo revela la Escritura con toda claridad. Y nadie nos puede privar de ese beneficio, por equivocado que pueda parecernos.

    En efecto, aun cuando nos volvamos apóstatas y nos separemos del Señor, no obstante todavía estamos esculpidos en las marcas de la expiación de Cristo.

    Es decir, a pesar de nuestro rechazo, esa expiación se hizo para nosotros, y nunca puede ser anulada. Es eternamente válida, y siempre llevará salvación y bienaventuranza eterna a la persona, tan pronto como ésta la reciba por medio de la fe.

    Un compositor evangélico que entendió esto escribió:

    “¡Alabado seas, Señor, porque me concediste paz! Me libraste de mis temores, haciéndome ver que fui esculpido en tus heridas. No te negarás a Ti mismo, ni a tu Padre, ni me borrarás de tu memoria”.

    ¿Qué pasará si me vuelvo impío? En ese caso, por mi incredulidad borro mi nombre del Libro de la Vida, pero siempre seguiré grabado en las heridas de Cristo como beneficiario de una redención eternamente válida.

    Este es el firme fundamento por el que todo mal puede ser remediado, y por lo que Dios nunca puede olvidarme. Debemos recordar esto cuando todo parece ir tan mal que estamos a punto de desesperar.

    Por este medio -el de la fe y no por el de la vista- podemos ingresar siempre de nuevo al Reino de Dios.

    Publicado por editorial El Sembrador