19 de noviembre 2026

    19.Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia.2 Ti.3:16

    Todo lo que Dios nos ha revelado en su Palabra tiene dos objetivos: En primer lugar, Él quiere enseñarnos cómo podemos recibir su gracia, obtener el perdón de nuestros pecados, y ser adoptados como hijos suyos.

    En segundo lugar, enseñarnos cómo hemos de vivir los hijos de Dios en este mundo, haciendo su voluntad. Estos son los pilares sobre los cuales se sostiene o cae el reino de Dios entre nosotros. Por eso mismo, el diablo siempre ataca estas dos doctrinas, y se esfuerza para apartarnos de ellas. La confusión en estos dos temas es la causa más frecuente del desvío y la apostasía de muchos que fueron iluminados con la fe, y hasta de iglesias enteras.

    Cuando Cristo vino, Él censuró y trató de cambiar principalmente dos errores de su pueblo: Sobre todo, censuró su falsa justificación, basada en la “justicia” personal. Y luego, su falso servicio a Dios, mediante “buenas obras” inventadas por ellos mismos. Por ejemplo, les dijo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Porque diezmáis la menta, y el eneldo, y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe” (Mt.23:23).

    La Reforma de la Iglesia por medio de Martín Lutero, se produjo principalmente para restaurar y destacar estas dos doctrinas, sobre las cuales Lutero tanto enseñó y predicó: La justicia que vale ante Dios, la justificación por gracia, por los méritos de Cristo, por medio de la fe. Y cuáles son las verdaderas buenas obras, el servicio que le agrada a Dios, o sea, solamente lo que Dios mismo nos ha ordenado hacer, como está revelado en su Palabra.

    Por ello, Lutero primero censuró y atacó la falsa doctrina de la justificación por obras, sostenida por el Papa, según la cual uno llega a ser justificado solamente si alcanza la santidad, mediante su buena conducta.

    En segundo lugar, Lutero combatió la falsa enseñanza que para agradar a Dios había que salir del mundo y convertirse en monje, vivir en celibato, peregrinar, ayunar, flagelar el cuerpo, etc. Por ello se dice acertadamente que la Reforma se produjo por estos dos motivos principales, y que hoy en día debemos a la Reforma la restauración de estas dos enseñanzas fundamentales: La verdadera justificación ante Dios, y la verdadera piedad cristiana.

    Como se ha dicho, estas enseñanzas han sido también los blancos elegidos por el diablo, que siempre ha tratado de corromperlas. Y él hace esto de manera muy sutil, poco a poco, de modo que la gente se desvía gradualmente y sin darse cuenta. También nuestra razón, nuestras opiniones y sentimientos, se oponen a estas doctrinas. Nada es más contrario a mi razón que sostener que le agrado a Dios cuando me siento y me veo a mí mismo lleno de pecado. Tampoco se me ocurre pensar que hago las obras más agradables y santas a Dios y le sirvo realmente, al hacer las tareas domésticas en mi hogar, mis responsabilidades en la sociedad, o cuando ayudo a los pobres y necesitados, como cualquier persona decente, común y corriente.

    Tampoco imagino que puede ser muy peligroso seguir mis impulsos y visiones (que pueden parecerme la voz de Dios hablándome directamente al corazón), sin examinarlos primero a la luz de la Palabra revelada de Dios. La razón y los sentimientos no pueden decidir sobre esto.

    Por medio de la experiencia, nos damos cuenta que el diablo usa toda su fuerza, para apartarnos de lo que la Palabra nos enseña sobre la manera de vivir de los hijos de Dios; y nuestra propia mente lo apoya decididamente en eso.

    ¡Cuántas graves locuras y daños ha causado el diablo a la iglesia, porque logró que algunos miembros abandonaran la Palabra de Dios!

    Algunos se toman muy en serio su vida espiritual, pero han sido desviados de la verdadera fe; asumieron muchas responsabilidades y compromisos que no han sido ordenados por Dios, ni sirven de provecho a los demás. Se dejaron llevar por su imaginación, escuchando lo que piensan que es la voz de Dios en sus corazones, en vez de dejarse guiar por lo que está escrito.

    Por otro lado, todos experimentamos diariamente que, ni bien olvidamos la Palabra de Dios y cuáles son las verdaderas buenas obras, ya no nos sentimos atraídos a hacer lo que Dios nos ordena en Élla y nos volvemos lerdos y perezosos para hacer el bien. Pero si acudimos regularmente a la Palabra, recordaremos que es Dios quien nos ordena hacer las tareas según nuestras respectivas vocaciones, aunque a nosotros nos parezcan poco importantes; y entonces las haremos con la mejor voluntad y cuidado, obedeciendo sus mandamientos todos los días, para la gloria de Dios y el bienestar de los demás.

    Publicado por editorial El Sembrador