19 de mayo 2026

    19.Ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre; a mi Dios y a vuestro Dios.Jn.20:17

    Estas son las primeras palabras que Jesús habiendo resucitado habló, después de haber cumplido su gran sacrificio. Y en esas palabras notamos su obvia intención de llamar nuestra atención a la palabra “hermanos”. Jesús emplea más palabras para expresar lo mismo, cuando dice: “…mi Padre y vuestro Padre; mi Dios y vuestro Dios”. Recordemos además que antes de su muerte Jesús no solía dirigirse a sus discípulos como “hermanos”. Es verdad que antes los había llamado “amigos” (Jn.15:14), y les había demostrado su gran amor. Y en un modo general había declarado: “Todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre” (Mr.3:35).

    Sin embargo, no los había distinguido hasta entonces con la designación de “hermanos”. Primero tuvo que reparar la caída del hombre, aplastar la cabeza de la serpiente, remover la iniquidad y restaurar la justicia eterna, recuperando para el hombre el derecho original de hijo de Dios (Ef.1:5). Sólo después de consumar su gran sacrificio expiatorio, Jesús comenzó a llamar “hermanos” a sus discípulos, diciéndoles: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre; a mi Dios y a vuestro Dios”.

    Sin duda, ¡esto es tan importante, que nos debe hacer reflexionar! Que esto haya sido lo primero que el Señor dijo después de su resurrección, le da un valor especial, porque precisamente ese fue el objetivo principal de la expiación de Cristo: Es decir, restaurarnos el derecho de hijos de Dios, que habíamos perdido en la caída. Todo lo demás que nuestro Señor Jesucristo realizó, como ofrecerse en propiciación por nuestros pecados, remover la maldición de la Ley, y adquirirnos una justicia eterna, tiene la misma meta: La restauración de nuestro derecho perdido de hijos.

    Dios creó en el principio al hombre para que fuese su hijo y heredero. Y cuando perdió este privilegio al caer en pecado, “la Simiente de la mujer” habría de restaurarle ese derecho. En nuestra adopción por parte de Dios se resume toda nuestra bienaventuranza eterna. Porque si somos hijos de Dios, también somos sus herederos. La restauración de esta relación es el objetivo y el resumen final, de todo lo que nuestro Señor Jesucristo vino a realizar en este mundo, como nuestro segundo Adán.

    Si alguien preguntara: Después de la expiación cumplida por Cristo, ¿ha sido restaurado nuestro derecho de hijos de Dios? ¿Hemos recuperado ahora esa relación con Dios que perdimos en la caída? ¡He aquí, que el Señor Jesucristo lo confirma personalmente en este pasaje! Es lo primero que declara después de su resurrección. Y se muestra particularmente interesado en que notemos lo que dice: “Mis hermanos… mi Padre y vuestro Padre; mi Dios y vuestro Dios.” “¡Mío… y vuestro; mío… y vuestro!” Quien no capta lo grandioso y divino de este mensaje, debe tener sus sentidos completamente embotados. ¡Ah, qué extraordinario! Cristo mismo, el Señor del cielo, el eterno Hijo de Dios, primero vino y se hizo un ser humano como nosotros; luego cumplió la obra de la redención, y ahora declara a sus pobres y débiles discípulos “hermanos… hermanos míos”; hijos de “¡mi Padre y de vuestro Padre”! Es así como nuestro Señor Jesucristo tiró abajo la pared divisoria y reconcilió a los hombres con Dios. Lo que se había perdido, el derecho de hijos de Dios, ha sido restaurado. Es así como el Hijo unigénito de Dios llegó a ser “el primogénito entre muchos hermanos”, como dice el apóstol Pablo en Ro.8:29b. Notemos esa expresión: “El primogénito entre muchos hermanos” ¿Qué dice? ¿Qué oímos?

    Aunque hayamos oído este maravilloso saludo fraternal muchas veces, difícilmente comprenderemos este sublime misterio. Aquí la piedad de Dios se manifiesta en una profundidad y una altura muy superior a nuestra capacidad de comprensión. ¡Esta bendición es tan grande, y nuestros corazones son tan mezquinos! Ante tal profundidad del eterno plan de Dios, hasta los ángeles y arcángeles se maravillan y lo alaban por su inmensa gracia…

    Pero alguien puede pensar que Jesús llamó “hermanos” a sus discípulos cercanos, aquellos que eran personas leales, piadosas y santas, y que le siguieron por más de tres años. Pero, ¿por qué nos llamaría “hermanos” a nosotros? A eso respondo: ¿No has entendido todavía que esa hermandad con Cristo es lo mismo que nuestra adopción por parte de Dios? Ese fue el objetivo principal del sacrificio expiatorio de nuestro Señor Jesucristo, y eso evidentemente no ocurrió sólo por algunos discípulos, sino por todo el mundo.

    Claro, parece demasiado absurdo que nosotros, miserables pecadores, seamos hermanos de Cristo. Pero, ¿qué afirma la Escritura? ¿Y acaso Jesús alguna vez hizo distinción de personas? Dios, Creador y Salvador de toda la humanidad, no juzga al hombre de acuerdo a su importancia personal, sino sólo de acuerdo a su humanidad. Jesús no le concedió un trato preferencial ni siquiera a su propia madre. Todos los seres humanos eran iguales para Él. El género humano en sí es lo valioso ante sus ojos; no ésta o aquella persona. Sólo con esta única diferencia: Los creyentes se recuestan en su pecho y son su alegría y deleite; mientras que los incrédulos son hijos perdidos, que le causan pena y preocupación. La fraternidad de Cristo no sólo incluye a los primeros discípulos, sino también a todos nosotros, los que por el testimonio de aquellos creemos en Él. ¡Ah, qué indescriptible gloria! ¡Qué fuente eterna de regocijo! Cada uno de nosotros, los que por el testimonio de los discípulos creemos en Él, somos herederos de la misma gloria, pues también a nosotros Jesús nos dice: “¡Hermanos… subo a mi Padre y a vuestro Padre; a mi Dios y a vuestro Dios!”

    Publicado por editorial El Sembrador