19 de marzo 2026

    19.Nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo.1 Jn.4:14

    En este versículo ¡observemos primero el excelso y profundo amor de Dios! San Juan afirma que el Padre nos dio al Hijo como Salvador. Y en el v.9 dice: “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por Él”. Nuevamente, en el versículo 10 declara: “En esto consiste el amor: No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”.

    La venida del Hijo fue obra exclusiva del amor de Dios, y es la prueba suprema de su amor. El propio Señor dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn.3:16). ¿Y qué otra razón pudo existir para algo así, sino tan sólo el amor de Dios?

    Un viejo maestro dijo: “Después de haberme esforzado durante mucho tiempo para comprender por qué razón Dios amó tanto al mundo, que ha dado a su unigénito Hijo, finalmente llegué a esta única conclusión: Amó porque ama…”

    Así como una madre no puede tener otro motivo por atender y cuidar infatigablemente, día y noche, a su hijo enfermo con tanto amor, salvo ese mismo amor maternal, del mismo modo tampoco podemos hallar otro motivo que explique por qué Dios dio a su Hijo. Su sentimiento hacia la humanidad fue el de un padre hacia un hijo.

    Aunque era un hijo perdido y rebelde, aún reconoció en él al hijo que al principio había creado a su imagen, para que heredara todos sus bienes. Dios amó a sus hijos caídos. Este fue el único motivo de su bondad para con ellos.

    “El Padre envió a su Hijo”. Eso nos dice que ese Hijo existió ya antes de que fuese enviado al mundo. Cristo fue el Hijo de Dios en el sentido real de la palabra. El Hijo que sería enviado al mundo para revelar el insondable amor de Dios hacia la humanidad.

    Cristo no mencionó a los profetas y ángeles que Dios había enviado para ministrar a los hombres, como prueba del gran amor de Dios hacia ellos. Sólo del envío de su unigénito Hijo dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo”.

    Cuando el apóstol en Ro.8:32 llama a Cristo no sólo Hijo de Dios, sino “su propio Hijo”, lo distingue con eso de todos los que en algún sentido también se llaman hijos de Dios. Así nos da a entender que Cristo es el Hijo de Dios en sentido real. Los ángeles se llaman hijos de Dios por haber sido creados por Dios y por su elevada condición (He.1:5ss). Al pueblo de Israel se lo llama hijo de Dios, debido al amor y cuidado paternal que Dios le tuvo (Jer.31:9-20). Todos los fieles creyentes se llaman hijos e hijas de Dios, por causa de su regeneración y comunión con Cristo (Jn.1:12,13; Stgo.1:18; 2 Co.6:18). Pero solamente Cristo se llama: “El propio Hijo de Dios”, o “el Hijo unigénito que está en el seno del Padre” (Jn.1:18). Y de nadie se dice lo que se dice de Cristo en 1 Ti.3:16: “Indiscutiblemente grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne”.

    En muchísimos lugares, la Biblia dice que Jesucristo es Hijo de Dios en un sentido único y particular, superior a todos los ángeles. En He.1 vemos que Dios Padre le dio a su Hijo unigénito nombres y títulos como no le dio a ninguno de sus ángeles. “Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú; Yo te he engendrado hoy, y otra vez…: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?” (v. 5 y 13).

    Además, a Jesucristo se le debe dar la misma adoración que le corresponde solamente a Dios, como dice He.1:6: “Adórenle todos los ángeles de Dios”. A Él se le ha dado un reino eterno, como dice en He.1:8: “Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el cetro de tu reino”. Finalmente, a Jesús se le atribuye la obra de la misma creación, como dice San Juan 1:14,3: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros… todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él, nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”.

    Y a esto hay que agregar que Él ya estaba, antes que fuese creado el mundo, como lo declara Él mismo en Jn.17:5: “Y ahora, Padre, glorifícame al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”. Esas cosas ya las habían anunciado las profecías, por ejemplo Miq.5:2 dice: “De ti (Belén Efrata) me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad”. Alabemos y adoremos al eterno Padre, porque envió a su Hijo al mundo.

    Publicado por editorial El Sembrador