19.¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, Yo nunca me olvidaré de ti.Is.49:15
La afligida Sion, ese rebaño de fieles al Señor, se había lamentado profundamente en el versículo anterior (v.14): “¡Me dejó Jehová, y el Señor se olvidó de mí!” A esto el Señor le respondió, como preguntando: “¿Qué dijiste? ¿Que te olvidé? ¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz?” No responde a la primera queja: “Me dejó Jehová…” porque es posible que el Señor deje -o mejor dicho- haga como si abandonara a sus hijos por un momento; es posible que, aparentemente, oculte su rostro de ellos en la hora de la desgracia.
Pero es totalmente imposible que sea capaz de olvidarse de los suyos siquiera por un momento. El Señor no rebate el primer lamento de Sion: “Me dejó Jehová”. Pero no puede soportar que Sion también diga: “¡El Señor se olvidó de mí!” Eso es demasiado duro.
Dios rechaza esa acusación diciendo: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, ¡Yo nunca me olvidaré de ti! He aquí, en las palmas de las manos te tengo esculpida” (v.16).
Con estas palabras el Señor declara solemnemente que no puede ni quiere olvidar a Sion, su Iglesia. No puede. Así como una madre no puede olvidar a su criatura, tampoco puede Él olvidar a sus hijos. Aun si nosotros pudiésemos olvidarlo a Él, Él no quiere olvidarnos a nosotros.
Dios también nos muestra la razón por la que no quiere ni puede olvidarnos. Dice: “He aquí, en las palmas de mis manos te tengo esculpida”. ¿Cómo podría olvidarte? En otros pasajes dice que nos ama con amor paternal. Pero aquí vemos que nos ama con un amor todavía más tierno: ¡Con amor maternal! “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz?” ¡Dice que nos ama con un amor aún mayor que el de una madre!
“Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti.” El amor de Dios es único. Él mismo lo declara inigualable. Es más fuerte incluso que el sublime amor de madre…
Cuán profunda es la bondad, la generosidad y la misericordia de Dios, hacia su creación, hacia la humanidad, y particularmente hacia Sion, o sea, a su pueblo redimido.
Amor que es la esencia de su propio ser. Amor que ningún ser humano ha sido capaz de comprender: Inconmensurable, infinito e incomprensible como Dios mismo. Movido por este excelso amor, Dios creó al hombre, le dio la inteligencia, los sentidos y un cuerpo fuerte y ágil. Y puso a disposición suya infinidad de cosas buenas y bellas, para que el hombre disfrute y utilice. Toda la naturaleza proclama ese amor divino. También movido por este amor, Dios entregó a su amado Hijo, para que fuese el Redentor del hombre, cuando éste había atraído sobre sí la justa condenación de su Creador, por haberse rebelado contra Él. Como dijera Jesús: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito…” (Jn.3:16). Gracias a este amor, Dios no sólo recibe hasta los peores pecadores, sino que además los sigue y los busca. Como lo ilustra Jesús en la parábola del hijo pródigo: El padre corrió al encuentro de su indigno y depravado hijo, lo abrazó y besó. Luego dijo: “Comamos, y hagamos fiesta, porque este mi hijo muerto era, y ha revivido” (Lc.15:11ss).
Este mismo amor divino habla por boca del profeta Isaías y dice: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz?” ¿Quién puede entender o explicar este amor? Hablando del mismo, San Juan no supo expresarse mejor que diciendo: “Dios es amor” (1 Jn.4:8). Este es, pues, el principal fundamento por el que Dios nunca puede olvidarnos, ni dejar de pensar en nosotros.
El segundo aspecto, al que el amoroso Dios llama la atención de su pobre Sion, es que la vida del hijo procede de la madre. Dice: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre?” Ya se entiende lo que Dios quiere decirnos, con la palabra “hijo”. Pero Él amplía el concepto, diciendo “el hijo de su vientre”, para recordarnos algo muy íntimo, como la relación entre la madre y el fruto de su vientre. Con eso el Señor desea expresar sus sentimientos y su relación con los seres humanos. Esta es una ilustración muy consoladora. ¿De dónde viene el primer hombre? ¿De dónde provenimos nosotros, los seres más maravillosos y complejos de la tierra? ¿Dónde se originó nuestra especie? ¿Cómo podríamos existir, si Alguien no nos hubiese creado? ¡Los seres humanos hemos surgido a la vida por el poder y el amor de Dios! (Gn.1:28; 2:7).
¿Y Sion, la Iglesia, de dónde obtuvo vida? ¿De dónde proviene el cristiano? ¿De dónde somos los creyentes? Este linaje escogido obtuvo su vida y todos sus privilegios sólo de la gracia y del amor de Dios: ¡Somos sus amados hijos! Ésta es la razón principal por la que Dios nunca puede olvidarnos completamente (Ef.1:5; 2:5; Stg.1:18; Col.3:1-3; Is.43:1-3; Jn.1:12).