19 de julio 2026

    19.(Abraham) tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios.Ro.4:20

    Abraham no desconfió de la promesa de Dios, sino que siguió creyendo y esperando su cumplimiento, aun cuando más adversa parecía la situación a los ojos humanos; y con eso “dio gloria a Dios”.

    Vale la pena reflexionar en esa expresión. Quien en grandes pruebas de fe, aún sigue creyendo que Dios es fiel y guarda sus promesas; quien sigue esperando donde ya no hay esperanza, sólo porque Dios dio su promesa, el tal le da gloria a Dios. Esa persona reconoce en serio, que Dios es todopoderoso y veraz.

    Como dice Lutero: “Darle a Dios la debida gloria, no es otra cosa que tenerlo por Dios fiel y veraz, sabio, piadoso y todopoderoso; en pocas palabras: Reconocerlo como al único que crea y da toda clase de cosas buenas”. Esto se hace sólo por la fe. Por el contrario, por medio de la incredulidad privamos a Dios de su gloria y lo convertimos en un ser débil, impotente e infiel. Como dice San Juan: “El que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso” (1 Jn.5:10), lo cual, por supuesto, es algo horrendo. Pero así es la incredulidad.

    Dice otra vez Lutero: “Lo más elevado que Dios nuestro Señor demanda de nosotros, los seres humanos, es que lo tengamos por Dios y le demos gloria. O sea, que no lo tengamos por un dios imaginario e irreal, sino por el Dios verdadero y real, que se interesa por nosotros, oye nuestras oraciones, nos tiene compasión y nos ayuda en toda desgracia. Cuando recibe ese honor de nosotros, su gloria divina permanece íntegra e inviolada entre nosotros. Entonces Dios recibe todo lo que un corazón fiel le puede dar. Tributarle a Dios esa gloria de todo corazón, sin dudas es la suprema sabiduría, la máxima justicia, el mayor sacrificio y la adoración más sublime”.

    Si tuviésemos esto siempre bien presente, trataríamos de obtener el don de la fe más de lo que generalmente hacemos, porque después de todo sería un placer para nosotros estar en condiciones de ofrecerle a Dios algo que realmente le agrada. Hacemos esto solamente si confiamos en sus palabras y promesas y lo glorificamos con eso.

    El apóstol sigue aclarando cómo Abraham glorificó a Dios por la fe, diciendo que él estaba: “…plenamente convencido de que (Dios) era también poderoso para hacer todo lo que había prometido”. Estaba plenamente persuadido de que el Señor que le había dado la promesa, también era poderoso para cumplirla.

    La pregunta que el Señor le había hecho: “¿Hay para Dios alguna cosa difícil?” (Gn.18:14), hizo pensar profundamente a Abraham. Cualquier cosa que Dios prometía, también podía cumplirla, porque era el propio omnipotente Creador, para quien, por supuesto, nada es imposible.

    Fue la misma observación que le hizo creer a la virgen María el extraño anuncio de que ella, que “no conocía varón”, llegaría a ser la madre del Hijo de Dios, cuando el ángel le recordó: “Porque nada hay imposible para Dios” (Lc.1:34,37).

    Aquí vemos que la fe debe afirmarse en la omnipotencia de Dios. Pues debe confiar en cosas que superan a la razón e incluso le parecen absurdas. Cosas que solamente la omnipotencia de Dios las puede concretar. Ciertamente no es “fe” cuando acomodamos una promesa de Dios, de tal modo que nosotros, limitados y espiritualmente ciegos seres humanos, podamos entender la forma en que se cumplirá. Por el contrario, eso sería medir el poder y la sabiduría de Dios de acuerdo a nuestros criterios, y equipararlo así con nosotros, criaturas necias, caídas e impotentes. Lo cual es pura blasfemia. ¡No! Con tener tan sólo una palabra del Dios todopoderoso, debo contentarme.

    La fe no se deja derribar con la pregunta: “¿Cómo es posible esto?”, sino que rechaza todos esos debates con la contra pregunta: “¿Acaso hay algo imposible para el Señor?”

    Fue precisamente con esta pregunta y con las palabras de nuestro texto, como Lutero y sus colaboradores se fortalecieron en la lucha por la doctrina correcta con respecto a los santos sacramentos, frente a los que sostenían que había que aceptar solamente lo que se podía explicar con la razón.

    Todos los creyentes deben prepararse en forma especial contra tales pruebas; la prueba de la fe en la gracia frente a todo pecado, tentación y tribulación; y la prueba de la fe en la respuesta de Dios a sus oraciones, y en la ayuda de Dios en cualquier desgracia durante el peregrinaje terrenal.

    En tales pruebas ninguna otra cosa será suficiente para sostener la fe, excepto la confianza en el poder de Dios mismo. Nuestro propio Señor Dios se ocupará de nosotros, para que superemos esas pruebas, porque lo que está en juego es su gloria y nuestra afirmación en la gracia. Y a su debido tiempo Él nos librará.

    Cuantas más pruebas soportemos, que nos hagan suspirar y clamar por todo nuestro sufrimiento interno y externo, tanto más exaltados quedarán su poder y fidelidad. Como Él mismo nos dice: “Yo iré delante de ti, y enderezaré los lugares torcidos; quebrantaré puertas de bronce, y cerrojos de hierro haré pedazos… para que se sepa, desde el nacimiento del sol, hasta donde se pone, que no hay más que yo; Yo, Jehová, y ninguno más que yo” (Is.45:2-6).

    Publicado por editorial El Sembrador