19.Todo lo que no proviene de fe, es pecado.Ro.14:23
La fe cristiana, la buena conciencia y la relación interior con Dios constituye el corazón y la fuente viva del hombre renacido.
Para la vida espiritual que surge de la fe hay muchas cosas importantes, como el amor, la humildad, la honestidad, las buenas obras, etc. Sin embargo, la fe, la certeza que crea el Evangelio de Cristo de que Dios nos ama a causa de Él es tan fundamental para la vida espiritual, ¡como lo es el corazón para la vida física!
En su gracia y por medio de su Evangelio, Jesucristo nos ha librado del espíritu de la servidumbre a la Ley. Por sus méritos hemos recibido el perdón de nuestros pecados. Y ahora vivimos dominados por el espíritu evangélico de la adopción, disfrutando una estrecha comunión con Dios. La fe es la primera condición y la fuente de la verdadera piedad, amor, deseo y poder para hacer bien. Mientras falte el espíritu de adopción, será difícil e imposible hacer lo que Dios quiere. Todas nuestras obras buenas sólo serán como un servicio forzado y obligado de esclavos. Estas obras no agradan a Dios, pues Él no aprueba ningún servicio forzado. “Todos los que dependen de las obras de la Ley están bajo maldición” Gá.3:10. Es necesario que reconozcamos que somos impotentes para salvarnos a nosotros mismos; que ni siquiera con la ayuda de la Ley divina podemos capacitarnos para hacer el bien; por el contrario, bajo la acción de la Ley el pecado se torna cada vez más vigoroso en nosotros.
En cambio, cuando Dios nos asegura su amor y amistad, diciéndonos a cada uno: “¡Ten ánimo, hijo! ¡Tus pecados te son perdonados!” (Mt.9:2), ¡ahí despertamos y se enciende nuestro amor! Entonces el yugo de Cristo nos parece “fácil” y su carga “ligera” (Mt.11:29). Cuando Dios me asegura: “¡Mío eres tú!” (Is.43:1b), en lo más profundo de mi corazón sé que tengo un Amigo sin igual, y un glorioso tesoro en el cielo.
Ese amor de Dios en Cristo “me constriñe” (2 Co.5:14), me impulsa a servirle y a honrarlo a Él en todo; a no vivir más para mí mismo, “sino para Aquel que murió y resucitó” por mí (2 Co.5:15). Así el corazón y la vida son consagrados a la verdadera piedad. Y para conservar esta fe y la seguridad del agrado de Dios, necesitamos saber que nuestra vida y las obras que nos proponemos realizar, efectivamente agradan a Dios. Queremos vivir y obrar de acuerdo con la Palabra y la voluntad de Dios.
Mis deficiencias, debidas a mi debilidad carnal, pertenecen a los pecados que todos los días incluyo en la oración del Señor, y por los que pido: “¡perdónanos nuestras deudas!”. Para esos pecados hay un eterno y continuo perdón. Pero la vida que llevo consciente y deliberadamente por mi propia decisión, debe concordar con la Palabra y voluntad de Dios, pues en caso contrario, la fe y la buena conciencia no podrán existir.
La buena conciencia es en realidad la fe de la que habla el apóstol, al decir: “Todo lo que no proviene de fe, es pecado.” Primero uno debe disfrutar el perdón y la paz de Dios, mediante la fe en Jesucristo.
Luego debe considerar la voluntad de Dios como la regla para su vida, y comportarse de acuerdo a ella. Y todo lo que no proviene de esta fuente, es pecado.
Aquí vemos cómo el Primer Mandamiento es la causa y condición para el cumplimiento de todos los demás Mandamientos: ¡Que Dios es el verdadero dueño de nuestro corazón! Con el corazón se cree en Dios, se le ama y se le teme sobre todas las cosas. Este es el fundamento de la vida cristiana.
Es necesario explicar bien esto, porque después de la enseñanza fundamental de que somos justificados por la fe en Cristo, lo más importante es saber cuál es la correcta conducta cristiana, o qué cosas agradables a Dios podemos hacer.
Desde siempre el diablo usó todo su poder para pervertir estas dos enseñanzas cardinales. Si analizamos los tiempos de Cristo, vemos que nuestro Señor recalcaba mayormente estos dos puntos en su doctrina: En primer lugar, que ningún ser humano era justo por sí mismo delante de Dios. Que nuestra justicia ante Dios dependía tan solo de su propio “regreso al Padre” (Jn.16:7), o sea, del cumplimiento de su obra redentora (porque era así como regresaría al Padre).
Y luego Jesús enfatizaba que Dios no se complace en el mero cumplimiento externo de buenas obras, y que ante todo quiere el corazón.
Así, pues, el que quiera estar realmente bien con Dios, andar por sus caminos y llevar una vida verdaderamente cristiana, ¡debe ajustarse a lo que dice el apóstol Pablo en nuestro texto! Es una horrible hipocresía querer llevar una vida cristiana, pero descuidar completamente y no prestar atención a la principal condición para ello; es decir, vivir en paz con Dios, en la seguridad de su favor, por la fe en Jesucristo. “¡No tentemos al Señor!” (1 Co.10:9). Él conoce nuestra situación, y nos juzgará de acuerdo a nuestra fe. ¿De qué nos sirve trabajar con empeño y sufrir toda clase de penurias, si el Señor al final rechazará todo eso, porque para Él no es más que hipocresía y pecado? Porque “todo lo que no proviene de la fe (en Jesús), es pecado”.