19.El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.Jn.3:36
Es muy humano juzgar y medir la gracia de Dios, de acuerdo a nuestros mayores o menores merecimientos o pecados. Pero ahí interviene el Espíritu Santo y dice: ¡No! ¡No razonen así! Hay alguien que se llama “Jesús” (Mt.1:21), “la simiente de la mujer” (Gn.3:15), a quien el Padre eterno sometió a la Ley por ustedes (Gá.4:4), para cumplir todas sus demandas y sufrir la muerte por todos los mortales (He.2:9). Su preciosa sangre quitó -tanto a tus pecados como a tus virtudes- su poder e importancia para incidir en el juicio de Dios. “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres en que podamos ser salvos” (Hch.4:12), excepto el Nombre de Jesús de Nazareth.
Esta es la razón por la que la incredulidad es el único pecado condenatorio. La gran maldad de los seres humanos es terrible en sí misma; sin embargo, no es ella la que condena, sino la incredulidad.
Debemos tener bien claro qué es la incredulidad. Ante todo, es el desprecio de la grandísima gracia de Dios, una burla a su inmensa piedad. Es pisotear el grandioso don de la misericordia divina, al propio unigénito Hijo.
En segundo lugar, significa tirar fuera el único medio de salvación que nos fue dado, el rechazo del único verdadero sacrificio por nuestros pecados. En su ferviente amor, Dios se compadeció de nuestra miseria y entregó a su unigénito Hijo para nuestra redención. Su Hijo vino al mundo, se hizo hermano nuestro y entregó por nuestra salvación todo lo que tenía: Su justicia, su vida y su sangre. Sabemos todo esto ¡y sin embargo la amplia mayoría permanece dura, fría e indiferente ante Él!
En la Navidad celebramos su nacimiento. Cantamos, leemos y escuchamos el Evangelio del Niño en el pesebre. En la semana santa recordamos su pasión y muerte, leemos y oímos de Él, de su terror en Getsemaní, donde su sudor vino a ser como grandes gotas de sangre que caían a la tierra (Lc.22:44); oímos cómo lo azotaron y coronaron de espinas… cómo finalmente horadaron sus manos y sus pies al clavarlo en la cruz. Lo vemos colgado entre dos malhechores y escuchamos sus desgarradores gritos de agonía. Sabemos, confesamos y proclamamos en nuestros himnos que todo esto ocurrió por nosotros y por causa de nuestros pecados. Participamos de la Mesa del señor y conmemoramos su muerte. ¡Y con todo eso los corazones de tanta gente permanecen muertos y fríos como siempre! No aman ni abrazan a su Salvador. No se regocijan en Él ni lo alaban. Sus almas y sus mentes siguen ocupadas con vanidad, pecado y desobediencia a su bendito salvador. ¿Es de asombrar entonces que sean condenados? ¿Es algo injusto que la ira de Dios se encienda contra ellos desde lo más profundo del infierno, ante tamaña ingratitud frente al ardiente amor y a los horribles tormentos de su amado Hijo? … ante semejante desprecio y rechazo del gran amor de Dios.
En un sermón sobre los sufrimientos de Cristo Lutero dijo: “El corazón humano que no se siente ablandado y conmovido por esto debe ser más duro que una piedra, que el hierro y que el acero. A pesar de todo, el ingrato mundo sigue alegremente en su resistencia, y no toma nada de eso a pecho, sino que permanece indolente, frío y arrogante frente al gran tesoro. Por lo tanto finalmente nuestro Señor también lo abandona y permite que se aleje cada vez más de Él. Y Dios nuestro Señor hace bien, cuando finalmente le dice a ese mundo malvado y desagradecido: Ya que no quisieron saber nada de mi gran amor, cuando los busqué como un Padre, y de todo corazón entregué aún a mi amado Hijo por ustedes a los peores tormentos, ahora Yo tampoco los quiero a ustedes. Por que no quisieron saber nada de mi Hijo Jesucristo, quédense con Barrabás en su lugar, o peor todavía, con el propio Diablo!”
Quienes permanecen duros, fríos e indiferentes ante Cristo, y no sienten ni un poco de gratitud hacia Él, sino que desprecian su gracia y bondad, que no se asombren si Dios finalmente permite que se vayan por su propio camino a la perdición.
El apóstol dice: “ El que viola la Ley de Moisés… muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto?” (He.10:28-29).
Así es la incredulidad. Es la madre de todos los pecados. Quien no cree en Cristo, se aparta de Dios y queda separado de Él. Ya no siente ningún verdadero amor a Dios ni confianza ni placer en Él y en su voluntad; ni siquiera como siervo, por lo que sólo teme e imagina el castigo merecido y se somete a la Palabra de Dios sólo por apariencia, de la manera en que lo hacen los hipócritas y santurrones.
Pero eso aún no es toda la causa por la que la incredulidad acarrea condenación. La causa es que desecha la gracia de Dios, de modo que “ya no queda más sacrificio por los pecados” para el que no cree en Cristo (He.10:26).
El incrédulo queda con la deuda de sus pecados en el juicio de Dios, como dice San Pablo en Ro.4:4: “Al que obra (al que pretende justificarse con sus propios méritos), no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda”. Su deuda queda al descubierto.
En cambio los que creen en Cristo, comparecerán revestidos (2 Co.5:3;
Ap.7:13-14).