19 de agosto 2026

    19.Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.Jn.3:19

    Al llegar a Jerusalén por última vez, el Señor Jesucristo contempló la ciudad y lloró por ella. Y una vez más pronunció el irrevocable juicio en su contra. Luego revela la razón del juicio con las palabras: “Por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación” (Lc.19:44b). Recordemos a los labradores que habían maltratado de muchas maneras a los siervos del dueño de la viña; y cómo cuando éste finalmente resolvió enviar a su propio hijo, los siervos dijeron: “¡Éste es el heredero; venid, matémoslo, y apoderémonos de su propiedad!” (Mt.21:38). Los que fueron invitados a las bodas no sólo despreciaron la invitación, sino que además tomaron a los siervos y los golpearon. “Al oírlo el rey, se enojó, y enviando sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas, y quemó su ciudad”(Mt.22:7). Mientras los judíos se dejaron reprender por los profetas, y respetaron su palabra (aunque la resistían), el Señor los ayudaba. Así, los crió como un padre cría a sus hijos. Pero cuando ya no quisieron oír más su voz, sino que lo rechazaron, y finalmente cometieron el más alevoso crimen posible matando a su amado Hijo… cuando desecharon el único sacrificio propiciatorio, no les quedó “más sacrificio por el pecado, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios” (He.10:27).

    Refiriéndose a la condenable incredulidad de los israelitas, el Señor dijo: “Esta es la condenación (o el motivo a la misma), que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz” (Jn.3:19). No tenían excusa. Dios les envió la luz, pero ellos prefirieron la oscuridad. Y al ser amonestados, no se arrepintieron. Siguieron resistiendo y ofendiendo al Espíritu de Dios. Como leemos en Is.63:10: “Mas ellos fueron rebeldes, e hicieron enojar a su santo Espíritu, por lo cual se les volvió enemigo, y Él mismo peleó contra ellos”.

    “Pues si nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados”, dice el apóstol (1 Co.11:31). Si el pecador se detiene ante la voz del Señor; si siente y deplora su pecado, y quiere librarse del él, pero reconoce que está dominado por el mismo, que es impotente y que está perdido bajo ese poder, (por lo que invoca solamente piedad y salvación a Jesucristo), entonces Dios le tiene una perpetua paciencia. Sí, “como el padre se compadece de sus hijos, se compadece Jehová de los que le temen” (Sal.103:13). A esa persona el Señor no le cuenta ningún pecado, ni lo condena. No, lo mira sólo a través de su amado Hijo, como a su reconciliada y querida criatura. Así dice el Señor, y jura por su propio eterno ser, porque no hay superior a Él por quien jurar: “Vivo Yo, dice el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva” (Ez.33:11). Y: “Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, Yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida” (Ap.21:6). ¡Prestemos atención! “¡Gratuitamente!” No importa quiénes seamos los que leemos estas majestuosas palabras.

    Si hemos comprendido que existe un Dios viviente, omnipresente, santo y celoso, hablando en esos términos, ¡Corramos a arrodillarnos ante Él! ¡Reconozcamos el tiempo de nuestra visitación! Tal vez tu alma tenga algo que arreglar. Tal vez todavía te encuentras dominado por algún pecado, y seas un extraño para Jesús. ¡Entonces, acude a Él! Él te espera con los brazos abiertos para decirte: “¡Ven! ¡Conmigo obtendrás perdón para todos tus pecados! Reconoce, pues, tu maldad; porque contra Jehová tu Dios has prevaricado, y fornicaste con los extraños” (Jer.3:13). “Si vuestros pecados fuesen como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Is.1:18). “No me invocaste… sino que de Mí te cansaste… ni a Mí me honraste con tus sacrificios, sino pusiste sobre Mí la carga de tus pecados, me fatigaste con tus maldades. Yo, Yo soy el que borro tus rebeliones por amor de Mí mismo, ¡Y no me acordaré de tus pecados!” (Is.43:22ss). ¡Ah, qué palabras llenas de piedad! ¡Dios nos conceda la iluminación de su Espíritu para creerlas, y salve así nuestras almas!

    Tú que estás en comunión con Dios, dentro del pacto de gracia por medio de la fe en Jesucristo, regocíjate por haber recibido “un Reino inconmovible” (He.12:28).

    Vivimos en los últimos tiempos, donde la intranquilidad y la incertidumbre irán aumentando. Y en cuanto a las cosas espirituales, la gran oferta de doctrinas y religiones pone a todas las almas a prueba, para ver si cambiarán la “antigua enseñanza”. Qué privilegio es poder descansar la cansada cabeza en el pecho de Aquel que se llama “el Anciano de días” (Dn.7:22) y “Padre eterno” (Is.9:6b). El que es, era y será siempre el mismo. ¡Qué bueno que su Palabra sea tan explícita en cuanto a la manera en la que podemos ser salvos! ¡Alabado sea Dios eternamente, porque no necesitamos debatirnos en la incertidumbre en cuanto a este asunto! ¡No permitamos, entonces, que cosa alguna en este mundo nos confunda! Aquí todo es riesgoso, todo es vano, salvo una cosa: Estar en paz y en comunión con Dios, y tener la seguridad de la vida eterna. “El tiempo es corto; resta, pues, que los que tienen esposa sean como si no la tuviesen y los que lloran, como si no llorasen; y los que se alegran, como si no se alegrasen; y los que compran, como si no poseyesen; y los que disfrutan de este mundo, como si no lo disfrutasen; porque la apariencia de este mundo se pasa” (1 Co.7:29-31). Pronto los cristianos seremos liberados. ¡Bienaventurados todos los que en Él confían! Y además, podemos consolarnos al saber que no nos podrá tocar ni el menor contratiempo, sin la voluntad de nuestro Padre. “¡Ni un cabello de nuestra cabeza perecerá” sin su consentimiento! (Lc.21:18). Aun el menor motivo de alegría nos fue dado por nuestro Padre. Y también hasta el menor motivo de preocupación y pena proviene de Él. Ésta es la clave para conservar un corazón contento en este mundo agitado. Por eso, una vez más: ¡Regocíjense y alégrense todos los que esperan en el Señor! Él estará y está siempre con nosotros “hasta el fin del mundo”.

    Publicado por editorial El Sembrador