19.¡No hurtarás!Éx.20:15
Veamos qué significa el séptimo Mandamiento de Dios, o sea, se entiende por robo y hurto: Abarca toda forma de privarle al prójimo de su propiedad, indistintamente si ocurre en forma secreta o manifiesta, bajo violencia o ardid, de modo criminal o con apariencia de derecho.
Hurtar, ser un ladrón, es algo tan ruin y abominable, que la mayoría de la gente pretende estar libre de este delito. Aun cuando logramos convencer a personas respetables de este mundo de su culpabilidad contra los otros Mandamientos, -cuando mencionamos el séptimo-, se ponen en guardia, pretendiendo ser inocentes. No han asaltado a nadie ni han tomado con sus manos lo ajeno. ¡Qué error de nuestra parte, acusar a gente tan respetable de ser ladrones!
Efectivamente, si hurtar fuese solamente violentar cerraduras y arrebatarle al prójimo su dinero o bienes de forma alevosa, sin duda la mayoría de las personas sería justa frente a este Mandamiento. Pero, ¡qué diferente si lo estudiamos a la luz de las definiciones que Cristo da acerca de los Mandamientos! Y qué revelación demoledora para ti, cuando descubres que con esa definición: ¡también tú eres un ladrón!
Recuerda y considera que ante Dios, cualquier forma de aprovecharse deshonestamente del prójimo, es robo. Puede ser un negocio sucio, o la explotación del débil e ignorante pagando precios o salarios injustamente bajos; cuando se extorsiona y abusa cobrando demasiado; o cuando un obrero no rinde lo justo en su trabajo…
Lutero dijo: “No existe delito más común en este mundo que el robo” y que éste: “es un vicio tan común y difundido, y al mismo tiempo tan disimulado y poco advertido, que si se quisiera colgar a todos los que son ladrones pero no quieren ser llamados así, el mundo quedaría despoblado, y no habría suficientes verdugos ni horcas, para ejecutar a los delincuentes”.
A los ojos de Dios ya eres un ladrón, aun cuando todavía no has robado la propiedad de tu prójimo, pero la has codiciado, y te guardaste de arrebatársela sólo por temor al castigo, o por precaución.
Pero además de la transgresión espiritual, “robo” es toda forma de reducir fraudulentamente la propiedad del prójimo. No se roba sólo con saquear bolsos y billeteras. Roba también el vendedor que en el mercado o comercio cobra demasiado; o el comprador que no quiere pagar lo que vale el artículo. Roba también el obrero que rinde un mal servicio, pero cobra por un trabajo bien hecho. O los empleados que no son fieles, y dejan que se pierdan los bienes de sus patrones. O el prestamista que se aprovecha de la necesidad y exige un interés muy alto por su préstamo. Así puede sacarle rápidamente a su prójimo mucho dinero y andar suelto, mientras otros están en la cárcel por robar mucho menos, sólo porque usaron otro método para su hurto…
Pero todos los Mandamientos no sólo prohíben transgresiones: También demandan acciones, como ocurre con este séptimo Mandamiento. No solo prohíbe hurtar. También ordena cuidar que los bienes y medios de vida del prójimo progresen y sean protegidos (Éx.23:4-5). Tan seriamente como Dios prohíbe el pecado, nos demanda también ayudar y hacer el bien.
Este Mandamiento también condena a los que piensan que lo han cumplido, solo por no haber hecho lo que prohíbe. Pero para cumplirlo, además de no robar es necesario ayudar materialmente al prójimo. Por regla general razonamos así: “Mientras no le robe nada a nadie, puedo hacer con lo que es mío lo que quiera”. Pero en el Reino de Cristo existe otra regla que dice: “No sólo debes abstenerte de hacerle mal a tu prójimo, sino que también debes hacerle todo el bien posible, con los dones y recursos que Dios te ha dado”. “¡Amarás a tu prójimo como a ti mismo!” (Mt.19:19).
Quien no hace nada malo, comete pecado si no hace todo el bien que puede y debe hacer. Dios nos concedió nuestros bienes temporales no sólo para que los disfrutemos, sino también para que hagamos bien a nuestros semejantes.
Como fieles administradores del Señor, no tenemos derecho a emplear a nuestro antojo los dones que Él nos confió, sino que tenemos el deber de invertirlos conforme a las demandas de su amor.
Este es el fundamento para las verdaderas buenas obras, desconocidas para los incrédulos. Por lo tanto, midamos nuestra obediencia al séptimo Mandamiento con “la regla de oro”, la gran ley del amor. Así descubriremos alarmados que casi todas nuestras acciones: Nuestro comer y beber, trabajo y descanso, abstinencia y caridad… en fin, como casi toda nuestra vida está infestada y manchada de pecados contra el Mandamiento que dice: “¡Amarás a tu prójimo como a ti mismo!” (Lv.19:18).