18 de septiembre 2026

    18.Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros.1 S.15:22

    Aquí se nos dice que para Dios es sólo cuestión de obedecer. Para Él, el valor de una acción depende únicamente de su Mandamiento. Si Dios la ha ordenado, es grande e importante, aunque no fuese más que levantar una ramita seca. Y si Dios no la ha ordenado, no vale nada, aunque fuese algo tan grandioso como resucitar a un muerto, o edificar la catedral más grande del mundo. Sólo la voluntad de Dios -revelada en su santa Palabra- es una “lámpara a nuestros pies, y lumbrera en nuestro camino” (Sal.119:105).

    Que cada cual se fije atentamente en lo que Dios le ordenó hacer. Todo cristiano siempre tiene dos clases de deberes que cumplir. Primero están los deberes individuales, u obligaciones relacionadas con el hogar y en su trabajo. En segundo lugar están las obligaciones generales, el servicio de caridad hacia el prójimo.

    Acerca del primero, la Escritura dice: “Os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados” (Ef.4:1). “No todos los miembros tienen la misma función” (Ro.12.4). “Como Dios llamó a cada uno, así haga… La circuncisión nada es, y la incircuncisión nada es, sino el guardar los mandamientos de Dios. ¡Cada uno en el estado en que fue llamado, en él se quede!” (1 Co.7:17-20). Y acerca de las obligaciones generales dice: “Como queréis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Lc.6:31). “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt.22:39). “El cumplimiento de la Ley es el amor” (Ro.13:10). Es precisamente en el cumplimiento de nuestra vocación donde generalmente se realizan la mayoría de nuestros servicios de caridad al prójimo.

    Son pocas las personas que perciben que Dios nos llamó a ejercer en nuestras ocupaciones normales sus mandamientos y requisitos. Por eso, tenemos que abrir nuestros ojos para ver que la orden y la institución de Dios lo gobiernan todo, desde su trono en el cielo hasta la criatura más pequeña en la tierra.

    “Porque Dios no es un Dios de confusión, sino de paz” (1 Co.14:33). Fue Él quien dispuso que uno sea gobernante y el otro súbdito; uno patrón, y el otro empleado, uno padre o madre, y el otro hijo o hija; uno rico, y el otro pobre; uno casado y el otro soltero. Así como en el cuerpo está el ojo, el oído, la mano, el pie, etc. El primer requisito de Dios es que cada cual cumpla su obligación: Que el gobernante gobierne bien; que el subordinado obedezca fielmente… El ojo debe ocuparse en mirar, y debe dejarle al oído que oiga. El pie debe ocuparse en caminar, y dejarle el trabajo manual a la mano. Ah, ¡Cuán feliz sería la vida en la tierra, si cada uno tuviese presente que lo primero que Dios nos manda hacer es que cada cual cumpla con las tareas de su vocación! Ése es el verdadero servicio a Dios, santo y agradable al Señor. En medio de las más sencillas tareas domésticas y de los trabajos más comunes, la persona está ahí como quien está en el santo templo oficiando el sagrado culto divino. Claro, para entenderlo así se necesita una visión espiritual, un ojo que no sólo ve lo que tiene delante, sino también la orden y el mandamiento de Dios. Si con nuestros ojos físicos pudiésemos ver a Dios ante nosotros, y escucharle pidiéndonos un favor, aunque tan sólo fuese un mínimo servicio, ya no lo consideraríamos un servicio tan pequeño. Al contrario, inmediatamente adquiriría un valor muy superior, y lo cumpliríamos con deleite por el sólo hecho de poder prestarle un servicio al Señor. Como bien dice Lutero: “Si, algún día, Dios y sus ángeles resolvieran visitarnos y nos ordenaran barrer el piso, seguramente nos sentiríamos tan felices que no sabríamos qué decir. Y ciertamente no sería por la tarea, que es tan poco importante en sí misma, sino porque Dios nos ordenó hacerla”. Dios efectivamente nos ordenó tales tareas. Por ejemplo, si somos empleados, o miembro de una familia, nos ordena: “¡Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres..!” “¡Honra a tu padre y a tu madre!” “¡Obedeced a vuestros amos terrenales… como a Cristo… de corazón haciendo la voluntad de Dios!” (Ef.6:1-5).

    ¡Hagamos, entonces, lo que nos piden y ordenan! Este es el Mandamiento de Dios y nuestro servicio a Él. Pues cuando nuestro padre, madre, patrón o patrona nos ordenan hacer algo, Dios está al lado de ellos con su Cuarto Mandamiento diciéndonos: “Así es. ¡Ve hazlo!” “¡Por causa del Señor someteos a toda institución humana!” (1 P.2:13). Notemos: “¡Por causa del Señor!” ¿Qué otra cosa significa esto sino que esa orden humana es fundamentalmente un Mandamiento de Dios? Eso es, en tanto que sea la ordenanza regular de un superior humano y no una rebelión diabólica contra la voluntad de Dios. Es una ordenanza de Dios siendo que Dios la instituyó.

    Es importante y necesario que los cristianos prestemos mucha atención a esos textos de la Escritura, y que lo recordemos muchas veces, por la forma violenta en que Satanás nos ataca a este respecto. A algunas personas las seduce a la pereza y negligencia. En otras provoca las más terribles aflicciones, disconformidades y pruebas. Y a una tercera tratará asiduamente de apartarla de su vocación, de llenarla de envidia e insatisfacción, de modo que no esté contenta con nada, y se deje llevar de un lado a otro. Tengamos entonces, en todos los casos, muy presentes estas palabras del Señor: “Obedecer es mejor que los sacrificios”.

    Publicado por editorial El Sembrador