18.Venid luego -dice Jehová- y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos.Is.1:18
Tan pronto como el pecador ha quedado expuesto y despojado de toda gloria propia, Dios no quiere nada más de él. Sólo quiere perdonarlo y consolarlo en todo sentido. La Palabra de Dios revela claramente que el pecado ya ha sido expiado. Declara categóricamente que Dios es piadoso, y que su infinito amor arde por poder perdonar y consolar al pecador. Pero éste no quiere saber nada de la gracia de Dios. No, en su testarudez adámica pretende presentarse ante el Señor con su propia justicia. Y esta actitud es el único dique capaz de contener la gracia de Dios. Si se quita este “dique”, la gracia de Dios tiene libre curso, y se restaurará todo.
Si el hijo de Adán tan sólo pudiera humillarse para desear la gracia -la bondad no merecida- y abandonaría todo esfuerzo propio, inmediatamente obtendría perdón y más perdón. Así es como el pecador se encuentra entonces con la misericordia del grande y piadoso Dios, cuya compasión no tiene límites ni fin.
Hay pecados agobiando nuestra conciencia. Andamos afligidos, sintiéndonos condenados, y no podemos hacer nada para arreglar el problema. Pero ¡escuchemos! No necesitamos hacer algo, ni cooperar en lo más mínimo. Tampoco necesitamos desesperar y perdernos. ¡Alaba, alma mía, al Señor! “¡Él es quien perdona todas tus iniquidades!” (Sal.103:3).
Jamás merecemos este consuelo, antes debiéramos seguir preocupándonos todos los días por saber que merecemos ser condenados para siempre. Sin embargo, no necesitamos quedarnos tristes ni desesperados; por el contrario, podemos alegrarnos.
Podemos librarnos de nuestra carga y sentirnos tan libres y felices, como si nunca hubiésemos pecado. ¡Alaba, alma mía, al Señor! Él es quien perdona todas tus iniquidades. Dios perdona los pecados; todos los pecados, cometidos en cualquier circunstancia y momento. Y su perdón es totalmente gratuito y completo, por los méritos de Jesús.
¡Aprendamos a confiar solamente en este divino perdón! ¡Oremos a Dios pidiéndole esa fe! Y todo quedará arreglado.
Muchos piensan que entienden el perdón de Dios muy bien, aunque todavía no entienden nada. Primero debemos notar que perdón o gracia es lo contrario de mérito. Y San Pablo dice: “Y si por gracia, ya no es por obras, de otra manera la gracia ya no es gracia; y si por obras, ya no es gracia, de otra manera la obra ya no es obra” (Ro.11:6). Perdón también es algo muy diferente a excusa. Dios no excusa el pecado, no lo encubre ni lo defiende; lo perdona. Por eso es que puede perdonar cosas que son imposibles de excusar, porque perdón significa pura gracia (bondad inmerecida).
“Gracia” significa que una persona que con toda justicia mereció ser juzgada y condenada, y no pasada por alto, no obstante obtiene perdón y queda libre del juicio y de la sentencia condenatoria, únicamente por misericordia y compasión. “Perdón” significa que Dios no nos trata conforme a nuestros pecados, ni nos retribuye conforme a nuestras iniquidades (Sal.103:10).
¡Así es Dios! De ningún modo nos paga de acuerdo a nuestros pecados. Si lo hiciese siquiera por un momento, no se salvaría ningún ser humano. El Reino de Cristo en la tierra es puro perdón hacia todos aquellos que acuden con fe a Él, que es nuestro Fiador, que pagó por nosotros. En efecto, es un perdón perpetuo, totalmente inmerecido y completo.
¿Acaso no es algo muy seguro y no está suficientemente confirmado que Dios nos perdona todos nuestros pecados? ¿No debieron reconocer también el cielo, la tierra y hasta el infierno… todos los hombres y espíritus, que Dios perdona todos los pecados, y que ya nadie será condenado por la gravedad de su pecado, sino sólo por el desprecio de la gracia? Dios afirmó con miles de testimonios concretos, personalmente y por boca de sus profetas y ángeles, sí: por boca de su unigénito Hijo, de sus apóstoles y de una multitud de evangelistas, que desea perdonar todos los pecados. Las puertas del infierno no serían capaces de revertir el testimonio de este brillante ejército, ni de privarnos de la seguridad del perdón de nuestros pecados.
Toda la Biblia, desde el principio hasta el fin, en realidad no contiene otra cosa que los grandes arreglos de Dios para ofrecernos su perdón. Nos dio la misma Ley (los Mandamientos) principalmente para enseñarnos a apreciar y a recibir el perdón. Y todo lo que el Hijo de Dios hizo en la tierra fue para conseguirnos el perdón. Llegó a ser un niño humano, nuestro Hermano y Mediador, como dijeron los ángeles, sólo para salvar a su pueblo de sus pecados. Derramó su santa sangre a fin de propiciar por los pecados del mundo, según lo afirmó Él mismo (Mt.26:28): “Esto es mi sangre… que por muchos es derramada para remisión de los pecados”. Instituyó el Bautismo, donde nos recibe en un eterno pacto de gracia. Instituyó la Santa Comunión, para poder darnos allí muchas veces la seguridad del perdón de todos nuestros pecados, en nuestra peregrinación hacia nuestra Patria celestial. En la Oración del Señor nos enseñó a orar expresamente todos los días: “y perdónanos nuestras deudas…”
¿Por qué haría todo esto, si no tuviese la seria intención y voluntad de perdonarnos? ¡Dios ciertamente no nos dio a su Hijo del cielo para condenar al mundo, ni para obtener un breve beneficio temporal! Todo lo que Dios hizo nos asegura que Él tiene la seria y real voluntad de perdonar nuestros pecados, y de adoptarnos nuevamente como hijos y queridísimos amigos suyos. Para ese fin nos creó, y por eso nos da el perdón y la vida eterna por pura gracia.