18 de mayo 2026

    18.Aunque bramen y se turben las aguas del mar, y tiemblen los montes a causa de su braveza… Dios está en medio de ella (de su ciudad), no será conmovida.Sal.46:3-5

    Esta es una canción triunfal y feliz; la canción de un corazón valiente, atravesando murallas con su Dios, y alzándose en las alturas, ¡por encima de montañas y abismos! Aquí no hay ni rastros de timidez. Y sin embargo, este feliz salmo se escribió en un momento en que “bramaban las aguas del mar” y su autor pasaba por una gran calamidad, como se desprende del v.2. ¿Y cómo puede alguien sentirse feliz y valiente en semejante momento? Notemos cómo habla el salmista: “Dios es nuestro amparo y fortaleza; ¡nuestro pronto auxilio en las tribulaciones!” (v.1). “Jehová de los ejércitos está con nosotros; ¡nuestro refugio es el Dios de Jacob!” (v.7). Esa es la forma en que finaliza la canción.

    Sólo hace falta que en esas condiciones se concreten y se vuelvan reales en nuestras almas. Y que sean abiertos nuestros ojos y que veamos más allá de las oscuras nubes que encubren la gloria de nuestro Dios. Entonces cantaremos y correremos con la misma emoción de David.

    Cuando el criado de Eliseo vio la hueste de carros y caballos sirios, exclamó: “Ah, señor mío, ¿qué haremos?” (2 R.6:15b). A lo que el profeta contestó: “No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos” (v.16). Pero el criado estaba tan asustado, que no se quedó tranquilo con eso. ¿Que hizo Eliseo entonces? Oró, diciendo: “Te ruego, oh Jehová, ¡que abras sus ojos para que vea!” (v.17). Dios abrió los ojos del criado y él vio que el monte estaba lleno de gente de a caballo y de carros de fuego alrededor de Eliseo.

    Entonces el criado ya no tuvo más miedo. Eso es, pues, todo lo que necesitamos: “Señor, ¡abre nuestros ojos, para que veamos!”

    La “ciudad de Dios” es la verdadera Iglesia (la comunión invisible de todos los verdaderos creyentes), y no sólo la Iglesia visible o externa (las denominaciones eclesiásticas organizadas).

    Es la santa Iglesia universal, “la comunión de los santos”, que consiste sólo de los miembros vivientes de Cristo, que están dentro de las iglesias y congregaciones que conservan el Evangelio de Cristo, la única semilla necesaria en el Reino de Dios. Los miembros vivientes de Cristo se encuentran distribuidos por todo el mundo, dispersos aquí y allá. Es la amada esposa de Cristo. Durante un tiempo relativamente corto vive aquí, en suelo extraño y hostil, lejos de su verdadero hogar, el palacio de su Amado. Esta Iglesia es el cuerpo de Cristo, que todavía tiene que sufrir mucho en este mundo, mientras espera su redención definitiva. Es la Iglesia del Señor, el rebaño del buen Pastor, las ovejas de su redil. Es “el templo santo” de “piedras vivas”, “edificado sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Ef.2:20). Son los “conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Ef.2:19), entre quienes el Señor vive y reina como un padre en su hogar. Este es el huerto y jardín, donde el Señor se deleita entre las rosas (Cnt.2:1).

    En fin, es la “ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial…, la congregación de los primogénitos, que están inscritos en los cielos” (He.12:22-23). De esta ciudad canta el rey David gozosa y confiadamente, diciendo: “Aunque bramen y se turben sus aguas (del mar), y tiemblen los montes a causa de su braveza… Dios está en medio de ella, no será conmovida” (Sal 46;3-5). ¿Pero tienen realmente respaldo estas dulces palabras, o son sólo palabras vacías? ¿Y cuál es la cualidad característica del pueblo de Dios, del pueblo que Dios mismo reconoce como suyo? Al cuerpo de Cristo pertenecen todos los que han reconocido con dolor sus pecados, y después de una angustiosa búsqueda de salvación, finalmente encontraron consuelo, paz y bendición eterna en Jesús y únicamente en Él. De modo que Él, sólo Él, es el mayor anhelo de sus almas.

    Sus corazones sufren la mayor aflicción cuando Jesús no está, y su mayor alegría es cuando Él está cerca. Esta es la característica de la esposa. El Señor Jesucristo les resulta indispensable; es el primero y el último para la expiación de sus pecados y su justificación; y también lo es para la santificación y redención. En ese sentido, todos los cristianos son iguales.

    Es notable que en todos los países y en todas las épocas, entre todos los pueblos, las razas y las lenguas, dondequiera que haya cristianos, todos ellos sin embargo sean tan iguales en este artículo central, ¡aunque sus costumbres locales sean tan diferentes en muchos otros aspectos!, como en talentos y vocaciones, o en cuanto a ciertas opiniones individuales, tal vez pueden diferir todo lo que quieran.

    Sin embargo hay algo, en lo que todos son iguales. Y es que Jesucristo, únicamente Cristo, es su bendición y vida.

    Estos son los que constituyen el pueblo de Dios, llamados “la ciudad de Dios” en nuestro texto. ¡Ciudad extraña, por cierto! Pequeña y humilde, y no obstante tan grande y gloriosa. Grande en cuanto a su tamaño, extendiéndose por todo el mundo, de polo a polo. Y de sobremanera gloriosa en cuanto a su vida interior y a su destino final. Llegará el día en que veremos a la dispersa, reunida…

    ¡Entonces la esposa aparecerá en la plenitud de su esplendor y belleza!

    Publicado por editorial El Sembrador