18.Sed de un mismo sentir.2 Co.13:11
Aquí el apóstol nos exhorta a la concordia y humildad en nuestra convivencia.
Pero si alguien piensa, que virtudes como concordia y humildad en cuestiones terrenales y ordinarias no son asuntos suficientemente importantes para una exhortación apostólica, -ni para que los cristianos sinceros los mediten-, pronto la vida nos enseñará lo contrario. Descubriremos que por la falta de concordia y humildad nos exponemos a nosotros mismos y a otros a grandes tentaciones, y damos motivo para que el nombre de Cristo sea blasfemado. El propio Señor Jesucristo consideró necesario exhortarnos a ser humildes y amables. Por ejemplo, en el Sermón del Monte dice: “¡Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad!” (Mt.5:5). Y en Lc.14:7ss nos instruye a no procurar el primer lugar entre los invitados.
Debemos tener siempre presente que el verdadero cristianismo desea hacer dignos y felices a los hijos de Dios en todo sentido. Desea insertarnos en la vida real, más allá de los maravillosos momentos de meditación y alabanza durante los cultos. Es en la vida diaria donde estamos llamados a poner en práctica todo lo aprendido, pensando y haciendo “todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable y todo lo que es de buen nombre” (Fil.4: 8).
Con estas exhortaciones el apóstol nos dice que el cristiano no debe ser autoritario ni egoísta, queriendo imponer en todo sus propias ideas. Antes bien debe dar lugar a la inteligencia, la opinión y las costumbres de los demás, siempre que no contradigan a la Palabra y a la voluntad de Dios. El apóstol está atacando una inclinación muy fuerte en la naturaleza de todos nosotros, es decir: la prepotencia y la autosuficiencia. Encontramos eso hasta en los niños. Apenas comienzan a hablar, ya aparece también la tendencia a discutir y querer tener siempre la razón. Y lo vemos continuamente a lo largo de nuestra vida. En todas partes parece corroborarse el antiguo dicho: “Cada maestrillo con su librillo”. Cada uno piensa que su inteligencia y su método son los mejores.
Si seguimos nuestra tendencia y siempre queremos tener razón e imponer nuestra opinión, la consecuencia lógica es una incesante discusión y discordia. Es verdadera sabiduría y una gracia especial si el creyente aprende a tiempo a dar lugar también a otros, desconfiando de su propia inteligencia y opinión, en vez de tratar de imponerlas siempre.
Esta es la enseñanza que el apóstol desea impartirnos aquí. Pero si dicha tendencia a la prepotencia está tan profundamente enraizada en nuestra naturaleza como hemos visto, siempre debemos estar preparados a verla surgir también en el campo espiritual. Por eso es importante seguir las repetidas exhortaciones a la concordia espiritual ahora, y no recién cuando surjan los problemas. Aunque no podamos pensar lo mismo en todas las cosas lo cual es difícil, porque solamente “conocemos en parte, y en parte profetizamos” (1 Co.13:9) sin embargo debemos ser “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Ef.4:3), o sea, tenemos que esforzarnos por guardar la unidad que el Espíritu Santo produjo, como un firme lazo de paz, felicidad y amor. Recordemos que tenemos lo mayor y más importante en común, y que en Cristo somos “un cuerpo y un Espíritu” (Ef.4:4).
En efecto, esta concordia o unidad en el Espíritu y en la conversación es tan importante, que si alguien cree tener más inteligencia que todos los demás, y por esa razón causa intriga y discordia entre los que ya son salvos y están unidos a Cristo, provoca un daño mucho mayor que si hubiese guardado sus conocimientos para sí mismo solamente.
Aunque luchemos por la pura verdad, si lo hacemos de manera errada y apartamos a las almas fieles de su fe sencilla en Cristo, cometemos una falta tan grave, que por nuestra culpa hacemos que “se pierda aquel por quien Cristo murió” (Ro.14:15). También en 1 Co.8:11 el apóstol advierte contra el orgullo, diciendo: “Por el conocimiento tuyo, se perderá el hermano débil por quien Cristo murió”. La concordia espiritual y el bienestar de los débiles en la fe son tan importantes, que antes de dañar eso sería mejor que guardases silencio durante toda tu vida, “guardando tu fe para contigo delante de Dios”(Ro.14:22).
Las consecuencias de la perturbación de la concordia son mayores y más perjudiciales de lo que pensamos, y esta es la razón por la que los apóstoles nos han dado tantas y tan severas amonestaciones como estas: “Os ruego, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer” (1 Co.1:10); y: “…sed de un mismo sentir, y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con vosotros” (2 Co.13:11).