18 de junio 2026

    18.¡Creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo!2 P.3:18

    El incrédulo piensa que depender de Cristo para todo es algo detestable. Lo mismo piensa nuestro viejo Adán. Pero para el que cree en la gracia, depender de Cristo es el mayor consuelo.

    Muchos han comprobado que les resultó imposible alcanzar la paz con Dios por sus propios esfuerzos y que les fue peor cuando más seriamente lucharon por merecerla. Pero les resultó sumamente fácil cuando el Señor les dio fe, por tanto paz y alegría. Entonces las cosas se resolvieron por sí solas. No obstante, continuamente olvidamos eso. El viejo Adán, con su perpetuo orgullo dentro de nosotros, siempre vuelve a levantar su cabeza tratando de demostrar que somos capaces de hacer algo por nosotros mismos. Pensamos: “¡Yo debería ser capaz de hacer esto o aquello! No puedo creer que sea tan impotente”. No queremos aceptar que somos absolutamente incapaces de hacer algo que agrade a Dios, y que en cuanto a nuestra relación con Él, hacemos todo mal. Esta testarudez de nuestra naturaleza frecuentemente nos causa mucha angustia, temor, oscuridad y dudas.

    Especialmente si imaginamos al cristiano de una manera diferente a la que describe la Escritura; y si soñamos con otro tipo de poder que el que Dios nos prometió para darnos su paz, si tenemos la imagen equivocada de lo que es un cristiano, y no encontramos lo mismo en nosotros, nos sentiremos decepcionados. Protestamos y negamos haber recibido la gracia de Dios y la buena obra del Espíritu. Y nuestra confusión aumenta cuando en nuestras oraciones le decimos a Dios, tal vez sin notarlo, cuándo y cómo queremos que Él nos ayude. Pensamos: “Dios prometió oír nuestra oración y lo que le estoy pidiendo es su voluntad. Él no puede querer que yo siga siendo un débil pecador permitiendo que sea como un esclavo del diablo”. Y cuando parece que Dios no nos oye, pensamos que nos abandonó completamente. Y es entonces cuando fácilmente podemos cometer la insensatez de negar al Señor o desesperar.

    Debemos recordar siempre cómo el Señor dirige a sus hijos por caminos extraños.

    San Pablo, por ejemplo, pidió tres veces ser liberado de ciertos ataques de Satanás. Pero la respuesta que recibió fue: “¡Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad!” (2 Co.12:9). Y la lección que el apóstol dedujo de eso le hizo decir: “Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo… porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” ¡Ése es el secreto de la fuerza del cristiano! Es como si el apóstol dijera: “Lo único que me impide ser fuerte, es que todavía me siento demasiado fuerte en mí mismo. Cuanto más siento mi propia debilidad, más poder de Dios recibo, y más fácil le resulta a Dios hacer conmigo lo que quiere”. En otra parte el apóstol nos habla de una aflicción igualmente penosa. Dice (2 Co.1:8): “Fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida. Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos”.

    Tenemos que permitirle a Dios que Él sea nuestra única esperanza, de modo que no tengamos otro auxilio que el de Él, que puede resucitar a los muertos. Sólo podemos recibir la compasiva ayuda de Dios si Él es nuestro único auxilio.

    Muchos piensan que tener la esperanza puesta sólo en Dios no sirve de nada… ¡Tan ciegos somos! Por eso necesitamos ejercitarnos en las pruebas, para que nuestra fe sea purificada y obtengamos el poder para la santificación. De Abraham se dice que habiendo recibido las promesas, no obstante, cuando fue probado estaba dispuesto a ofrecer a su único hijo Isaac en sacrificio, “pensando que Dios era poderoso para levantar aun de entre los muertos”; creyó a Dios, “el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen… Creyó en esperanza contra esperanza.” (He.11:17-19; Ro.4:17-18) . Y en Dt.8:2,16-18 tenemos esta notable explicación de las intenciones de Dios: “Te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová, tu Dios… para afligirte, para probarte… para a la postre hacerte bien, y para que no digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza. Sino acuérdate de Jehová, tu Dios, porque Él te da el poder para hacer las riquezas”.

    En resumen: Cuanto antes desesperamos totalmente de nuestra capacidad, tanto antes obtenemos mejoría. Cuando nos derrumbamos, quedamos en las manos del Señor, que es grande en misericordia. Entonces le decimos a nuestro Señor Jesucristo: “Señor, tú sabes que no puedo salvarme a mí mismo. Merezco mil veces ir al infierno. Si tú me abandonas, caigo de pecado en pecado, de duda en duda, de locura en locura. Tengo puesta toda mi esperanza únicamente en ti, porque tú mismo dijiste: -” Separados de Mí, nada podéis hacer” (Jn.15:5). Y también: -”!Yo os soportaré; Yo hice, Yo llevaré, Yo soportaré y guardare!” (Is.46:4)”. Entonces comprobaremos que con sólo dejar que Cristo lo haga todo, vuelven la redención, la paz y el poder que necesitamos.

    Quedaremos extasiados ante el Señor y diremos maravillados: “¡Con qué facilidad obtengo ahora lo que antes me resultó imposible! Me doy cuenta que todo depende del poder que da Dios”.

    Publicado por editorial El Sembrador