18.Tú (pueblo de Israel), que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? Porque, como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros.Ro.2:23-24
El apóstol Pablo resume todo lo que dijo en el capítulo 2 de su carta a los Romanos, en una demoledora pregunta final: “Tú (Israel), que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios?” Al mismo tiempo que los judíos se jactan de la ley, de poseer la revelación de Dios, son injustos y deshonestos; así causan deshonra y provocan blasfemias contra Dios y su Palabra, “…porque el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros”. Llevan una vida tan escandalosa, que cuando los gentiles ven lo que hacen, y oyen que todavía se jactan de conocer al verdadero Dios y su ley, deben pensar que ese Dios y su ley no pueden ser buenos, puesto que su pueblo vive tan escandalosamente. Dios mismo se queja de esto por boca de sus profetas.
En su Palabra Dios dice: “Y cuando llegaron a las naciones adonde fueron, profanaron mi santo Nombre, diciéndose de ellos: Éstos son pueblo de Jehová, y de la tierra de Él han salido” (Ez.36:20). Este es el punto principal de la demoledora denuncia que el apóstol lanza aquí contra los judíos.
Que la forma de vida que llevamos haga que el precioso Nombre de Dios sea blasfemado, es algo tan terrible, que cualquier corazón piadoso casi se parte con el solo pensamiento de haber cometido algo así. Y aquí el apóstol afirma que los judíos vivían así, por esta razón los los entenebrecidos paganos podían deshonrar y blasfemar el nombre del Señor; por culpa de su pueblo infiel.
Recordemos que el judío, si bien fue más favorecido que los paganos, gracias a las numerosas y grandes revelaciones recibidas, siempre miraban a éstos con desprecio y lástima, considerándolos como “ciegos” y como quienes vivían en tinieblas. Cuando el apóstol ahora acusa a los mismos judíos, de que por culpa de sus pecados los propios paganos estaban aprendiendo a despreciar y blasfemar a Dios, usó una comparación terriblemente demoledora. Es que el corazón humano tiene que ser quebrantado primero, para que se pueda producir el nuevo nacimiento, y se pueda recibir la bendita vida de la gracia de Dios, que el Evangelio anuncia. Ese fue el propósito del demoledor sermón del apóstol.
Pablo debía “prepararle el camino al Señor”, “rellenar todo valle”, y “nivelar todo monte y cerro” (Is.40:3,4; Lc.3:4-5). Así el apóstol, debió primero herir y humillar, a fin de permitir que el glorioso Evangelio de Jesucristo luego sanase y reanimase tanto mejor a los penitentes.
Siento tener que decir aquí, que las duras palabras del apóstol acerca de los judíos, se aplican demasiado bien a muchos cristianos nominales, mayormente a los “escribas” o teólogos; a los indisciplinados maestros, que viven en la impenitencia. ¡Ah, ojalá todos los que leen estas palabras del apóstol las pudiesen tomar a pecho y analizarlas para ver cómo se aplican a cada uno!
Mediante el Bautismo has ingresado al pacto con Dios. Ahora también participas del sacramento del cuerpo y de la sangre de Cristo. Quizás posees un buen conocimiento de la Escritura, de modo que les puedes anunciar la Palabra de Dios a otros. Tal vez también hables de la necesidad del arrepentimiento, de la fe salvadora y de una vida santa, todo lo cual es una correcta aplicación del texto. Pero…¿vives tú mismo en arrepentimiento ante Dios? Pues “no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien, todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de Aquel, a quien tenemos que dar cuenta” (He.4:13). Él lo sabe todo. ¿Vives en verdadera comunión de fe con tu Salvador?
¿Vives tú mismo en cotidiana santificación, a fin de mortificar tu propia carne, sus malos deseos y concupiscencias? O es que tu cristianismo sólo consiste en saber y hablar, de manera que dices: “Hay que temer y amar a Dios sobre todas las cosas”, pero en realidad vives sirviendo a tus propios ídolos, sin escrúpulo alguno, ni lamentación por ello ante el trono de la gracia.
Posiblemente sepas interpretar y enseñar todos los Mandamientos de Dios a otros, ¡pero tú mismo eres un avaro, o profanador del día de reposo, o un borracho, o vives odiando a tu prójimo, o practicando alguna iniquidad!
¡Ah, qué horrenda hipocresía sería eso! Pero el Señor omnipotente y santo lo ve, y te conoce. Tan seguro como que Dios no miente, con eso “atesoras para ti mismo ira, para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios” (Ro.2:5). De esta manera les das a otros motivo para blasfemar, y demuestras tu desprecio por la sagrada doctrina que profesas. Tus familiares y vecinos se sentirán apoyados en su impiedad y resistencia a la conversión. Y así colaboras en la perdición y en el endurecimiento de aquellos, por los que Cristo se entregó a la muerte. Un día Dios te juzgará por estas cosas.
Si dejaras de pretender que eres un discípulo de Jesús, pecarías solo por tu propia cuenta. Mas ahora pecas contra el santo nombre del Señor y contra el rebaño que Él compró a tan alto precio. Por eso el Señor dice: “¿Qué tienes tú que hablar de mis leyes, y que tomar mi pacto en tu boca? Pues tú aborreces la corrección, y echas a tu espalda mis palabras” (Sal.50:16-17).