18 de febrero 2026

    18.Dios nos escogió en Él (en Cristo) antes de la fundación del mundo.Ef.1:4

    Aquí se afirma una verdad grande e inalterable, que ningún accidente ni cambio del tiempo presente puede revertir. Lo que es desde el principio, es eterno e inmutable. ¡Ah, si pudiésemos grabar esta verdad en nuestros corazones! ¡Qué refugio fuerte sería contra todas las tormentas y ataques! ¡Qué poderosa e imperturbable paz y alegría nos proporcionaría! Inclusive para el cristiano esta vida es como un desolado desierto, si no mantiene esta grandiosa y eterna verdad continuamente ante sus ojos.

    Cuando el apóstol declara que fuimos escogidos en Cristo antes de la fundación del mundo, desea recordarnos con firmeza la eterna verdad de que, en Cristo, Dios tuvo misericordia de nosotros, sin que lo mereciéramos: por pura gracia.

    Es como si dijera: Lo que les anuncio no es algo nuevo ni inseguro. Es más antiguo que el cielo y que la tierra, porque aún antes de la fundación del mundo, Dios ya nos había elegido “en su unigénito Hijo”, y había resuelto enviarlo al mundo, para que asumiera nuestra naturaleza humana y fuera nuestra vida y luz.

    Nada es tan inmutable como el eterno plan de Dios. Lo que Dios resolvió “según el puro afecto de su voluntad” (Ef.1:5), no podrá cambiarse jamás. “Porque los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables” (Ro.11:29).

    No existe ningún poder que pueda anular o impedir la decisión de Dios. El que creó millones de astros y les prescribió sus órbitas por medio de su Palabra todopoderosa, ¿acaso permitirá que se desbarate o impida su plan eterno?

    ¿Acaso permitiría Dios que el hombre, seducido al pecado y a la muerte por el adversario, el diablo, permaneciese eternamente en la muerte y en la condenación, sin esperanza o medio de salvación? ¡Jamás! La “Palabra” y la “Vida” que estuvo con el Padre debió revelarse en carne humana y llegar a ser la “Luz”, la salvación y la esperanza de la humanidad, porque Dios “nos escogió en Él antes de la fundación del mundo”. Nunca debemos olvidar el eterno plan de Dios con relación a la humanidad, y “la inmutabilidad de su consejo” (He.6:17), que está firme para siempre, con su tesoro de consuelo y salvación, más allá de lo que ocurra con nosotros, o lo que veamos y sintamos.

    Antes de la fundación del mundo, Dios ya puso los fundamentos para nuestra salvación: ¡Nos eligió en Cristo! En su eterno plan decidió remediar la caída del hombre por medio de Jesucristo, al que convertiría en nuestro segundo Adán, en nuestro Mediador y Autor de nuestra salvación. De manera que todo aquel que en su desgracia se dirija a Cristo y lo invoque con fe, no se pierda, mas obtenga vida eterna.

    Después de haber resuelto eso, creó al hombre para ser su hijo y heredero de su Reino. Preparó para el hombre un maravilloso Paraíso, llenando la tierra con todo lo requerido para sus necesidades y placeres, y dijo: “Todo esto os lo he dado. Señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Gn.1: 28).

    Dios sabía anticipadamente que se produciría la caída en el pecado y que esto le acarrearía terribles consecuencias a la humanidad. Pero también sabía perfectamente cómo remediarlo. Y el pensamiento de su voluntad no habría de quedar en nada.

    Por eso preparó también desde el principio las mansiones celestiales para los redimidos. En el día del Juicio Final Jesucristo invitará a los creyentes con las palabras: “¡Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo!” (Mt.25:34).

    Pensar en la intención original de Dios para el hombre puede causar alegría y fortalecer al corazón afligido. Más de un cristiano sumido en profunda tristeza se reanimó cuando el Espíritu Santo le hizo pensar: “Después de todo, soy un ser humano, y en su gracia Dios tiene planes eternos y sublimes para nosotros. ¡Tiene un inmutable plan y un corazón paternal! Él es mi todopoderoso Creador y Redentor. Nunca puedo caer tan hondo, como para que Él no me pueda rescatar y convertirme en algo precioso, para la gloria de su divina gracia”.

    Cuando nuestros primeros padres violaron el Primer Mandamiento en forma tan alevosa, -a pesar de haber tenido capacidad de guardarlo-, con qué entrañable compasión Dios tuvo piedad de sus criaturas caídas, ¡las buscó y las reanimó! Y al entregar a su unigénito Hijo para que fuese nuestro Hermano y Salvador muestra que no es indiferente, sino que abriga un profundo sentimiento paternal hacia nosotros. Y ¿quién puede medir todo el bien que tal Padre todavía nos hará?

    Recordar que la gracia de Dios ha existido desde el principio, nos llena de gozo y paz.

    Publicado por editorial El Sembrador