18 de enero 2026

    18.Cuando Él venga (el Espíritu Santo), convencerá al mundo de pecado… por cuanto no creen en Mí.Jn.16:8,9

    Notemos bien estas palabras: “…de pecado, por cuanto no creen en Mí”. Aquí hay algo realmente notable. Pues, cuando el Señor quiere exponer el pecado de todo el mundo, el pecado por el cual el Espíritu lo juzgará, menciona sólo eso, que el mundo no cree en Jesucristo.

    ¿Acaso Cristo no revela ahí que la incredulidad, la falta de la fe salvadora en Él, es en última instancia el único pecado condenatorio? Que todos los pecados contra los Diez Mandamientos han sido quitados y expiados, y ya no pueden condenar a nadie, ¿sino que el malvado ser humano se condena a sí mismo sólo su incredulidad?

    “…Convencerá al mundo de pecado, por cuanto no creen en Mí”, declara Jesús categóricamente. ¿Y no vemos eso también en su trato hacia los pecadores? Cuando los publicanos y gente de mala reputación, la escoria de la sociedad impía del país, se acercaban a Él, ¿acaso tuvo inconvenientes en perdonarles sus pecados? ¿No fueron inmediatamente socorridos, tan pronto como invocaron a Jesús? ¿Dónde quedó entonces la Ley, con sus exigencias y juicios? ¿Dónde quedó la lista negra y larga de los pecados de esos miserables? Todos los días de sus vidas habían transgredido los Mandamientos de Dios, no obstante, vemos que no los reprende por esas transgresiones, como dice el Evangelio. Sólo hay gracia, consuelo, dulzura y bondad, como si durante toda su vida no hubiesen cometido ningún pecado; con esa forma de actuar nuestro Salvador exasperó a los escribas y fariseos al punto que lo llamaron “amigo de publicanos y pecadores” (Lc.7:34).

    ¿Y qué dice el propio Jesús acerca de esto? No lo niega, antes lo confirma y agrega que estos pecadores eran las ovejas extraviadas, las monedas perdidas, y los hijos pródigos, y que Él era el piadoso Padre, que corría con los brazos extendidos al encuentro del hijo arrepentido. ¡Ah, querido Salvador! ¿Acaso no sabes de sus numerosos y graves pecados? No -responde Él- ya no veo ningún pecado en ellos. He derramado mi sangre para la remisión de todos sus pecados. Todos han sido definitivamente borrados. He expiado y quitado toda su iniquidad, y en cambio les he obtenido una eterna justicia. (Dn.9:24). “Dios estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Co.5:19).

    Ahora queda un sólo pecado que condena al mundo: La incredulidad ante Cristo, como lo señaló Él mismo: “…por cuanto no creen en Mí”. Por eso Cristo condenó también a los más fanáticos defensores de la Ley, que pretendían justificarse con sus propias obras. Jesús no negó que su Ley era buena ni que ellos eran celosos observadores de la misma, que no eran ladrones, adúlteros ni injustos, sino que daban limosnas, guardaban el día de reposo, etc. etc. El Señor reconoció que “tenían celo de Dios”, pero “no bien entendido”, ya que procuraban establecer su justicia propia, por medio de las obras de la ley, y así, no hallaron la verdadera justicia. (Ro.10:2-3). Al no buscar la Justicia de Dios por medio de la fe en Jesús, y al querer establecer su propia justicia, “no se sujetaron a la justicia de Dios”. ¡Ah, qué juicio más extraño! Los que parecían mejores, son condenados; y los que parecían peores, son salvos.

    Al que derrochó su herencia con rameras, lo reciben con alegría y le hacen una fiesta, carneando un becerro gordo. Mientras que, al que siempre sirvió a su padre y nunca desobedeció sus órdenes, no le dan ni un cabrito para festejar con sus amigos… (Lc.15:25.32).

    ¿No debiéramos pensar entonces que Jesús nos quiere revelar aquí un gran misterio? ¿O no abriremos nunca los ojos para ver lo que significa la reconciliación? ¿No vamos a entender nunca qué es lo que sucedió con la muerte de Cristo? A esto se refieren las palabras de Cristo en nuestro texto: “…de pecado, por cuanto no creen en mí”. O sea, la muerte de Cristo propició por todos nuestros pecados; éstos ya no nos causan la condenación de la Ley; la condenación solamente es causada ahora por la incredulidad. Ningún ser humano será condenado por causa de sus pecados, sino sólo por causa de su incredulidad. Este es el maravilloso consuelo que nos confieren estas palabras.

    La segunda lección que aprendemos aquí es que, aun los seres humanos más religiosos, serios y temerosos de Dios, pueden ser condenados, a pesar de toda su “santidad” personal, si no creen en Cristo, si a pesar de todos sus esfuerzos por santificarse a sí mismos, de todos sus renunciamientos, sus numerosas y continuas obras de caridad, su profundo arrepentimiento y sus devotas oraciones, etc, etc., no reconocen que igual tendrían que irse al infierno, “estimándolo todo por pérdida, frente a la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús”, su Salvador (Fil. 3:8); o sea, si no “son hallados en Él” (v.9), si no poseen “la justicia que es por la fe en Cristo” y si no tienen su esperanza de salvación solamente en Él.

    Puesto que Jesús derramó su sangre para la remisión de los pecados, nada de lo que el ser humano puede ofrecer conmueve a Dios como para que los perdone, excepto la santa sangre de su amado Hijo. En consecuencia, aun las personas más fervientemente religiosas serán condenadas, si no “Honran al Hijo” (Sal.2:12). El Espíritu Santo reprenderá al mundo de pecado sólo “por cuanto no creyó en Jesús”. Dios condena a las personas religiosas, por más respetables y serias que fuesen, que no le dan la gloria al Cordero que fue inmolado, y pretenden ser sus propios salvadores.

    Publicado por editorial El Sembrador