18 de diciembre 2026

    18.Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.Ro.14:17

    Si queremos saber qué nos convierte en cristianos, en personas justificadas ante Dios, y miembros de su reino, entonces tenemos que prestar atención a lo que el apóstol nos dice aquí. No es la comida ni la bebida, ni nada que nosotros podamos hacer. No, sino que es sólo por medio de la gran obra que Dios ha hecho por nosotros, solamente por medio de “la justicia de Dios”, que se recibe a través de la fe. “El que tiene al Hijo, tiene la vida” (1 Jn.5:12).

    Precisamente, el reino de Dios consiste de esta Justicia. Lutero explica este texto así: “En el reino de Dios, Cristo reina sobre todo aquel que cree. Como un rey fiel, él protege, disciplina, guía, gobierna sobre ellos y les retribuye. A cambio, ellos confían en él, y voluntariamente reciben su corrección paternal y su disciplina. Lo siguen y obedecen. Este reino no es de este mundo ni es temporal, sino espiritual. No consiste en comidas y bebidas, ni en cosas externas. No, sino que solamente consiste en justicia, en consuelo y satisfacción de las conciencias y los corazones humanos. En definitiva, no es otra cosa que el perdón y la remisión de los pecados. El pecado acusa, mancha y angustia la conciencia. Un reino terrenal existe para garantizar la paz y la buena convivencia entre los ciudadanos. El reino de Dios otorga estas cosas, pero espiritualmente. Destruye el poder del pecado, y no es otra cosa que una continua limpieza y perdón de pecados. Es así como Dios revela su gloria y su gracia en este mundo, quitando y perdonándole los pecados a los seres humanos. Este es el reino de gracia en la tierra. Pero cuando el pecado y la corte que le acompaña: el diablo, la muerte y el infierno, no puedan acosar más a los seres humanos, entonces el reino de gracia pasará a ser un reino de perfecta y gloriosa felicidad”.

    Cuando somos justificados por medio de la fe en Cristo y liberados así de la condenación del pecado, surge en nosotros una nueva forma de obediencia voluntaria a Dios. Por medio de la fe en Cristo y la obra del Espíritu, recibimos corazones nuevos. Así, motivados por el amor de Dios, queremos obedecerle voluntariamente, y encaminar toda nuestra vida en el camino que nos traza la Palabra de Dios, más allá de lo imperfectos que somos. Pero comenzamos a amar a los demás y nos esforzamos por servirles, como Cristo nos ha amado y servido a nosotros.

    Ahora no sólo queremos hacerle a nuestro prójimo lo que es justo, sino también lo que es bueno para él. Deseamos servir y ayudar a todas las personas, especialmente a los pobres e indefensos. Y cuando somos dirigidos así por el amor, buscando continuamente el bien de los demás, entonces –como dijera Lutero- “las buenas obras de los cristianos no tienen nombre”. Es decir, no hacemos el bien buscando que la gente nos alabe. No, sino que cristiano hace el bien porque ya no está esclavizado por reglas, sino que sigue la suprema ley del amor, respondiendo a lo que el amor requiera en cada caso.

    La otra característica del reino de Dios que el apóstol menciona, es la paz. Esta paz consiste en una buena relación con Dios. Ya no estamos bajo su ira, sino que gozamos de su buena voluntad y amistad. Somos sus hijos. Por medio de la fe llegamos a ser personas reconciliadas con Dios; y nuestra conciencia puede tener la bendita seguridad que es ciertamente así: Podemos tener un buen corazón y una conciencia limpia. Esto es llamado por el apóstol: “el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Ro.8:15).

    Los hijos que se habían perdido al caer en pecado, ahora están otra vez unidos a Dios. Pueden volver a tener una profunda unión con su Padre. Esto, por cierto, puede llamarse “el reino de Dios”. Sí, el reino de Dios en la tierra.

    La tercera característica es “el gozo en el Espíritu Santo”. El cristiano no sólo tiene paz, sino también mucha alegría en el Espíritu. Sí, a veces puede estar “rebosante de gozo en todas las tribulaciones” (2 Co.7:14). El gozo en el Espíritu Santo es una consecuencia natural de la verdadera fe en el evangelio.

    El evangelio de Cristo nos trae “noticias de gran gozo para todo el pueblo”, tal como dijera el ángel cuando Jesús nació en Belén (Lc.2:10). Pero, al mismo tiempo, al igual que la fe, el gozo es un don de Dios, y una obra de Dios que nadie conoce, a no ser que la experimente en su propia vida. La Escritura contiene muchos relatos de personas que se alegraron mucho por haber recibido la gracia de Dios, que se nos anuncia en el evangelio de Cristo. Por ejemplo, las tres mil personas que fueron convertidas el día de Pentecostés; el eunuco etíope; el carcelero de Filipos, etc.

    El que antes estaba bajo la ira de Dios, ahora ha sido reconciliado con Él. Y por la iluminación del Espíritu comienza a darse cuenta que ha sido incorporado a un reino de gracia celestial. Por eso, tal persona ciertamente se alegra. Este gozo a menudo acompaña a la primera etapa de consolidación de la fe, en los dulces días de fiesta de bodas, cuando el Esposo celestial está cerca y perceptible; cuando sus decisiones y sus pruebas todavía no han sido muy difíciles. El gozo es otorgado de diferentes maneras, de acuerdo al modo en que el Señor trata con las almas. Generalmente, los que menos aflicciones tienen, también disfrutan menos del gozo celestial. Y después de una gran aflicción, suele venir mucho gozo. Eso es lo que nos enseña la historia de los santos de Dios.

    Publicado por editorial El Sembrador