18 de agosto 2026

    18.Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, ¡Que es el vínculo perfecto!Col.3:14

    El resumen de las amonestaciones del apóstol en este capítulo 3, es el amor. A fin de evitar otra lista de virtudes aisladas, dice simplemente: “Vestíos de amor, ¡Que es el vínculo perfecto!” Esto comprende todos los otros frutos del Espíritu, todas las demás virtudes cristianas, como dice en Romanos 13:8b,10: “El que ama al prójimo, ha cumplido la Ley… El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la Ley es el amor”. Por eso se llama al amor el “vínculo perfecto”, “el lazo perfecto”. El amor hace todo bien, y hace mal.

    En 1 Corintios 13:4-7 el mismo apóstol dice: “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, no es jactancioso, no se envanece, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza en la injusticia, más se goza en la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. En fin: la pincelada final del precioso cuadro que el apóstol pintó ante nuestros ojos, es el amor.

    El amor es la brillante cadena de perlas que adorna todo el vestido. Es la cadena de oro donde cuelgan todos los demás adornos del cristiano. Es el vínculo de la perfección.

    ¡Qué hermosa vestimenta pueden lucir los hijos de Dios! Sin embargo, ésta todavía no es su ropa de gala o el “vestido de boda” (Mt.22:11), con el que van a presentarse ante el Rey. Para eso necesitan una vestimenta mucho más preciosa todavía. Es decir, la ropa blanca, emblanquecida en la sangre del Cordero (Ap.7:13-14). Esa otra es sólo la ropa cotidiana, con la que deben andar y trabajar diariamente ante los hombres. Ni siquiera la máxima santidad de los “santos” vale algo ante Dios. Porque, ni siquiera los cielos están limpios a su vista. “He aquí, en sus siervos no confía, y notó necedad en sus ángeles” (Job.4:18).

    Lo único realmente digno para Él es el vestido de la perfecta justicia de Cristo. Con éste, Él tiene que cubrir incluso nuestros más nobles y mejor intencionados esfuerzos, diciendo: “Estas virtudes y buenas obras pueden ser meritorias ante los hombres, pero no ante Mí, porque: Yo, Yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo (Is.43:25). Mira, que he quitado de ti tu pecado, y te he hecho vestir de ropas de gala” (Zac.3:4b).

    Tal vez alguien diga: “¡Eso es exactamente lo que yo creo! Nuestra justicia y santidad personal no es suficiente ante Dios. Por eso tampoco vale la pena darle tanta importancia…” Y por eso, le da rienda suelta a su naturaleza carnal. Aunque hable de la fe y la gracia, en realidad vive según la carne, y se excusa a sí mismo diciendo que no podemos dejar de ser inmundos pecadores…

    Pero no es buena señal obrar de esa forma. Es cuestionable que el Espíritu de Dios todavía esté morando en el corazón de quien piensa así. Porque el corazón en el que el Espíritu Santo halló morada con la gracia y paz de Dios, también cambia de actitud. El Espíritu de Dios no puede quedar inactivo. Se manifiesta activo. Y aunque la debilidad natural hace tropezar y caer al hijo de la gracia, éste no obstante revelará un espíritu contrito por su pecado. Confesará sus fracasos, se reprenderá a sí mismo, y pedirá a Dios y a los hombres indulgencia y ayuda. Donde mora el Espíritu de Dios, la persona trata de practicar el bien. Y aunque signifique duras penas y mucha lucha, no puede dejarlo de lado.

    En resumen: Se podan las ramas que llevan fruto, para que produzcan más. La que no lleva fruto no se poda; se la deja crecer, porque la cortarán y echarán al fuego (Jn.15:2-6). ¡Qué Dios nos conceda honestidad a todos! Quizás otro diga: “Ni ante Dios ni ante los hombres soy lo que el apóstol dice aquí. Es evidente mi condenación, porque no puedo ser lo que debo ser. Por eso, no soy uno de los escogidos…” Si nos dijeran: “Debemos conducirnos tal cual el apóstol nos amonesta aquí. No debemos conducirnos de acuerdo a nuestros impulsos naturales. Debemos arrepentirnos. Debemos conducirnos de acuerdo a la Palabra etc…”, el alma responde: “Esto es exactamente lo que pienso, pero por más que le pida a Dios las fuerzas para ser así, solamente empeoro. De modo que al final ni siquiera soy tan serio como debiera ser. Ni siquiera lucho, ni me arrepiento, ni oro en la forma debida…”

    Entonces, amigo, tampoco crees en Jesús. Todavía no has hallado paz con Dios y salvación por medio de la fe en Jesucristo. Todavía estás viviendo en esclavitud bajo la Ley. Todavía no has muerto para la Ley, y no has resucitado con la justicia de Cristo. Todavía no eres libre ni salvo por la fe en Jesús. ¿Cómo pretendes producir los frutos de la fe, si no tienes fe? El Evangelio no es algo para tomar en broma. No está ahí sólo para halagarnos y agradarnos. ¡No! Para la salvación de nuestra alma, es absolutamente necesario que nos sometamos tanto al Evangelio, como a la Ley. Y el Evangelio nos dice: “¡Dejen de esforzarse! De lo contrario serán eternamente infelices. Deténganse y convénzanse que son pecadores totalmente perdidos, y que deben ser rescatados de su condición impura, tal como son.” Sólo entonces, cuando de pura gracia y por los méritos de Jesús llegamos a ser santos y salvos, y obtuvimos un corazón gozoso y libre, sólo entonces y nunca antes, podemos esperar alguna fuerza y algún fruto de la fe.

    Publicado por editorial El Sembrador