18 de abril 2026

    18.¡No cometerás adulterio!Éx.20:14

    El Señor Jesucristo explicó este Mandamiento en Mt.5.27-28 ¿No es esto una gracia muy especial? Si queremos ser salvos, debemos escucharlo a Él. Los escribas judíos habían interpretado el sexto Mandamiento como lo habían hecho con el quinto, pensando solamente en transgresiones externas y groseras; en este caso: El adulterio. Creían que cumplían este Mandamiento mientras no llevaran a cabo relaciones sexuales indebidas, aunque sus corazones estuviesen llenos de pasiones y deseos impuros. Luego vino Cristo con esta elevada definición, imposible de cumplir: “Pero yo os digo, que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mt.5:28).

    El sexto Mandamiento dice literalmente: “¡No destruirás el matrimonio!” Debemos interpretar este Mandamiento a la luz de esa definición. Recordemos que en realidad dice: “¡No destruirás el matrimonio!” Según esta interpretación profunda y espiritual, se ataca al matrimonio con un mero deseo impuro.

    La desobediencia comprende todos los momentos y todas las manifestaciones que expresan deseos impuros, tanto dentro como fuera del matrimonio. Las Escrituras lo confirman en numerosos pasajes. En la Biblia hay una profunda y amplia instrucción con respecto a este Mandamiento, desde su verdadero origen. La primera ordenanza de Dios, expresada en la creación del hombre, se refería a la existencia y propagación del hombre en la tierra. Dios creó un hombre y una mujer e instituyó el estado del santo matrimonio. La creación del hombre y la procreación de la raza humana eran dos pensamientos de Dios conectados entre sí.

    La institución del matrimonio, -la base para el sexto Mandamiento-, está en el primer capítulo de la Biblia, en la historia de la creación: “Varón y mujer los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: ¡Sed fecundos y multiplicaos!” (Gn.1:27-28). Y en el cap.2, v.24 agrega: “Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”.

    Si recordamos esto, que el matrimonio es una unión santa, instituida por el mismo Señor Dios ya en el comienzo de la creación, podemos entender lo importante que es el sexto Mandamiento, y qué terrible delito contra la majestuosa autoridad divina es atentar de cualquier forma contra el matrimonio. Quien destruye el matrimonio, trastorna y deshace un estado santo y sumamente importante en la tierra. Rompe lazos muy santos, consagrados por Dios mismo.

    Denigra y viola una relación sumamente pura, tierna y preciosa entre dos seres humanos. Infringe como un villano y criminal un derecho y una orden de Dios. Además, convierte felicidad en desgracia, y bendición en maldición. El bienestar de la humanidad, tanto para el presente como -por lo general- para la eternidad, descansa en el matrimonio.

    Pero, comete ese pecado sólo quien destruye su propio matrimonio, ¿o también quien destruye el de otra persona? ¿Habla el sexto Mandamiento solamente a los que ya están dentro del matrimonio, o también a los que todavía no lo contrajeron? De acuerdo a la explicación de la Palabra de Dios, este Mandamiento se dirige a todos los seres humanos sin excepción. Porque cuando el Señor Dios creó a los seres humanos, los hizo varón y mujer, e instituyó el matrimonio.

    Y también dispuso una sagrada separación entre los dos sexos. Esta línea de separación fue instituida por Dios mismo, por lo que es tan santa e inviolable como el propio matrimonio. Cualquiera que traspasa este límite establecido por Dios, fuese en pensamiento, palabra u obra, transgrede el sexto Mandamiento.

    En este sentido Dios les dice también a todos los solteros y a todas las solteras: “¡No destruirás el matrimonio!” El amplio alcance de este Mandamiento queda aclarado también en la definición que Cristo dio, al decir que cualquiera que mira una mujer para codiciarla, ya cometió adulterio con ella en su corazón.

    Tal vez te consideres justo e inocente en cuanto a este Mandamiento, porque por temor al juicio de Dios, por miedo a las enfermedades sexuales, a la vergüenza y otras consecuencias te controlas y no llevas a la práctica tus deseos impuros. Pero Cristo dice aquí que con tus deseos impuros ya apareces como un adúltero ante Dios. Ya has cometido adulterio.

    Hagamos una comparación: Digamos que alguien te odia tanto que quisiera matarte, pero se abstiene de concretar el crimen por temor a las consecuencias. ¿Considerarías a esa persona mejor que al criminal que ya cometió un asesinato? ¡No! Con toda razón dirías: “La diferencia está sólo en que mi enemigo teme la cárcel, mientras que el criminal que cometió el homicidio fue más atrevido y decidido. Pero el corazón y el alma de ambos es igualmente malvado”. Pues bien, lo mismo ocurre aquí. El infame adúltero no tuvo el miedo al castigo y a otras consecuencias como tú. Esa es la única diferencia entre tú y él, si es que te abstuviste de concretar tus pasiones sólo por temor a las consecuencias. Cuantas veces deseaste cometer adulterio, efectivamente lo cometiste no sólo delante de Dios, sino también en tu propio corazón. Es así como el Señor Jesucristo explicó este Mandamiento.

    Publicado por editorial El Sembrador