17 de septiembre 2026

    17.Y todo lo que pidiereis al Padre en mi Nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.Jn.14:13

    Orar en el Nombre de Jesús significa orar confiando únicamente en los méritos de Jesucristo como Mediador. Significa invocar al Mediador. Esto es algo normal y conocido por todos nosotros. Ocurre diariamente. Por ejemplo, cuando una persona rica y respetable le da su nombre y recomendación a un pobre y necesitado, para que lo mencione ante quien posee los medios que él necesita. Con el nombre y la recomendación de una persona rica y respetada, el pobre acude con toda confianza al que puede prestarle ayuda. Y el que da la ayuda, al enterarse de quién está intercediendo por el pobre, suele estar satisfecho y dispuesto a ayudar. Tal es así que normalmente ni siquiera le pide al pobre una garantía por la ayuda que le brinda. El que ayuda piensa: “A mí me alcanza con que fulano lo respalde y responda por él”. Eso ocurre cuando se le permite a alguien ir a buscar ayuda en nombre de otro. Y de ahí podemos entender hasta cierto punto qué significa orar en Nombre de Jesús. Nuestras oraciones en la iglesia lo expresan generalmente con las palabras finales: “Por tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor”. Por otro lado, al observar el contexto de las palabras en Juan 14, vemos que orar en el nombre de Jesús también significa orar en conformidad con el pensamiento de Jesús.

    Pero a fin de poder orar confiando realmente en los méritos de Jesús y de acuerdo al pensamiento de Él, es necesaria la obra del Espíritu Santo en el alma de la persona. Esa obra nos convierte en verdaderos discípulos de Jesús e hijos de Dios. El error de creer que Dios nos mirará a nosotros y nuestros méritos, y nos atenderá cuando hayamos sido debidamente penitentes y obedientes, está tan profundamente arraigado en la naturaleza humana, que pensamos que no podemos esperar que Él se apiade y oiga nuestras oraciones, mientras que nuestra conciencia nos acuse de pecado e indignidad. Está muy profundamente arraigada en todos nosotros esa perversa tendencia a la auto justificación.

    Hay fieles hijos de Dios que en la conversión de sus almas se sintieron tan demolidos y contritos por la Ley, que sólo con gran dificultad lograron pasar por la puerta estrecha de la fe en la pura gracia y en los méritos de Cristo. Gracias a esa fe en Cristo fueron salvos. Pero miles de veces, en tanto que viven en este mundo, vuelven a caer en el mismo error de pensar que Dios se apiadará de ellos y oirá sus oraciones sólo en la medida en que le obedecieron y se arrepintieron. Por otra parte, piensan que Dios debe estar enojado y poco dispuesto a escucharlos cuando son sorprendidos en algún pecado y sienten su gran indignidad. Pero cuando elevamos nuestras oraciones con la idea de que Dios nos oirá en la medida en que nos hacemos dignos, eso es exactamente lo opuesto a orar en el Nombre de Jesús y a confiar en sus méritos de único Mediador. Ah, cuánta angustia y cuántas dolorosas experiencias se requieren hasta que al fin aprendemos a decir -real y sinceramente-: “Sólo por los méritos de Jesús; sólo en su Nombre y por su intercesión le pido a Dios que me sea propicio y me dé lo que es bueno, aunque yo merezco su rechazo y castigo”. Y si este es un “arte” extremadamente difícil aun para el regenerado hijo de Dios, para el no convertido resulta totalmente imposible pronunciar siquiera una sola oración basándose en los méritos de Jesús.

    Además, al no convertido también le resulta imposible orar en conformidad con el pensamiento de Jesús. Un corazón no regenerado. no puede orar por las cosas que Jesucristo quiere. Y esta es la segunda lección de lo que significa orar en el Nombre de Jesús. Porque el deseo y el anhelo del corazón son parte de la oración. ¡Qué milagro de la gracia es que nosotros, por la fe en Jesús, también tenemos en nuestro corazón los mismos deseos y anhelos que vemos en la oración del Señor y en otras expresiones suyas! Y cuando vamos a nuestro trabajo cotidiano y anhelando que Dios nos conceda su gracia… suspirando que su Reino se afirme en nuestro propio corazón y en el de otras personas… que tengamos esa mentalidad, que nos alegremos al notar la obra de Dios en el alma de una persona y que su Nombre se conozca y honre… ¡qué efecto de la gracia son todos esos frutos!

    Al pensar así, pedimos las mismas bendiciones por las que rogamos en las dos primeras peticiones de la oración del Señor: “Santificado sea tu Nombre, y venga tu Reino”. Eso fue -en resumen- lo que el Señor Jesucristo buscó cuando vivió aquí. Para eso usó todas sus fuerzas, sufrió y murió: Para salvar almas y extender el Reino de Dios en la tierra. Si tú vives con la misma ansiedad y con el mismo anhelo, pensando en las mismas cosas; deseando la salvación y felicidad eterna de los demás ¡alégrate y alaba la gracia de Dios, porque se te concedió tener la misma mente que Jesús! Todo el mundo alrededor de ti puede estar en la oscuridad y angustia, pero en tu alma se operó un milagro de la gracia que vale mil veces más que todo lo demás en el mundo. Sin pensar literalmente en los Mandamientos de Jesús y sin recordar textualmente las cosas mencionadas en la Oración del Señor, tal vez tú andes por ahí suspirando día y noche: “¡Ojalá Dios cumpla su voluntad en mí, e impida que se cumpla mi propia voluntad corrupta, o la mortifique! ¡Ah, ojalá se cumpliese la buena voluntad de Dios en mi vida!” Eso significa que tu corazón sintonizó la misma frecuencia que la de la tercera Petición: “¡Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra!” ¡Despiértate con regocijo y asombro ante ese milagro en tu corazón, el milagro de haber adquirido la misma mente de Jesús! ¡Cuánta gracia y gloria se nos concede, que en nosotros obre el mismo Espíritu que en Él! ¿Acaso esto no es prueba suficiente, de que “llegamos a ser participantes de la naturaleza divina?” (2 P.1:4).

    Publicado por editorial El Sembrador