17 de octubre 2026

    17.Despojaos del viejo hombre… y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios.Ef.4:22,24

    Quizás no te resulte tan fácil entender en qué consiste realmente el nuevo hombre, creado según Dios, o a la imagen de Dios. Pero, gracias al Señor, que nos dio un modelo perfecto de su imagen, a fin de que lo miremos y le sigamos: Jesucristo, quien “es el resplandor de la gloria de Dios, y la imagen misma de su sustancia” (He.1:3).

    Si queremos ver la imagen de Dios, y cómo debemos ser y llegar a ser, sólo necesitamos mirar a Jesús, no según su naturaleza divina, como Hijo unigénito de Dios, o Cordero de Dios y Redentor nuestro, sino según su naturaleza humana, como Hijo de Hombre, nacido de madre humana. En Él, Dios no sólo nos dio el ejemplo más perfecto y hermoso a contemplar e imitar, sino también el más querido. Porque al mismo tiempo Él es nuestro Salvador, Mediador y Defensor ante el Padre.

    Por otra parte, el viejo hombre que tenemos que crucificar y mortificar y del que hemos de despojarnos, consiste en la depravación total que la caída de Adán trajo consigo. En primer lugar, la mente carnal que esta en “enemistad contra Dios” (Ro.8:7). Nuestra profunda soberbia, la determinación y el egoísmo con el que una persona ambiciona su propia gloria en todo, buscando su propia ventaja. La inmensa arrogancia de pretender ser más de lo que se es. La vanidad de querer ser visto y oído por todo el mundo. La cruda incredulidad y desprecio de la Palabra de Dios. La ambición y el apego a la prosperidad. La desesperación en la adversidad. Preocupación por los bienes materiales. Frialdad frente a Dios y dureza de corazón con el prójimo. Indiferencia para la invocación y oración. Malos pensamientos, deseos impuros, etc. Además, toda clase de pecados externos, que provienen de la maldad interna: conversaciones inmundas, conductas lascivas, hipocresías, mentiras, prácticas deshonestas en el comercio y trabajo, placeres impuros, libertinaje, fornicación y adulterio, pecados de avaricia, de crueldad, de ira y odio… y tantas otras transgresiones y vicios que ni se pueden enumerar. Esas iniquidades son la imagen vieja y perversa de la que tenemos que despojarnos; imagen que hemos de crucificar y mortificar. Con toda seguridad no estaríamos tan tranquilos y satisfechos, ni nos sentiríamos tan libres y seguros, si nos ocupásemos debidamente de esto.

    Lo tenemos aquí bien revelado ante nuestros ojos. Ahora sólo resta ponerlo en práctica.

    La bondadosa voz del Espíritu, a través de la Palabra, nos dice: “Ustedes han sido librados de la culpa por sus pecados, de modo que no necesitan expiarlos mediante esfuerzos ni sacrificios propios. Siéntanse felices y agradecidos, y tomen en serio la otra parte, que es más fácil: El imitar a Jesús. Sean renovados a la imagen del que los amó y compró con su sangre. Aprendan a aborrecer lo que Él aborrece, y a amar lo que Él ama. Ustedes están libres de la culpa por sus pecados y no necesitan temer al castigo. Son hijos amados de Dios y hermanos de Cristo. Por eso, sean como Él, y anden como Él anduvo”.

    Por ejemplo, Él vivía íntimamente unido a su Padre. Estaba lleno de amor a Dios y al prójimo. Cumplir la voluntad de su Padre era su vida y comida (Jn.4:34). ¿Y tú? ¿Estás también unido íntimamente a tu Padre celestial? ¡Mantente en estrecha comunión con Él! ¡Que hacer Su voluntad, -servir a tu prójimo y dominar tus deseos carnales- sea también tu vida y tu comida! Siendo que eres “templo del Espíritu Santo”, (1 Co.6:19), de modo que en ti mora el mismo Espíritu que moraba en tu Salvador, no lo eches fuera; no contristes al Espíritu de Dios con actos de desobediencia a sus instrucciones, ni con palabras, ni con otras transgresiones en contra de su voluntad.

    No destruyamos ni profanemos el templo de Dios con las codicias e inmundicias de la carne. ¡No! ¡Prefiramos antes sufrir cualquier cosa, que hacer algo contra la voluntad de Dios! Jesucristo confesó la verdad aun cuando le costó la vida. ¡Confesemos a Cristo aun cuando nos cueste la estima de los hombres, nuestro buen nombre y nuestra reputación, y aun la propiedad y la vida! En cualquier situación en que se hallaba nuestro Señor Jesucristo, Él se contentaba con la misma, por complacer a su Padre. ¡Contentémonos también nosotros con la situación en que nos encontramos, y venzamos nuestros disgustos con el gusto de complacer a Dios! A Jesucristo nunca se lo vio bromeando en actitud jocosa. Se mostraba alegre, pero al mismo tiempo temeroso de Dios. Nosotros que somos hijos de Dios y hermanos de Cristo, debemos saber que ésa es la actitud más apropiada también para nosotros.

    ¿Y quién es capaz de esto? -preguntará alguien-. ¡Ah, ojalá yo podría conducirme así todo el tiempo! Pero en ningún lado dice que lo logremos por nuestro propio poder, o que llegaremos a ser perfectos. ¡No! La intención es que comencemos a buscar la perfección, recordando que no somos capaces por nosotros mismos. Por eso, hemos de suspirar e invocar al Señor, quien lleva a cabo personalmente la obra de la santificación. Esta no es la obra del hombre, sino del Señor. Y Él la realiza mediante el poder de su Palabra, que anima, advierte y consuela. Dice el apóstol: “No que seamos competentes por nosotros mismos, para pensar algo como de nosotros mismos”, sino que “Dios obra en nosotros tanto el querer como el hacer, según su buena voluntad” (2 Co.3:5; Fil.2:13).

    Lo que no pueden lograr la Palabra, las amonestaciones y las exhortaciones internas, lo hará el Señor con la vara y el fuego de la aflicción, allí donde haga falta. Porque la vara de corrección nos enseña a prestarle atención a la Palabra. Y los verdaderos cristianos confiesan de corazón: “Señor, emplea cualquier medio que te plazca, ¡con tal de salvar mi alma!” Solo esto es necesario. Porque sin santificación nadie podrá ver al Señor (He.12:14). Por sobre todo, tengamos siempre en claro que ante Dios “Cristo… con una ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (He.10:14).

    Publicado por editorial El Sembrador