17.Pero ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos.Ro.7:6
El apóstol presenta aquí a la Ley como una cárcel, en la cual estábamos presos. Los Mandamientos y juicios de la Ley son los barrotes y cerrojos, que nos mantienen encerrados hasta la hora de nuestra muerte. Recordemos primeramente que la Ley, ya nos condenó a la muerte por el pecado que hay en nosotros, el cual está enraizado en nuestra naturaleza. De Adán, el primer hombre, hemos heredado pecado y muerte. La Ley dice: “Maldito todo aquel que no permanece en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (Gá.3:10).
En segundo lugar, si no creemos que ya estamos condenados por la Ley, y tratamos de reconciliarnos con Dios por medio del arrepentimiento y la obediencia a su voluntad, solamente lograremos empeorar nuestra situación, aumentando nuestras culpas, porque nuestra naturaleza está inclinada al mal y somos muy débiles para resistir las tentaciones.
Por eso, nuestra conciencia se estrellará una y otra vez contra los juicios de la Ley, que nos tiene esclavizados como en una cárcel. No importa para qué lado intentemos escapar, siempre chocaremos contra las rejas de acero del calabozo de la Ley.
Por eso el apóstol dice: “Antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada” (Gá.3:23). Pero, esta descripción de la Ley como una cárcel, no sólo nos muestra que estábamos condenados a muerte bajo sus juicios, sino también cuál es la clase de piedad que la Ley produce.
Al respecto, Lutero dijo: “El oficio de la ley es mantenernos en una prisión. Es algo angustiante y produce una falsa piedad. Ningún ladrón, asaltante o asesino ama la cárcel en la que lo encierran. Al contrario, quisiera escapar de allí y si pudiera la destruiría. Es cierto que estando preso no comete crímenes, pero no porque sea honesto y ame la justicia, sino solamente porque la cárcel se lo impide. Si no se arrepiente, sufrirá por no estar libre para seguir cometiendo delitos. Odiará la cárcel, y si saliera en libertad, seguiría robando y matando. La ley confina a las personas en lugares tenebrosos, tanto en la sociedad como en el espíritu. Mediante sus amenazas y castigos, sólo es capaz de producir una justicia externa: Obedecemos de mala gana, impulsados por el miedo. Pero, ¿qué clase de piedad es esa, que deja de cometer el mal sólo por temor al castigo? En realidad, esa piedad que consiste sólo en obras externas no es otra cosa que amor por el pecado. Es odio hacia la justicia, oposición a Dios, a su Ley y a su causa y el cultivo de una terrible impiedad. Bajo la ley, amamos a Dios y le obedecemos igual que el ladrón ama su cárcel y la vida honrada…”
Pero, ¡qué cambio inmenso se produce cuando la pobre alma que está encarcelada bajo la ley, angustiada y exhausta, condenada y confundida, de repente conoce la gracia de Dios! Todo lo que intentó conseguir mediante sus propios esfuerzos y obras y no lo obtuvo, ahora lo recibe como regalo. Otro lo consiguió y se lo ofrece gratuitamente.
Entonces comienza a percibir a Dios de manera muy diferente. Lo ve como a un amoroso Padre, que sólo quiere ayudarnos, y que por eso dejó que primero nos demos cuenta de nuestra incapacidad de salvarnos a nosotros mismos mediante la Ley.
Todas las exigencias y juicios de la Ley tienen, en primer lugar, el objetivo de frustrarnos y hacer que desechemos el inútil intento de justificarnos a nosotros mismos, por medio de nuestra obediencia y buena conducta. Dios quiere darnos todo por pura gracia, tanto la justificación como la santificación.
Cuando el alma desesperada comprende esto, y puede verse a sí misma a la luz del Espíritu, libre de la Ley, creyendo en el inmenso amor de Dios en Cristo, entonces recibe un corazón nuevo, una nueva actitud hacia Dios y hacia su Ley. El odio se transforma en amor y puede servir a Dios de buena gana y con alegría. Entonces dirá: “Sus mandamientos no son gravosos” (1 Jn.5:3). “Y: “Porque según el hombre interior me deleito en la ley de Dios” (Ro.7:22).
Así, en vez de vivir en una prisión, ahora el alma habita en un palacio. Eso es estar libre de la Ley. Ahora amamos los mandamientos y juicios del Señor y sufrimos cada vez que caemos en pecado. Y nos angustiamos si alguien intenta convencernos que no debemos tomarnos tan en serio la santa voluntad de Dios. Esto lo produce el Espíritu en el alma que ha sido librada de las amenazas y condenaciones de la Ley, y está segura de la eterna gracia de Dios en Cristo.