17 de mayo 2026

    17.Y calzados los pies con el apresto del Evangelio de la paz.Ef.6:15

    Todos los soldados de Cristo fueron convocados a participar en la gran campaña que pesa sobre el corazón de su Señor, es decir: Que el Evangelio de la paz se difunda en toda la tierra.

    Nuestro Señor Jesucristo declaró: “El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama”(Mt.12:30). Y San Pedro escribe, no sólo a los Pastores, sino a todos los cristianos en general: “Vosotros sois… real sacerdocio… para que anunciéis las virtudes de Aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 P.2:9). Pero tan pronto como nos volvemos fieles y celosos testigos de nuestro Salvador, nos exponemos a numerosos disgustos y problemas. En efecto, todo el reino del diablo se nos pone en contra. En nuestro interior se multiplican y se tornan cada vez más hirientes “los dardos encendidos del maligno” (Ef.6:16), y por fuera, la enemistad y el rechazo del mundo -leal siervo del diablo-, no pierde oportunidad para hostigarnos y acusarnos.

    Comprendemos, entonces, cuán necesaria es la exhortación: “Calzados vuestros pies con el apresto del Evangelio de la paz”.

    Pensemos en las palabras: “Calzados vuestros pies.” Es necesario que el soldado tenga los pies bien calzados, si ha de avanzar por un terreno no allanado, lleno de puntiagudas piedras y ponzoñosas alimañas. De igual modo, los creyentes debemos estar bien armados contra las amargas experiencias y rudas tentaciones a la impaciencia que se acumulan en nuestro camino, si es que queremos demostrar verdadero celo y lealtad por la causa de nuestro Señor Jesucristo. Es como si tuviésemos que abrirnos camino a través de una espesa selva, llena de plantas espinosas, víboras, insectos venenosos y animales feroces que nos pueden herir o matar, si no estamos debidamente protegidos.

    ¿Con qué hemos de calzar nuestros pies? ¿Qué apresto hemos de emplear? El apóstol dice: “El apresto del Evangelio de la paz”, o la buena voluntad para compartir el Evangelio de la paz. Esta buena voluntad consiste en sentimientos de amor que nacen precisamente del Evangelio. Este es el secreto. Cristianos experimentados lo saben. Todas las amonestaciones, instrucciones, pedidos o razones para cobrar ánimo no tienen absolutamente ningún poder para alentarnos a una viva confesión del Evangelio, mientras tanto nosotros mismos no seamos espiritualmente vivificados y fervientes por el mismo Evangelio.

    Mientras el corazón aún esté frío y apático, la persona siempre encontrará una excusa para su sopor espiritual. O puede tomar muchas resoluciones, que sin embargo después de todo no conducen a nada (salvo que una causa exterior los ponga en movimiento). Pero tan pronto como mi propio corazón se enfervorizó y conoció la gracia del Señor Jesucristo; tan pronto como el Señor le habló a mi alma, me aseguró el perdón de mis pecados y su buen agrado, recibo una motivación interior que ya no me deja guardar silencio. Entonces me pasa exactamente lo que dice David: “Creí, por tanto hablé”. Y: “Por el camino de tus Mandamientos correré, cuando ensanches mi corazón” (Sal.116:10; 119:32).

    La palabra “apresto” nos da a entender que la persona está preparada, con el calzado en los pies, lo cual los hace menos sensibles a los aguijones filosos u objetos duros y cortantes que puede encontrar en su camino. Eso indica paciencia. Esta referencia a nuestro calzado espiritual significa que hemos de armarnos con paciencia, para persistir en la lucha; que hemos de acomodarnos seriamente a la idea de que tendremos que sufrir ¡y que incluso desearemos tener el privilegio de sufrir por amor a Jesús! Como bien dice San Pedro: “Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento,” es decir dispuestos a sufrir por su causa (1 P.4:1). Porque si no nos armamos con ese pensamiento, nos pasará como a algunos, que inician la batalla de la fe con gran entusiasmo y valor, pero cuando la lucha se vuelve más ardua, e involucra algún sufrimiento, en seguida la abandonan. Cambian rápidamente de tono y dirección, a fin de evitar el sufrimiento.

    Esa gente no sirve para esta lucha. Porque el que quiere ser un verdadero cristiano, el que desea pertenecer al Cristo crucificado y ansía exaltar seriamente Su causa y el Evangelio, el tal debe esperar -como dice Lutero“toda resistencia intrigas malévolas, desprecio, insultos, ingratitud, burla y humillación, aunque le haga bien a todo el mundo”. Por eso, nos volvemos tan experimentados en soportar agravios y sobrellevar los más inmerecidos y amargos disgustos, que nos inmolamos en aras de la paciencia.

    imaginable, A fin de adquirir esa destreza se requiere, en primer lugar, estar en íntima comunión con Dios y conocerlo como nuestro piadoso Padre, con el que estamos reconciliados por medio de nuestro Señor Jesucristo. En segundo lugar es necesario imprimir profundamente en nuestras almas la gran verdad, de que Él tendrá cuidado de todos nuestros problemas, y velará con su inmenso amor paternal sobre todo lo que nos ocurre, de modo que no caerá un solo cabello de nuestra cabeza sin su voluntad (Lc.12:7; 21:18). Es cierto que muchos repiten esta promesa con su boca, pero son pocos los que verdaderamente creen en ella.

    Más aún: Tampoco hemos de olvidar las bien conocidas palabras de nuestro Señor: “¡Bienaventurados sois, cuando por mi causa os vituperen y os persigan..! Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros” (Mt.5:11-12). ¿Nos concederá Dios a nosotros, indignos como somos, el privilegio de participar de esa gloria de sus profetas? ¡Dios despiértanos!

    Publicado por editorial El Sembrador