17 de marzo 2026

    17.Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.1 P.2:5

    Al Señor nuestro Dios le causa un gran gozo cuando un hijo suyo, movido por amor y gratitud a Él, por su gran bondad, le ofrece sus servicios, a la vez que renuncia a los placeres pecaminosos de la carne. Pero si no se hace esto por fe y por amor, sino pretendiendo recompensar a Dios, entonces no es más que la ofrenda de Caín, algo abominable a Dios, porque “sin fe es imposible agradar a Dios” (He.11:6). Cuando le ofrecemos algo motivados por la fe en Jesucristo, en gratitud a Dios por su gran misericordia, eso siempre le agrada, aunque en sí misma la ofrenda no fuese más que “un vaso de agua fría” (Mt.10:42).

    Esto debe animarnos mucho a presentar tales sacrificios. Pero ahí nos frena una duda profundamente desconcertante. Cuando finalmente aprendemos y entendemos que nuestros presuntos méritos propios no pueden justificarnos ante Dios, -porque el pecado se adhiere a todo lo que hacemos-, entonces pensamos que nada puede ser suficiente para agradar a Dios, ni siquiera lo que hacemos por fe y con amor, para su gloria y el beneficio de nuestro prójimo. Y esto nos torna perezosos y desganados para ponernos a su servicio.

    Es una opinión muy dañina y un error muy desalentador. Porque si bien no podemos reconciliarnos con Dios y conquistar el cielo con nuestras propias obras, porque no son suficientes ni perfectas ante sus ojos, no obstante, cuando somos justificados por el perfecto y suficiente sacrificio de Cristo y llegamos a ser agradables a Dios, también le agradan todas nuestras obras de amor.

    El Señor, nuestro Dios, es un Padre benigno, muy amoroso, que observa con el mayor agrado todo lo que sus hijos intentan hacer por amor a Él. Si entonces un hijo de Dios, a pesar de toda la tribulación a causa de su pecado, trata de servirle voluntariamente a su Señor, -en gratitud por su gran misericordia-, ese servicio goza de su mayor agrado. Y todo lo impuro e imperfecto que todavía puede tener ese servicio queda tan cubierto con la justicia de Cristo, que Dios jamás ve esos defectos.

    Pero no sólo esos defectos nos impiden creer que nuestras buenas obras le agradan a Dios, sino también la pequeñez de las mismas. Nosotros valoramos las obras extraordinarias, las grandes hazañas. Si pudiésemos realizar algo así, como convertir gente en masa, llegar a ser misioneros o mártires en tierras lejanas, podríamos creer que eso agrada a Dios. Nos olvidamos que su agrado depende del motivo: Si hicimos lo que nos ordenó hacer movidos por la fe en Jesús y por amor a Él.

    Lo que hacemos conforme a sus Mandamientos y palabras, por insignificante que parezca, siempre beneficia a nuestros semejantes, supliendo las necesidades en el hogar y en la sociedad. El Señor Jesucristo declara, que en el último día honrará públicamente, delante de los ángeles y de las naciones, esas obras que aún los cristianos más humildes pueden hacer. Nos asegura que mirará las buenas acciones que hayamos realizado por amor a Él, en favor de nuestros pobres semejantes, con el mismo agrado como si se las hubiésemos hecho a Él personalmente. Pues les dirá: “Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a Mí… De cierto os digo, que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a Mí lo hicisteis” (Mt.25:34 ss).

    ¿En qué forma más categórica podría el Señor expresar su agrado por las buenas acciones que hacemos por amor de Él? ¿Cuál es entonces la razón por la que todavía dudaríamos que esos servicios de amor le agraden a Dios? Sabemos y sentimos que le desagrada cuando en vez de servirle a Él, servimos al pecado. ¿Por qué no habría de agradarle entonces, cuando por el contrario, renunciamos al pecado y le servimos en amor a Él? Aquí vemos nuevamente cómo el Maligno pervirtió nuestra mente.

    Por lo tanto, pensemos frecuente y detenidamente en estas palabras respecto a los sacrificios de amor. Son del mayor agrado de Dios. Y Él nos ayude creerlo, pues entonces diremos: “Si tanto le agrada a Dios que yo le dé a este pobre hermano lo que necesita, ¡lo voy a ayudar de todo corazón!”

    Si Cristo lo aprueba como una acción hecha a Él mismo, ¡qué felicidad puedo sentir al poder brindarle ese servicio! Si complace a Dios que en mi trabajo, tan pesado y agobiador, yo me muestre paciente, fiel y dedicado, ¡qué satisfacción es poder realizarlo de esa manera! Si le complace a mi Señor, que en caso de adversidad soporte la pérdida con resignación y me mantenga amable, apacible, moderado y humilde en el trato con mi prójimo, que no devuelva mal con mal, antes prefiera dar “la respuesta blanda que quita la ira” (Pr.15:1), ¡qué placer debe ser para mí proceder así! Si complace a Dios que yo renuncie a éste o a aquel deseo, ¡con qué prontitud he de sofocarlo!

    Si Dios se alegra que yo pronuncie una palabra de aliento, de exhortación o de advertencia a mi prójimo, o que yo cubra sus faltas y debilidades y no lo difame, si todas esas cosas realmente complacen a Dios, ¡con cuánto placer he de hacerlas! Si realmente creemos lo que nuestro Señor Jesucristo y sus apóstoles nos han dicho en cuanto a todas esas cosas que complacen a Dios, ¡qué motivados y decididos podemos sentirnos a practicarlas!

    Publicado por editorial El Sembrador