17.Pero mi pueblo no oyó mi voz. Los dejé, por tanto, a la dureza de su corazón; caminaron en sus propios consejos.Sal.81:11-12
Aquí vemos el resultado de no reconocer “el tiempo de nuestra visitación”, cuando Dios, por pura gracia, nos ofrece sus bendiciones. Cuando se resiste y entristece al Santo Espíritu de Dios, este Espíritu bueno y generoso tiene que irse.
¿Qué más puede hacer la misericordia de Dios? En su eterno e incomprensible amor nos dio a su unigénito Hijo. Él vino a nosotros y se hizo nuestro hermano y mediador. Cargó sobre sí nuestras culpas y obligaciones.
Él fue Siervo de sus siervos. Cumplió la Ley por nosotros. Con su amarga pasión y muerte propició por nuestras iniquidades, nos restauró el derecho de hijos, y nuestra herencia en el cielo. Además, Dios nos envía su Palabra y su Espíritu Santo. Nos busca y llama amablemente. Golpea en la puerta de nuestros corazones, y nos invita a la gran Cena de su gracia. Pero si todo esto resulta en vano; si despreciamos continuamente tanto sus advertencias como sus promesas, y amamos más nuestras “haciendas” y nuestros “bueyes” que el banquete de la gracia de Dios (Lc.14:1819); si preferimos la amistad del mundo a la de Dios; si resistimos y afligimos continuamente al Espíritu Santo, ¿qué otra cosa puede hacer Dios entonces, que entregarnos a nuestra propia perversa voluntad y decir: “Si no quieres seguirme a Mí, seguirás al diablo y a tus propias concupiscencias…”? Finalmente Dios abandona al rebelde empedernido a merced de sí mismo.
Tal persona queda espiritualmente muerta y ciega, de modo que ya no hay Palabra de Dios que la mueva. Sigue tranquila en sus pecados, cree la mentira, y cae en toda clase de errores y pecados vergonzosos. Como dice Dios por boca del salmista: “Pero mi pueblo no oyó mi voz… Por tanto, los entregué a la dureza de su corazón. Caminaron en sus propios consejos”. Pecará, y la Palabra ya no lo corregirá.
El apóstol Pablo explica: “Pues habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido… Por lo cual Dios también los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos… Profesando ser sabios, se hicieron necios” (Ro.1:21-24). Así es como el ser humano queda “endurecido”.
¡Pensemos en lo que esto significa! Se acaba totalmente la capacidad espiritual de percibir. La persona queda totalmente indiferente y fría frente a la Palabra de Dios, inaccesible a la misma. La mente se vuelve indolente y despreocupada. Ni el dulce llamado de la gracia, ni los hirientes dardos de la Ley pueden perturbar este sueño mortal. Esa persona ya no siente ningún remordimiento por las maldades cometidas en el pasado, ni siente preocupación alguna por el futuro.
Un cadáver ya no siente nada, ni aunque tuviese una brasa ardiendo sobre su pecho. En una roca dura no penetra ninguna gota de lluvia, aunque se derrame sobre ella el agua de todas las nubes del cielo. Es eso lo que ocurre con el ser humano cuyo corazón quedó enceguecido. Si va a la iglesia, no lo conmueven ni siquiera las grandes verdades, en las que todos los demás ven “la demostración del Espíritu y de poder” (1 Co.2:4). Puede presenciar bautismos y participar en la Santa Cena sin sentir nada… Tampoco le impresiona un funeral. Las glorias de los bienaventurados en el cielo ya no lo atraen, ni le asustan los tormentos de los condenados. Aunque alguien le hable de la crucifixión de Cristo, y lo describa desangrándose y muriendo por los pecadores, él quedará inalterable, frío como el hielo y duro como una roca.
Los amigos pueden suplicarle, pero a él no le interesa. Los maestros pueden aconsejarle y advertirle, pero no le importa un comino. Él es como una piedra. A una piedra se la puede moler, pero no derretir ni ablandar. Eso es lo que ocurre con la persona endurecida. En ellos se verifica lo dicho por el profeta: “¡Ay también de ellos, cuando de ellos me aparte!” (Os.9:12). ¡Ah, Dios mío! prefiero ser pobre, ser un mendigo… quedar lisiado, ciego o sordo, ¡Con tal que no me dejes espiritualmente enceguecido! “¡No me eches de delante de Ti, y no quites de mí tu santo Espíritu!” (Sal. 51:11).
¿aún sientes temor por ti mismo? ¿Puede aun la Palabra de Dios llevarte al arrepentimiento? ¿Aún deseas ser un creyente y un amado hijo de Dios? Eso es prueba clara que Dios todavía no te abandonó a una mente reprobada.
Pero cuidado si el diablo te sugiere pensar de la siguiente manera: “Estoy lleno de pecados y los malos deseos me acosan todo el tiempo. Por eso creo que Dios me abandonó…” ¡No! El hecho de que te acosen los malos pensamientos y te persiga el pecado no prueba nada. Ése es el sufrimiento y la queja de todos los creyentes mientras viven en este mundo. Permite solamente que el Espíritu te corrija. ¡Permanece junto al trono de la gracia! Escucha el evangelio y confía en la sangre purificadora de Cristo, a pesar de todo razonamiento y sentimientos contrarios.
Si haces eso quiere decir que el Espíritu todavía mora dentro de ti, como en su taller. Y su oficio consiste precisamente en fortalecer a los débiles pecadores. Si ya estuvieses libre de pecados, Él no tendría nada más que hacer en ti. No olvidemos jamás, que el reino de Cristo es un reino de pecadores. Por lo tanto, no nos dejemos desviar. El Espíritu de Dios sólo abandonará a las personas que no se dejen corregir más por Él. ¡Dios nos guarde misericordiosamente de eso! ¡Señor no quites tu Santo Espíritu de nosotros! ¡No lo quites de mí!