17.Y así como hemos traído la imagen del (hombre) terrenal, traeremos también la del celestial.1 Co.15:49
Cuando escuchamos un anuncio como este, hemos de pedirle a Dios la gracia de que abra nuestros ojos y nos dé fe. Escuchémoslo de nuevo: “Así como hemos traído la imagen del hombre terrenal, traeremos también la del celestial”. ¿Lo creemos? Llevamos la imagen del hombre terrenal, la imagen de Adán, y lo sentimos en todos nuestros miembros y sentidos más de lo que quisiéramos.
Pero, ¿Creemos con la misma seguridad, que un día también llevaremos la imagen del hombre celestial, o sea de Cristo, nosotros, los que que estamos unidos a Él? ¿Creemos que tanto Adán como Cristo fueron, uno tan seguro como el otro, ancestros y prototipos nuestros, conforme a los cuales hemos de ser formados? Ambos son dos modelos que caracterizan las dos grandes épocas de nuestra existencia: La primera, la temporal, en la que fuimos creados a imagen del hombre terrenal, semejante a Adán; y la otra, la eterna, en la cual recibimos la imagen del hombre celestial, semejante a Cristo. ¿Creemos que tan cierto como que llevamos la imagen terrenal en esta vida actual, con toda la miseria que esta conlleva-, algún día llevaremos la imagen de Cristo, con toda la gloria que eso implica? ¿Creemos que eso ocurrirá en el tiempo señalado, con todos los que están en Cristo, con la misma seguridad en que se producen los cambios en la naturaleza, como a la noche le sigue el día, o como al frío y crudo invierno le sigue la agradable primavera? ¿Puede ser cierto esto? Sí, ¡alabado y glorificado sea el Nombre del Señor!
Observando lo que somos, vemos en que consiste llevar la imagen del hombre terrenal. “Adán engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen”, dice la Escritura (Gn.5:3). En nuestro texto (1 Co 15:49), el apóstol habla de nuestros cuerpos, que llevan la semejanza de Adán: Deshonra, debilidad, corrupción… en fin, tenemos un cuerpo físico, que debe ser sustentado por medio de nutrientes terrenales del reino mineral, vegetal y animal. Y finalmente, tiene que volver a la tierra. Pero además, a la imagen del hombre terrenal le corresponde toda una cadena de calamidades, pecados, miserias y desgracias. Toda nuestra existencia se compone de faltas, como ser el desprecio a Dios, idolatría, negligencia y resistencia a la voluntad de Dios; el egoísmo, orgullo, hipocresía, infidelidad, ira, odio, envidia, calumnias, deseos impuros, avaricia, etc., etc.
Como dice Jesús: “Del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mt.15:19). Y también: “De dentro del corazón de los hombres salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia y la insensatez” (Mr.7:21-22). Sí, esta es la imagen de Adán con relación al pecado.
Pero de ahí también procede toda la maldición y miseria que hay en la tierra: Un corazón sin paz, una conciencia acusadora, sentimientos de dolor, de culpa… preocupación, inseguridad, temor, sospechas… problemas de salud, penas, pobreza, los “dardos encendidos del maligno”, y finalmente muerte y descomposición. Nos guste o no nos guste, todavía tenemos que soportar estos males heredados de Adán. Como si tuviésemos que cruzar un matorral de espinos, que nos hieren y hacen sangrar todo el tiempo. ¡Ah, querido hijo de Dios, no te canses! ¡No te vuelvas impaciente! Es sólo un sufrido trance. Vendrán tiempos mejores, tan seguro como que Dios no creó al hombre solamente para sufrir.
“Así como hemos traído la imagen del hombre terrenal, traeremos también la imagen del hombre celestial”. Y la imagen de éste, es totalmente opuesta a la del hombre terrenal. A la imagen de Cristo, al hombre celestial, le pertenece un “cuerpo espiritual”; o sea, gobernado por el Espíritu, como el cuerpo de Cristo resucitado. En vez de deshonra, cosecharemos honra eterna y gloria celestial. En vez de debilidad, deficiente y mala salud, gozaremos de eterna salvación, fortaleza y bienestar. En vez de tristeza, temor, terror e inseguridad, un eterno gozo, bienaventuranza y seguridad; placeres sin fin a la diestra de Dios; una cadena interminable de sublimes delicias celestiales; y sobre todo, en vez de nuestra constante y penosa pecaminosidad, gozaremos de eterna e imperturbable santidad, amor y pureza. Ahí seremos capaces de amar a Dios de manera tan plena, perfecta y ardiente, con tanta felicidad, como jamás podremos comprender en nuestro estado actual.
Por ejemplo, el cristiano que conoció por un momento, -quizás durante su primer encuentro con -Jesús, algo de la gloria del mundo venidero, algo de la maravillosa e inmensa bondad del Salvador, puede decir que si esa experiencia hubiera durado para siempre, él ya estaría en el cielo, disfrutando la bienaventuranza eterna. Porque en el perfecto amor de Dios, que es la suma de la imagen de Cristo, está la mayor felicidad. Imaginémonos, entonces estar libres de todo mal, en todos los aspectos; sentirnos completamente santos y puros como los ángeles de Dios; llegar a ser perfectamente todo lo que quisimos y ambicionamos aquí, sin lograrlo jamás; y no necesitar temer nunca más ningún mal o peligro, sino por el contrario, disfrutar una seguridad y paz eterna en compañía del Salvador exaltado, ¡y contemplar con toda claridad los maravillosos misterios de Dios!
En realidad, este fue el propósito por el cual Dios creó al hombre, esa extraña criatura. Eso es, efectivamente, lo que cabía esperar de Dios, cuando creó al hombre a su imagen. Él es el Dios de todas las bendiciones, que bien pudo crear una interminable bienaventuranza con la misma facilidad con que creó las enormes masas de agua de los inmensos océanos.