17.Porque por fe andamos, no por vista.2 Co.5:7
El reino de Cristo es un reino de fe, más allá de los sentidos, de la imaginación y la razón humana. Es un reino invisible, extraño y misterioso. Quien no tiene esto presente, nunca estará firme en la fe.
El Reino de Cristo se parece a Cristo, así como la esposa armoniza con su esposo. El rasgo característico del cristianismo es llegar a ser “semejante a Cristo”. “Pues como Él es, así somos nosotros en este mundo” (1 Jn.4:17).
Y ¿cómo era Cristo en este mundo? En Él se daban los más grandes contrastes: La mayor humillación y la mayor exaltación; el mayor pecado (el de todo el mundo) y la mayor santidad (la suya); la mayor deshonra y la mayor gloria; el más “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto” (Is.53:3), y también el más glorioso, el resplandor de la gloria de Dios y la exacta imagen de su sustancia (He.1:3). Él fue el Siervo de todos los siervos (Jn.13:14), y el Rey de todos los reyes y Maestro de todos los maestros. (Ap.5:12; 1 Ti.6:15). Él fue el más pobre, pero al mismo tiempo el más rico.
Y como Él fue, así somos nosotros en este mundo. En los cristianos también se encuentran los mayores contrastes: La mayor humillación (la de pecadores perdidos y condenados) y la mayor honra y gloria (la de hijos de Dios); la mayor desgracia a consecuencia de los pecados, y la mayor justicia y pureza; la mayor pobreza, y la mayor riqueza; la mayor debilidad, y la mayor fortaleza.
Lo uno proviene de nosotros mismos; lo otro, de Cristo. Lo uno es nuestra herencia de Adán; lo otro, nuestra herencia de Cristo; lo uno lo sentimos en todos nuestros miembros y sentidos, lo otro yace profundamente oculto más allá de nuestra razón y de nuestros sentidos, y lo debemos creer sólo en base a la fidelidad de Dios.
Sólo en algunas ocasiones especiales Cristo viene a nuestro encuentro, y nos permite ver y sentir la majestad de la gloria de Dios, como en el caso de Tomás (Jn.20:29).
Nos cuesta muchísimo comprender estos contrastes o extremos opuestos, y creer lo que no percibimos; creer en la gracia y justicia ocultas, cuando vemos y sentimos lo contrario. Siento tener que decirles a las personas para las cuales el cristianismo no es más que una ciencia teórica, que nunca van a entender este misterio. Pero cuando el reino de Dios se establece en el alma, no sólo con palabras sino también con poder, la persona siente el aguijón del pecado y es consciente de su tremenda impureza, y de lo débil, confusa y vacilante que es su fe.
Por eso, en medio de la miseria necesita recibir la maravillosa gracia de lo alto, para “ver” ¡y creer que la amistad de Dios hacia ella permanece inalterada! Aunque esté oculta, sigue disfrutando el favor de Dios, pues toda su justicia está únicamente en Cristo. Es particularmente necesario creer esto cuando nuestra miseria natural parece no retroceder sino avanzar cada día más, afligiéndonos interminablemente. Humanamente hablando, ¿quién puede perseverar en tales condiciones?
¡Ah, qué lucha la de fe! Pues si bien consigo librarme externamente de éste o aquel pecado, mi corrupción interior se torna cada vez más insoportable y deprimente. Cuanto más me acerco al estrado de Jesús, veo con mayor claridad lo profundo de mi caída. Dice San Juan: “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en Él” (1 Jn.1:5). Cuanto más un alma se acerca a la luz, tanto más aparece su impureza.
Dios concede su gracia en la medida necesaria para fortalecer la fe que debe ser puesta a prueba, o para tiempos en que el alma precisa una mayor humillación. A veces el cristiano se siente impotente, espiritualmente paralizado, confundido y desesperado. Puede llegar a pensar que es un verdadero apóstata y que ha sido abandonado por Dios al error.
¡Ah, qué conocimiento tan profundo y qué lucha tan ardua se requiere entonces para creer y penetrar esos densos nubarrones! ¡Para tener la certeza del triunfo de la justicia divina, en medio del pecado; la vida victoriosa, en medio de la muerte; y el inmenso amor de Dios sonriéndonos amablemente, cuando nos sentimos tan abandonados! En tales momentos realmente necesitamos cerrar nuestros ojos a todo lo que vemos y sentimos, y fijarlos únicamente en la Palabra de Dios. Necesitamos creer, en serio, que toda nuestra justicia propia quedó eliminada y que Dios en ningún momento nos juzga de acuerdo a la misma, sino que mira solamente el mérito de su amado Hijo. Sólo por esos méritos somos purificados y llegamos a ser agradables a Dios.