17 de enero 2026

    17.¿O no sabéis, que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?Ro.6:3

    El apóstol exhorta aquí: Por favor, miren hacia atrás, hacia lo que los convirtió en cristianos; o sea, al hecho de que fueron bautizados en Cristo. ¿Acaso no saben lo que ese bautismo significa? es decir, ¿que no sólo fueron lavados y purificados con el perdón de pecados, sino que por ese bautismo también la carne pecaminosa de ustedes fue sentenciada y entregada a muerte? Tu naturaleza carnal debe ser ahogada completamente, de modo que toda tu vida restante en la tierra sea una constante mortificación de tu carne pecaminosa. Ese fue el pacto con Cristo: Hemos sido bautizados en su muerte.

    Y eso no debe acontecer sólo en palabras o pensamientos, sino de hecho y en verdad. ¡Que todos los que pretenden ser cristianos lo tengan en cuenta! Si alguien profesa ser un seguidor de Cristo, pero no tiene la nueva mentalidad, que siempre quiere hacer la voluntad de su Señor; si todavía le profesa lealtad algún pecado favorito y lo defiende; si todavía mantiene una relación estrecha con algo que está en contradicción con el Mandamiento y la voluntad de Dios… entonces esa persona se engaña a sí misma con una fe imaginaria y muerta.

    Cuando hicimos el pacto del bautismo con Cristo, “fuimos bautizados en su muerte”. Y su muerte es la muerte del pecado. Por ejemplo, si alguien es un siervo de la avaricia, de modo que el principal objetivo en su vida es adquirir y poseer bienes materiales; o si vive entregado a la fornicación o la borrachera el que cultiva el odio o la envidia; el que se dedica al chismerío y los pecados de la lengua; o el que practica la deshonestidad en el comercio o el trabajo… si esas personas se vuelven, a la Palabra de Dios y a la Iglesia, y confiesan su fe en la gracia divina, pero conservan su relación anterior con su pecado favorito… entonces -entiéndase bien- esas personas ¡se engañan a sí mismas con una fe falsa e imaginaria! Y todo su “cristianismo”, su participación en los cultos y en la santa Comunión no es más que una abominable hipocresía.

    El pacto con Cristo es una alianza sagrada. “¡Fuimos bautizados en su muerte!” En el Reino de Cristo no es posible que uno conserve su antigua relación con el pecado. “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2 Co.5:17). Todos los hijos de Dios tienen una mente santificada, que reacciona contra el pecado. Eso de persistir sin protestar en estrecha relación con la avaricia, la codicia, la envidia, la fornicación, la borrachera, las peleas y el odio… seguir apegado a tales cosas… defenderlas y excusarlas en vez de combatirlas, es un testimonio decisivo en tu contra. Sufrir una caída accidental, u olvidarse momentáneamente del deber, todavía no implica haber roto definitivamente la comunión con Cristo. Pero concederle al pecado libertad y derecho, defenderlo y excusarlo, eso sí es romper la comunión con Cristo. Recuérdese, que fuimos bautizados en su muerte. Si realmente has de dar muerte al pecado, necesitas un ”espíritu nuevo” para hacerlo, por amargo que le resulte eso a tu naturaleza carnal. Es verdad que la naturaleza humana de Cristo quedó profundamente espantada ante los horrores de la muerte, su espíritu sin embargo se mostró dispuesto a aceptar la copa de la mano de su Padre. Lo propio ocurriría con sus fieles, como dijo Jesús: “El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mt.26:41).

    Si el espíritu dispuesto abandonó tu corazón, toda la lucha contra el pecado no es sino un simulacro de obediencia a la Ley, y por consiguiente, hipocresía, siendo que no proviene del corazón.

    Si en cambio deseas guardar el espíritu dispuesto, debes vivir en la fe, o sea, con la bendita confianza y seguridad de que Dios te perdona todos tus pecados por amor de Jesús. Más aún: También es necesario que sepas que no importa cómo te vaya en esa lucha: más allá de los éxitos y fracasos al combatir el pecado, el pacto de gracia con Dios sigue siempre vigente. Y en tanto que vivas ejercitándote en esa fe, y cubriéndote con la justicia de Cristo, vives también en ese pacto con Dios. Este mismo ejercicio de la fe, de creer en la gracia y dar muerte al pecado, debe ser para ti el testimonio más seguro de que efectivamente todavía vives bajo la gracia, por más que muchas experiencias en tu vida fuesen malas. Y en tanto que tu corazón crea en esa gracia, siempre recibirá el ánimo de seguir en los pasos del buen Salvador, y dar muerte a la carne pecaminosa. Pero esto le resultará amargo a la carne. Eso lo podemos deducir de las palabras: “…bautizados en su muerte”, porque la muerte de Cristo ciertamente fue amarga. Entregó su espíritu con fuerte clamor. Crucificar tu carne muchas veces te resultará tan doloroso, que tú también querrás llorar, cuando en tu angustia y agonía invoques al Señor. A pesar de todo, es importante no desmayar, sino tener siempre presente que el cristiano está dentro del pacto de gracia con Dios, y le espera la perfecta e inmensa felicidad. Está en camino a la gloria eterna, por eso gozosamente puede sufrir un poco a cambio. La corona será un premio más que compensatorio para todos los honestos luchadores que perseveran fieles hasta el fin.

    La promesa es firme y segura: “Si somos muertos con Él, también viviremos con Él. Si sufrimos, también reinaremos con Él” (2 Ti.2:11-12).

    Publicado por editorial El Sembrador