17 de diciembre 2026

    17.Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.Ro.9:15

    El apóstol quiere decir: Dios es fuerte y soberano. Nadie puede reclamarle nada. Nadie puede llevarlo a juicio o pedirle explicaciones por lo que hace. Él da su gracia a quienes quiere dársela.

    En la parábola de los labradores de la viña Jesús describe a un hombre bueno, que decidió pagarle a todos los obreros de su viña el jornal de un día completo, aunque algunos trabajaron solamente una hora. Y cuando un obrero que había trabajado durante todo el día murmuró criticando su decisión, el dueño de la viña le respondió: “Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un jornal? Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este último como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?” (Mt.20:1-16). De la misma forma, a los judíos y a todas las personas que quieren justificarse a sí mismas, Dios les dice: “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca”. ¡Qué inmenso consuelo para todos los pobres pecadores! ¡Esto es algo que se necesita mucho! Por naturaleza, todos tendemos a justificarnos a nosotros mismos. Por más que hayamos comprobado a fondo cientos de veces que nuestra naturaleza es débil y que Cristo es nuestro único y suficiente Salvador, aún seguimos buscando cada día méritos en nosotros mismos. Creemos que si llegamos a ser más piadosos, entonces Dios nos dará su gracia. Pero si tenemos amargas y duras experiencias debidas a nuestra perversidad, creemos que Dios debe estar enojado con nosotros. Entonces nos desanimamos y le tenemos miedo. Actuamos como si la gracia de Dios dependiera de nuestra auto-justicia. No hay iluminación ni experiencia que ayude contra nuestra necedad. Es una enfermedad de nuestra verdadera naturaleza y no podemos evitarla.

    Pero entonces, ¿qué puede librarnos de seguir la tendencia hacia la incredulidad, y ayudarnos a permanecer en la fe? Solamente la Palabra de Dios, recordando y reflexionando sobre versículos como el que estamos considerando.

    El Señor declara personalmente: “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca”. Dios nos está diciendo aquí, que todos los méritos humanos no sirven de nada ante Él. -Tendré misericordia del que yo tenga misericordia; lo único que importa es mi libre gracia: que Yo me compadezca del pecador. Ninguna persona es digna de mi gracia. Todos están perdidos y los méritos que algunos puedan tener ante los demás, no los hacen diferentes delante de mí. Todo en ustedes está contaminado por el pecado y está maldecido. Lo que Yo hago, lo hago por amor de mi mismo. –Así dice el Señor en forma clara en Is.43: “No me invocaste a mí, oh Jacob… sino pusiste sobre mí la carga de tus pecados, me fatigaste con tus maldades. Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados” (22,25).

    Veamos, pues, las condiciones de esta tan libre gracia de Dios. La primera es que todos los seres humanos están perdidos en pecados. “Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él” (Ro.3:20). “No hay justo, ni aún uno” (Ro.3:10). “Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron” (Ro.3:22-23).

    Hasta el cristiano más piadoso todavía carga con un pecado en su corazón, es decir, el pecado contra el Primer Mandamiento, que es el más importante. También tiene muchos pensamientos pecaminosos, codicias y deseos que van contra todos los demás mandamientos de Dios. Por eso, ¡era completamente necesario que la gracia fuese libre e independiente de lo que somos nosotros, para que nuestra salvación fuera posible! Dios no encontró ni un solo ser humano que merezca misericordia por su buena conducta. Por eso declara: “Tendré misericordia del que tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca”.

    La segunda causa por la cual la gracia de Dios es tan libre, es la completa obra redentora de Cristo. Movido por su gran amor hacia nosotros, Él nos ha dado a su eterno Hijo para restaurar lo que se arruinó con la caída en el pecado. El Hijo habría de cargar sobre sí mismo el pecado de todo el mundo y pagaría nuestra deuda con su propia vida. Él habría de satisfacer todas las demandas de la ley con su obediencia, y obtendría justicia perfecta para nosotros.

    Por eso la gracia de Dios es tan libre, y no depende de lo que nosotros merecemos. No, Él está siempre perfectamente satisfecho con los que se han revestido con la justicia de su Hijo. Pues solamente con la justicia de Cristo somos justificados ante Dios, y somos libres de la ley. Y así estamos libres de toda condenación, en todos los momentos –siempre y cuando estemos en Cristo. Si Dios mirase de acuerdo a nuestra dignidad, entonces la justicia no estaría solamente en Cristo.

    El Señor Dios nos dice todo esto cuando declara solemnemente: “Tendré misericordia del que tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca”.

    Publicado por editorial El Sembrador