17.Y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo.1 Jn.1:3
Esta comunión es un gran secreto. Es algo que está bien oculto. En la Biblia se la llama: “La unión misteriosa”. No obstante, es una verdad y un hecho igualmente grande. Es algo que ya fue decidido en el plan de Dios con respecto al hombre; en la creación de los seres humanos.
En el libro de los Hechos el apóstol dice: “Linaje de Dios somos” (17:28). Este es el primer fundamento. Pero esta primera unión con Dios quedó disuelta por la caída del hombre. Entonces Dios puso un nuevo fundamento, más glorioso que el primero, cuando Cristo asumió forma humana. Con Él, Dios y el hombre quedaron unidos en una sola persona. Isaías había predicho: “Y llamará su nombre Emanuel” (que significa: “Dios con nosotros; Dios hecho carne” Jn.1:14). Esto elevó la dignidad del ser humano, pues lo convirtió en mansión y en compañero de Dios, ¡En un cuerpo y espíritu con el Señor!
Esta nueva comunión, comienza cuando un espíritu contrito siente hambre y sed del Señor y de su justicia redentora. Ahí se abre la puerta del corazón, y el Señor Jesucristo dice: “Entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Ap.3:20b). El Esposo busca a la esposa, y la esposa lo busca a Él.
¿Quién puede impedir entonces esta unión? Jesús dice que hará su morada con esa alma (Jn.14:23b). ¡Ah, quién hubiera imaginado algo tan maravilloso! Es un honor demasiado grande y nuestros corazones son demasiado pequeños y estrechos. Por eso nuestra mente se opone y pensamos que no es posible.
Pero lo que vale es lo que Dios decidió, por más extraño que parezca. Y Él afirma: “El que me ama, mi Palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Jn.14:23). Si no podemos entender cómo esto puede ser posible, pensemos solamente quién lo dice, “porque nada hay imposible para Dios” (Lc.1:37).
Al Todopoderoso Dios le resulta fácil hacer lo que se propone. Reunirse con el ser humano, habitar y vivir entre sus hijos en la tierra, es su voluntad personal y su libre decisión.
En Jn.17:23 dice: “Yo en ellos, y Tú en Mí, para que sean perfectos en unidad”. Eso es lo que dice textualmente. ¿Se puede ser más claro? Y Pablo lo ratifica: “Vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (2 Co.6:16). A causa de esta íntima unión llegamos a ser “participantes de la naturaleza divina,” como dice Pedro (2 P.1:4).
En segundo lugar, a esta comunión también le sigue la participación en los bienes de Cristo, de su Reino y de sus tesoros. Del evangelio de Dios conocemos: “la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor de nosotros se hizo pobre, siendo rico, para que nosotros con su pobreza fuésemos enriquecidos” (2 Co.8:9). Jesucristo por cierto no vino al mundo ni asumió forma humana por amor de sí mismo. Eso ocurrió sólo por amor de nosotros, para nuestro beneficio. Como las Escrituras lo declaran tan explícitamente diciendo: “Al que no conoció pecado, Dios por nosotros los hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él” (2 Co.5:21). ¡Qué intercambio más maravilloso! ¡Él se lleva nuestros pecados, y nos da a nosotros su Justicia! La novia era pobre, y estaba hundida en deudas; pero el Esposo se hace cargo de sus deudas y comparte con ella sus riquezas. Este es el contenido principal de todo el Evangelio.
Todos los que creen en Cristo y están en comunión con Él, participan de todo lo que Cristo hizo y ofreció por nosotros: Su obediencia, santidad y justicia; su sufrimiento y los méritos de su muerte. Todo llega a ser nuestro de una manera tan real, como si nosotros mismos hubiésemos hecho y sufrido lo que Él hizo y sufrió.
Cuando un pobre pecador comienza a sentir hambre y sed de estos bienes, y los acepta con la fe de su corazón, todos los méritos de Jesucristo le son transferidos y adjudicados, como si fuesen sus propios méritos y su propia justicia. Este es su consuelo y su gloria frente a sus pecados y defectos diarios, para todo el resto de su vida.
Pero recordemos: No es suficiente saberlo y haberlo oído muchas veces. Hay que meditar en ello profunda y detenidamente y pedir a Dios el don de la fe, hasta que el corazón se reanime con el Evangelio y pueda exclamar: “¡Jesús es mi Salvador! ¡Su Justicia es mía!”
Sólo entonces se recibe la vida espiritual y comienza la bendita comunión entre el Esposo y la esposa. Ah, qué extraño, y al mismo tiempo qué reconfortante es poder decir con una fe firme: “Todo lo mío es suyo, y todo lo suyo es mío. Él cargó con mi pecado. ¡Mi desgracia vino a ser la suya, y su justicia, la mía; su obediencia, mi obediencia; su sangre, mi pureza; su muerte, mi vida! ¡Alabado sea su Nombre! Contra mi pecado, apelo a su justicia; contra mi frialdad, a su amor; contra mi debilidad, a su fuerza. Si yo soy pecador, Cristo es santo. Si yo soy indiferente, Cristo es leal. Si yo soy tímido y cobarde, Cristo ciertamente es decidido y valiente. Él suple todas mis necesidades. En fin, todo lo suyo es mío; y todo lo mío, es suyo”.