17 de abril 2026

    17.Por tanto os digo, que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá.Mr.11:24

    Para poder orar confiadamente, no basta repetir con la boca las promesas de Dios, en las que se nos asegura que escuchará nuestras oraciones; ante todo es necesario ponderarlas en nuestros corazones. Por ejemplo, junto a cada promesa podemos recordar las cualidades de Dios: Su incomparable y eterna piedad, que al momento de nuestra oración es tan confiable como cuando recién fue dada.

    Tengamos presente también el poder del que dio la promesa: Que “nada hay imposible para Dios” (Lc.1:37); que “la diestra del Señor puede cambiarlo todo” (Dn.4:35; Éx.15:6); que “Él es poderoso para hacer mucho más de lo que pedimos o entendemos” (Ef.3:20). Y no olvidemos la fidelidad del que dio la promesa. Es imposible que Dios mienta. Él es Dios y no hombre (Os.11:9).

    Sí, para convencernos definitivamente confirmó sus promesas con un juramento, como dice el apóstol: “Queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento, para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo, los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros” (Heb.6:17-18).

    Estas tres cualidades divinas, su ferviente amor, su divina omnipotencia, y su eterna fidelidad son como tres cuerdas de una trenza que Dios ha descolgado de los cielos mediante su Palabra, para que todos los que se prendan de ella siempre sean alzados y rescatados, aun cuando “las aguas entraron hasta el alma” (Sal.69:1). Sí, con esa triple cuerda serán finalmente alzados hasta el cielo.

    La oración de fe también debe destacar, exaltar y abrazar la persona, la obra y los méritos de nuestro Mediador Jesucristo. Hemos de tener presente cuánto quiere el Padre a su amado Hijo, y todo lo que Él ha hecho y obtenido. Hemos de recalcárselo a Dios en oración. Esto es lo que se llama “orar en el Nombre de Cristo”. Y Jesús dice: “Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará” (Jn.16:23).

    Cuando Moisés intercedió por Israel, dijo: “¡Oh Jehová,… vuélvete del ardor de tu ira, y arrepiéntete de este mal contra tu pueblo! ¡Acuérdate de Abraham, de Isaac, y de Israel tus siervos!” (Éx.32:12-13).

    Nosotros podemos decir: “Señor, mira a tu siervo Jesucristo, tu amado Hijo, nuestro Señor y Defensor; Él es más que Abraham, Isaac y Jacob. ¡Por amor de Él, ten piedad de nosotros! No nos mires a nosotros, sino a tu Hijo. En nosotros sólo hay culpa. Nuestro mérito está sólo en Él, como bien lo sabes. Tu amado Hijo intervino por nosotros, nos redimió, salvó y rescató; y como Tú amas a tu Hijo y su obra, ¡danos tu gracia por amor de Él! ¡No por nuestro mérito, Señor! No, por algún mérito nuestro, sino por el de tu Hijo, en quien tienes todo tu deleite, ¡ten piedad de nosotros y haznos el bien que has prometido!”

    En tercer lugar, la oración de fe debe insistir en glorificar el Nombre de Dios, diciendo con David: “En la muerte no hay memoria de Ti; en el Seol, ¿quién te alabará?” (Sal.6:5).

    Podemos decirle a Dios: “Si salvas a un pecador tan grande e indigno como yo, tu alabanza será grande por toda la eternidad. Pues cuanto mayor el pecado que perdonas, tanto más exaltas tu piedad. Y cuanta mayor la aflicción y miseria de la que nos libras, tanto más revelas tu bondad y tu poder. Y cual tu gracia, tal será también la gloria de tu Nombre”. ¿Y qué no haría Dios por amor de su maravilloso Nombre? Por eso David oró: “Por amor de tu Nombre, oh Jehová, perdonarás también mi pecado, que es grande”. (Sal.25:11). De esa manera apelamos a la gloria de Dios, recurriendo a su palabra. ¿Y qué no está dispuesto a hacer Él cuando está en juego su honor, “No puede negarse a Sí mismo” (2 Ti.2:13). A Dios le causa sumo agrado que oremos así. Porque cuanto más en serio tomamos a Dios y su Palabra, y creemos en Él, tanto mayor gloria le damos, como está escrito: “Abraham se fortaleció por la fe, dando gloria a Dios” (Ro.4:20).

    ¿Quién puede contar todas las piadosas palabras con las que nuestro Padre celestial desea manifestar el amor de su corazón hacia nosotros, y por medio de las cuales desea atraer a sus miedosos e infieles hijos terrenales? Nos invita entrañablemente a acudir a Él con oración y ruego en cualquier desgracia, dándonos las más seguras promesas de que nos escuchará.

    Nos dice: “Me alegraré con ellos haciéndoles bien” (Jer.32:41); y nos invita: “¡Invócame en el día de la angustia! Yo te libraré, y tú me honrarás”(Sal.50;15). “¡Pedid, y se os dará! ¡Buscad, y hallaréis! ¡Llamad, y se os abrirá!” (Mt.7:7).

    “De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiéreis al Padre en mi Nombre, os lo dará” (Jn.16:23). “Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieran de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos” (Mt.18;19).

    Pongamos en práctica estas instrucciones. Respondamos con fe a las promesas de Dios, orando en el nombre de Jesús.

    Publicado por editorial El Sembrador