16 de septiembre 2026

    16.Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas.Lc.12:35

    El Señor a esto inmediatamente: “Sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese de las bodas, para que cuando llegue y llame, le abran enseguida”. Jesús desea exhortarnos más o menos así: “Estad preparados en todo momento para mi regreso. Que Yo y el servicio en mi Reino siempre sea lo más importante en vuestras vidas. Cuidaos de aficionar vuestros corazones a cualquier otra cosa, y no caer en la indiferencia hacia mí, dominados por el mundo o la carne. No permitáis que algo os impida servirme en forma correcta y recibirme con regocijo. En cuanto a mi presencia visible, estaré ausente hasta conquistar a mi esposa, a toda mi iglesia, a las almas que todavía debo conquistar; entonces volveré visiblemente y en gran gloria para juzgar a los vivos y a los muertos. Por lo tanto, vigilad en todo momento, para estar preparados para aquel día”.

    Estar preparados para ese día requiere especialmente dos cosas: La primera, que constantemente estemos revestidos del vestido de bodas. O sea, vivir con la fe en Jesús, cubriéndonos diariamente con su justicia, y no recayendo en el sueño espiritual que ignora el poder del pecado. Porque el reconocimiento de nuestro pecado es lo que realmente nos lleva a Cristo. Nuestros pecados siempre nos deben afligir tanto, de modo que no podamos vivir sin Jesucristo y su Palabra. Esta es nuestra principal necesidad para poder ir al encuentro de nuestro Juez con regocijo. Porque: “el que tiene al Hijo, tiene la vida” (1 Jn.5:12).

    Quien vive “de la carne y sangre de Cristo” (Jn.6:53-54), o sea de su redención y expiación, tiene una seguridad bien concreta de la vida eterna. Esta, pues, es la primera condición requerida para ser salvos y poder comparecer ante el tribunal de Cristo. Pero, para que podamos morir en paz y hallar una “entrada amplia y generosa al Reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P.1:11), y que no sólo entremos “como por fuego” (1 Co.3:15), también es necesario que vivamos en un saludable espíritu de amor, que sirvamos al Señor con gozo y con placer, y busquemos lo “de arriba” (Col.3:1).

    Que nuestros corazones no se carguen con las cosas de esta vida, con el materialismo y otros pecados dominantes (Lc.21:34); o con odio y rencor hacia nuestros semejantes, lo que nos impediría acercarnos a Dios con confianza.

    La nueva vida espiritual empuja todos esos obstáculos a un lado y practica el servicio de amor; así están “ceñidos nuestros lomos, y nuestras lámparas encendidas”. (Lc.12:35).

    Con esas palabras nuestro Señor Jesucristo quiere amonestarnos a no permitir que la conducta carnal, la falsa confianza y la vida superficial obtengan predominio sobre nosotros. Vemos esto aún más recalcado en Mateo 24:48-51, donde dice: “Pero si aquel siervo malo dijere en su cora zón: Mi señor tarda en venir; y comenzare a golpear a sus consiervos, y aun a comer y a beber con los borrachos, vendrá el Señor de aquel siervo en el día que éste no espera… y lo castigará duramente…” Ese siervo ciertamente no representa sólo al cristiano despreocupado, sino también al completamente apóstata, concluimos esto por la condenación eterna a la que el Señor lo sentenció (v.51).

    Ahí el Señor dice que “lo castigará duramente y le dará su parte con los hipócritas”. Nunca debemos olvidar que la pereza espiritual siempre lleva a ese terrible resultado, cuando el cristiano queda tan despreocupado y confiado que ya no le teme a los peligros, ni permite que uno lo advierta contra los mismos. Es precisamente esa despreocupación la que lleva a la completa apostasía, a la muerte espiritual y a la eterna condenación. Por eso, si queremos ser salvos, es absolutamente decisivo que tomemos la advertencia de Cristo en serio. Si hemos comenzado a ser mundanos, vanidosos y amantes de los placeres pecaminosos, hemos de abandonar ese estado de libertinaje y buscar la piedad y gracia de Dios para revertir la situación, y recobrar el primer espíritu vigilante y temeroso de Dios, en el que anduvimos al principio, cuando recibimos el llamado del Señor.

    En toda la Escritura, desde la primera hasta la última página, no encontraremos ni un solo pasaje que le dé esperanzas de que le irá bien a la persona que vive confiada en el pecado. No hay ni siquiera una sola palabra que diga que Dios es tan bueno que todavía te ayudará cuando no le temes al pecado ni al diablo y vivas despreocupadamente. ¡No! Ten la seguridad que no hay promesa de gracia para tal actitud en la Escritura. Hay promesas maravillosamente piadosas para pecadores alarmados, aun en momentos de las mayores tentaciones, caídas y transgresiones. Pero, nótese bien, sólo para el pecador que se deja corregir, se arrepiente, teme, lucha y ora. Entonces hallará ayuda para todo. En caso contrario, no. Las tropas del enemigo del alma sin duda destruirán a los que están seguros en sí mismos. En este suelo hostil, uno debe luchar con temor y temblor y ser salvo únicamente por el poder de Dios. El que quiera quedarse tranquilo y despreocupado terminará perdido. En cualquier guerra es siempre así. Lo propio ocurre también con la persona que lucha por remontar la corriente de un río: Para que la corriente no lo arrastre a la profunda caída de agua, debe remar todo el tiempo. Si se acuesta a dormir en el bote, éste inmediatamente comenzará a deslizarse corriente abajo, para caer en la profundidad. Y además de la corriente del mundo incrédulo, nuestra naturaleza tiende constantemente a alejarnos del camino de la salvación. Y para colmo, está el infatigable hostigamiento del diablo con el mismo propósito. Todo esto explica la necesidad que tenemos para observar la amonestación del Señor: “¡Estén ceñidos vuestros lomos, y encendidas vuestras lámparas!” (Lc.12:35).

    Publicado por editorial El Sembrador