16.No nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación.1 Ts.4:7
Después de la redención obrada por Cristo, la cual se recibe por medio de la fe ( justificación), la santificación es la lección más importante para preservar nuestra vida espiritual.
La vida espiritual y eterna está comprendida en estas dos realidades: La justificación en Cristo y la santificación en el Espíritu Santo. La relación de una con la otra en el Reino de Gracia, es como la relación que existe entre la creación y la preservación en el reino de la naturaleza. Miles de almas que comenzaron bien “en el Espíritu”, acabaron mal “en la carne”, sólo porque no se tomaron a tiempo y suficientemente en serio esta declaración.
No prestaron suficiente atención a la Palabra y al Espíritu del Señor, cuando quiso obrar la santificación en ellos.
Pensemos en el siguiente caso: Una persona es despertada espiritualmente, y comienza a buscar su salvación. Generalmente cae primero en la esclavitud de la Ley, y trata de establecer su propia justicia. Trata de mejorar su conducta; de dejar ciertos pecados, y de combatirlos orando y velando, y cuando cree haberlo logrado, trata también de aceptar la gracia y el consuelo de Cristo. Sin embargo, este ejercicio se convierte en un constante fracaso. El pecado lo domina. Cae, se levanta, y cae de nuevo. Se vuelve tan confiado, endurecido y despreocupado que se asusta de sí mismo y se desespera. En breve: “El pecado abunda” (Ro.5:20). Pero en este estado infeliz, oye el Evangelio. Oye que Cristo vino para salvar a pecadores y justificar a los impíos. Oye que somos justificados gratuitamente, sin colaboración nuestra, sin la ayuda de la Ley, por pura gracia, sólo por medio de la fe en Jesús. Y así obtiene la vida y es salvo.
En la gracia -el Evangelio del perdón- encuentra redención y consuelo. Es incorporado al Reino de los Cielos en la tierra. Y entonces comienza a vivir realmente en la gloriosa libertad de los hijos de Dios, conforme lo dijo el propio Jesús: “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Jn. 8:36).
A la nueva vida de fe le sigue inmediatamente una mentalidad nueva y santa; una voluntad buena y dispuesta a realizar toda clase de buenas obras. Ahora tiene el poder y el nuevo deseo de seguir a Cristo con alegría. Y así comienza la verdadera santificación. Fue plantado en el lugar correcto, como una palmera junto a la corriente de agua.
Fue injertado en Cristo, y vive disfrutando su salvación. ¿Quién imaginaría que exactamente ahí, en medio de este hermoso florecer primaveral, en medio de la benefactora lluvia y del vivificante calor del sol del Evangelio, podría aparecer el gusano y el hongo capaz de matar a esa planta tan hermosa? Sin embargo, es precisamente eso lo que lamentablemente ocurre tantas veces. ¿Y cómo ocurre esto?
Primero y ante todo, aparece la vieja serpiente, Satanás, que engañó a Eva con su ardid y perfidia. Como no pudo desviar al ser humano por medio de la Ley y someterlo con el terror, ahora trata de tentarlo en la dirección opuesta. Lo llena con una falsa confianza, que la Palabra nunca le prometió. A saber, que ahora está libre de todo peligro, no tiene que temer más nada, y siempre debe estar feliz. Eso es una inspiración tan injuriosa como falsa. Porque el alma justificada no se libró de todo peligro. Al contrario, el peligro es doblemente grande y cercano cuando la persona ya no lo teme. Es verdad que el alma justificada quedó libre de la culpa, de la condenación y maldición del pecado, pero tiene otro enemigo que puede arrebatarle rápidamente todo el tesoro que ganó. Es la carne corrupta, la depravación congénita que sigue morando en ella, y que constantemente desea aliarse con el diablo y el mundo.
El pecado inherente ya no se nos toma en cuenta ni nos condena -si permanecemos unidos a Cristo- pero puede causarnos mucho daño si no lo atacamos a tiempo; si no lo crucificamos; si no dominamos nuestra carne con arrepentimiento diario. En efecto, la carne puede causar un daño terrible. Puede sofocar y matar nuestra vida espiritual. Jesús lo ilustró claramente en la parábola del sembrador, al hablar de cuatro terrenos diferentes. Dijo que parte de la semilla cayó entre los espinos, que crecieron junto con las plantas buenas y las ahogaron (Mt.13:7). Si eso sucede, se pierde todo el tesoro, y es como si nunca lo hubiésemos recibido.
Pero además del engaño perpetrado por el diablo, hay también algunos factores negativos de parte del hombre. En la Palabra de Dios hay serias advertencias a no dejarnos someter nuevamente al yugo de la esclavitud, y a permanecer firmes en la libertad que Cristo conquistó para nosotros. Algunos sacan la falsa conclusión de que no deben preocuparse tanto por las demandas de obediencia que encontramos en la Palabra de Dios, sino que debemos atenernos exclusivamente al Evangelio. Así, pensando en la libertad de la Ley, lamentablemente le dan más libertad a sus deseos carnales que a sus conciencias. Porque nuestra naturaleza tiene la tendencia y el mal hábito de querer ser muy justa, recta y rigurosa en teoría y apariencia, pero libre y desenfrenada en la carne y la conducta.
Cuando la Palabra habla de libertad frente a la Ley, y la persona no distingue claramente que es la conciencia que debe estar libre y la carne debe quedar sujeta, y cuando además hay tentaciones especiales al pecado, resulta fácil “usar la libertad como ocasión para la carne” y “convertir en libertinaje la gracia de nuestro Dios” (Gá.5:13; Jud.4).