16 de noviembre 2026

    16.El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.Ro.4:25

    Lutero llama a este texto “un manojo de toda la fe cristiana”. Por eso puso este versículo en la introducción a los Artículos de Esmalcalda, como fundamento del “primer y más importante artículo de fe, del cual ningún cristiano debe apartarse ni ceder en nada, aunque el cielo y la tierra y todo el universo se desvaneciesen”.

    El apóstol escribió este texto con un profundo sentir. Por eso, para comprenderlo, también necesitamos reflexionar profundamente en él.

    Como se dijo, es un breve resumen de la gran obra redentora de Cristo, y vale la pena considerarlo especialmente. San Pablo dice que Cristo fue entregado por nuestras transgresiones, y que resucitó para nuestra justificación. Si relacionamos las palabras “entregado” y “resucitado”, vemos que “entregado” se refiere a la muerte de Cristo en la cruz.

    En muchos pasajes de la Biblia se declara que la muerte de Cristo es el fundamento de nuestra justificación, y que la propiciación -o el pago por nuestros pecados- se consumó definitivamente allí. Por eso Jesús exclamó en la cruz: “¡Consumado es!”

    El profundo significado que el apóstol tiene en mente cuando dice que Cristo “fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación”, es que Él cargó con los pecados de todo el mundo, y los pagó con su vida. Con su resurrección, Cristo fue declarado inequívocamente como nuestro Redentor, quién nos obtuvo justicia y vida eterna. En su muerte, Él “fue hecho pecado por nosotros” (2 Co.5:21), y así nos redimió de la condenación y de la maldición de la Ley. Cristo cumplió las demandas de la Justicia divina y padeció la muerte, que es la paga del pecado.

    Pero su resurrección fue la victoria de la justicia y la vida sobre el pecado y la muerte; fue la corona y el sello tras la culminación de su obra redentora, a favor de toda la humanidad. Como nuestro Mediador y Salvador, el segundo Adán fue hecho responsable por todos nuestros pecados, y se sometió al castigo que merecíamos. De esa manera satisfizo las exigencias que la santa Justicia de Dios demandaba. Él cumplió absolutamente todo al darse a sí mismo en sacrificio, al derramar su sangre para nuestra redención.

    Cristo sufrió y murió santamente por los pecados de otros, sin ser culpable de nada. Y con su resurrección quedó demostrado que el Padre celestial aceptó completamente el pago ofrecido por su amado Hijo. La Escritura dice: “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu” (1 P.3:18).

    Él fue absuelto de todo juicio, culpa y castigo que le correspondía como Sustituto de la humanidad. Cristo se entregó como nuestro Representante ante la Justicia divina, y eso fue tan completamente válido como si noso tros mismos hubiésemos sufrido el castigo de Dios. “Si uno murió por todos, luego todos murieron” (2 Co.5:14).

    Lo mismo se aplica a su resurrección: Todos nosotros estamos representados en Él ante los ojos de Dios. Así, que Él haya resucitado en justicia quiere decir que todos nosotros también hemos resucitado como justos. Por eso la resurrección de Cristo es -literalmente- el fundamento de nuestra justificación.

    Además, al resucitar Cristo ha asumido el sacerdocio eterno, “para presentarse por nosotros ante Dios” perpetuamente (He.9:24). En nuestro lugar, Él es “justo por los injustos”. “Tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministro del santuario y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre” (He.8:1-2). “Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios” (He.9:24).

    Recuerda: Él está ahora en la presencia de Dios, para interceder por nosotros. Él es nuestra perfecta Justicia ante Dios. Es magnífico: ¡Él está ante Dios por nosotros! ¿Qué significa esto? Pues, que estamos en paz con Dios, que no le debemos nada, que poseemos una Justicia perfecta y eterna para estar en su presencia; Cristo está perpetuamente ante Dios, en nuestro lugar, y actúa como nuestro Sumo Sacerdote. Lo repito: Que Cristo esté ante Dios demuestra sin lugar a dudas que hemos sido aceptados y perdonados.

    Nuestra justificación se basa en la muerte y resurrección de Cristo.

    Publicado por editorial El Sembrador