16.Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.Ef. 6:12
El apóstol nos presenta un cuadro sumamente terrible de nuestro enemigo espiritual. Dice que es extremadamente poderoso, astuto y perverso; y al mismo tiempo es un enemigo invisible, que puede estar muy cerca de nosotros sin que lo notemos. Veamos primero la última característica mencionada en el texto. Al decir: “No tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades”, el apóstol no quiere decir que no necesitamos luchar contra nuestra propia carne corrupta, nuestra depravación innata.
Significa -conforme al modo de hablar de San Pablo- que se trata de una lucha en la que no tenemos que atacar cuerpos físicos, como en las peleas normales, en las que se utilizan los puños o las armas de fuego.
Aquí nuestros enemigos son espíritus que no podemos matar; seres invisibles que pueden estar muy cerca de nosotros sin que los veamos, o sin que sintamos el menor temor ante su presencia. ¡Es una situación muy peligrosa para nosotros!
En segundo lugar, nuestros enemigos no son débiles fantasmas, sino por el contrario, principados y autoridades muy poderosas. Los términos que usa el apóstol nos dan a entender que el diablo posee un verdadero imperio, con jerarquías especiales, de modo que algunos ángeles malos superiores dominan como príncipes y autoridades sobre los otros demonios. Más aún, el apóstol dice que son “los gobernadores de las tinieblas de este siglo” (Ef.6:12).
Ciertamente, ¡es algo terrible! De manera similar el propio Señor Jesucristo llamó al diablo: “Príncipe de este mundo” (Jn.14:30), y San Pablo hasta llega a denominarlo “el dios de este siglo” (2 Co.4:4). Estos nombres revelan claramente lo que también podemos ver en parte con nuestros propios ojos: Que el diablo gobierna sobre toda la humanidad no convertida, subyugando y dominando tanto a los líderes de las naciones, como a los ciudadanos en general.
También sabemos que nuestro enemigo es de alta descendencia, un ángel caído, que posee un increíble coraje, porque se anima a pelear aun contra Dios todopoderoso. En los días en que el Hijo de Dios anduvo en la carne, tuvo la arrogancia y osadía de proponerle al propio Señor ¡que se arrodille y lo adore! (Mt.4:8-9). Ahí podemos ver el poder que quiere tener -y tiene sobre el pobre mortal.
En Lucas 11:21 Jesús compara al diablo con un “hombre fuerte armado que guarda su palacio”, o sea, al ser humano. De modo que las personas son para el diablo solamente lo que una vivienda es para su propietario.
Y San Pedro compara su poder y su furor para destruirnos con un “león rugiente, que anda alrededor, buscando a quién devorar” (1 P.5:8).
Estas son representaciones tan terribles de nuestro enemigo, que no es de extrañar si los cristianos llegan a sentir miedo de vivir en la tierra.
Es seguro que quienes no se mantienen junto al Señor, en el temor de Dios, irán a parar a las manos del diablo, o ya están en sus garras. Y también es cierto que si el Señor nos abandona a nuestras propias fuerzas, estamos perdidos; entonces el diablo puede arrojarnos en cualquier momento al más espantoso abismo de pecados y errores, y finalmente al infierno. Sin embargo, si no caemos en el cómodo sueño del pecado, ni confiamos en nuestras propias fuerzas, sino que nos consideramos niños débiles y ovejas indefensas ante el Señor, la lucha ya no dependerá de nuestra propia fuerza ni del poder del diablo, antes el Señor mismo peleará por nosotros; nos alzará en sus brazos y nos protegerá como a sus corderos. Pero si el Señor le daría al diablo una sola hora de plena libertad sobre nosotros, en esa misma hora nos haría pedazos y nos arrojaría al infierno. De modo que cada momento de nuestra vida en que esto no ocurre, es un testimonio de la fiel, piadosa y poderosa presencia de Dios. ¡Ah, ojalá siempre lo tengamos en cuenta!
Así que se trata de una lucha espiritual, cuyo éxito no depende de nuestra destreza o fuerza. La más temible cualidad del diablo es su astucia, su grandísima astucia y falsedad, con la que nos puede engañar y seducir, para que ya no busquemos fuerzas en el Señor y así nos entreguemos mansamente a él. Por eso la Escritura advierte contra esta cualidad suya más que contra cualquier otra.
En el último libro de la Biblia, a Satanás se lo llama “la antigua serpiente, que engaña a todo el mundo”, inclusive a personas inteligentes, instruidas y eruditas. (Ap.12:9; 20:2). La más clara descripción de la temible astucia y falsedad de este enemigo procedió de la boca del propio Señor Jesucristo, cuando se refirió a “las profundidades de Satanás”, (Ap.2:24), porque como advierte el apóstol Pablo, el diablo también sabe convertirse en “ángel de luz” (2 Co.11:14). ¡Dios nos guarde a todos! Contra “las profundidades de Satanás” ciertamente no hay inteligencia, ni cultura, ni vigilancia que sea suficiente, si Dios mismo no nos preserva con su iluminación. A “las profundidades de Satanás” sólo podemos oponer “las profundidades de Dios”. “El que guarda a Israel no se adormecerá ni dormirá” (Sal.121:4).