16.Mi alma espera a Jehová, más que los centinelas a la mañana.Sal.130:6
Los hijos de Dios tienen rasgos característicos. Primero, que recibieron el Espíritu de adopción, por el que claman: ¡Abba, Padre! Y segundo, si no le pueden invocar en forma tan familiar (porque son tentados y su fe a veces es muy débil), suspiran por el Señor y esperan en Él de todo corazón. La gracia y la presencia de Jesús son vitales para sus almas. Y el Señor no deja que sus amigos lo busquen o esperen en vano. Él mismo dice: “El que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él… El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Jn.14:21, 23).
Pero no pienses que siempre sentirás que está cerca. Al contrario, una de las características principales de su relación con nosotros es que Él se oculte y nos deje sufrir diferentes clases de males, tales como las tentaciones al pecado, nuestra propia impotencia y horribles ataques del diablo.
En tales circunstancias nos parece que Jesús está inexplicablemente lejos, y que estamos en poder de espíritus malos, de nuestra propia perversidad interior, y del mundo impío. Entonces “la hija de Sion”, o sea la iglesia fiel, suspira: “Me dejó Jehová, y el Señor se olvidó de mí” (Is.49:14). Y la “esposa” (la Iglesia) sale a la oscuridad de la noche, buscando a su Amado (Cant.5:6), como María Magdalena llorando junto al sepulcro vacío, pensando que ha perdido a su Señor (Jn.20:11ss). Ese es el “poco tiempo” del que Jesús habla en Jn.16:16ss, cuando dice: “Todavía un poco y no me veréis, y de nuevo un poco y me veréis.. Vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará..” Por favor, nota esto y nunca lo olvides: Dios se encubre de tal modo que no nos parecerá “poco” tiempo, sino un abandono definitivo como consecuencia por nuestro pecado y desobediencia. Si no te pareciera así, no sería ninguna verdadera prueba. La finalidad es ejercitar realmente tu fe, tu oración, y tu esperanza en el Señor. Y así como Dios le dijo a Sion: “Con un poco de ira escondí mi rostro de ti por un momento; pero con misericordia eterna tendré compasión de ti” (Is.54:8), y así como Cristo resucitado no abandonó para siempre a María Magdalena llorando junto al sepulcro (Jn.20:14-17), ni a esos dos discípulos de Emaús que lo creyeron perdido para siempre (Lc.24:13ss) así también es imposible que un cristiano de hoy espere en el Señor y lo invoque día y noche en vano.
¡No! Sería totalmente contrario a la naturaleza de Dios. Es cierto que Dios dirige a sus fieles por caminos misteriosos, pero lo hace siempre con eterna lealtad. Y no importa tu pecado o tu estado. Incluso cuando ya no puedes mover tus labios para pronunciar una breve oración, y en tu angustiado corazón solamente sientes impotencia, pero tu alma todavía espera en el Señor y lo invocas con gemidos indecibles (Ro.8:26), es imposible que Él permanezca oculto.
Piensa en lo que nos asegura el Señor Jesucristo cuando habla de la viuda y del despiadado juez en Lc.18:1-7, o de la persona que llegó a la casa de su vecino a la medianoche, cuando la puerta ya estaba cerrada, pidiéndole tres panes (Lc.11:5-13). Con estos ejemplos, Cristo mismo desea inculcarnos que le es imposible negarle la ayuda que le pide un alma atribulada. Pero requiere algún tiempo creer en sus palabras, porque parte de la prueba consiste precisamente en eso, que parece en vano seguir esperando, por todo lo que se ve y siente y aparece.
Las pruebas son ejercicios espirituales, con la finalidad de fortalecer nuestra fe. A veces sucede, que después de superar este ejercicio de la fe, una silenciosa calma nos puede hacer temer que estamos espiritualmente muertos. Esta calma y rigidez, este vacío y sueño, puede llegar a ser una prueba sumamente difícil para las almas sinceras y vigilantes. Pero ese mismo temor a la muerte secreta del alma, es una clara señal de vida espiritual y auténtica fe. Los que tienen motivos para temer por su vida espiritual, son los que nunca se preocupan por el estado de sus almas.
Por más misteriosamente que el Señor nos dirija, Él no permanece oculto para siempre. “Los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas” (Is.40:31).
Ya aquí en este mundo, una y otra vez podrán ver su gran gloria, que los llenará de un reverente temor e infinito gozo. Cuando tras una larga prueba finalmente llegan a pensar que el Señor los olvidó para siempre, Él los sorprende de pronto con una demostración tan maravillosa de su gracia y poder, que los hace exclamar: “¡Señor mío y Dios mío!” ¡Todavía te acuerdas de mí! ¡Y yo pensé que me habías olvidado…! Cómo admira entonces el alma atribulada la dulzura de Dios, cuando saborea un poquito “los poderes del siglo venidero” (He.6:5).
Tanto se alegra, que como el profeta Daniel hasta le agradece a Dios por la aflicción sufrida (Dn.6).