16 de junio 2026

    16.El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo.1 Jn.5:10

    Muchos niegan la posibilidad de saber con seguridad, en esta vida, si uno ya es un hijo de Dios, o si todavía se debe buscar esa seguridad. Esta suele ser una de las excusas de los que se niegan a creer en el evangelio. Quienes sostienen esa duda, todavía están en la oscuridad e incertidumbre.

    Sin embargo, la Escritura dice que los fieles de la antigüedad obtuvieron el testimonio de que agradaban a Dios, por medio de la fe. Sólo gracias a esa fe les fue posible morir contentos en la hoguera. El apóstol Pablo declara categóricamente: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” ( Ro.8:16). Y San Juan afirma: “El que cree…, tiene el testimonio en sí mismo. El que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso” (1 Jn.5:10).

    ¡Notemos bien esto último! El Señor invita generosamente: “¡El que tiene sed, venga!” (Ap.22:17), y promete: “Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos” (Is.1:18).

    Si aún vivo dudando del perdón de mis pecados, ¿acaso no estoy tratando a Dios como a un mentiroso? Porque es como si dijera: “No sé si puedo confiar en lo que Dios dice. ¿Sería esta una confesión digna de un cristiano?

    “Por eso” -dice Lutero- “nuestra determinación ha de ser avanzar día tras día hacia una mayor certeza, y salir de la duda. Hemos de esforzarnos por arrancar de raíz el grave error en el que todo el mundo cae: La idea de que nadie puede saber a ciencia cierta si está dentro o fuera del reino de la gracia. Porque si dudamos, si no estamos seguros de que Dios, por amor a Cristo, nos recibió en su gracia, negamos la redención de Cristo y tiramos abajo su obra y todos los beneficios que Él nos prodigó”. Los que pueden vivir satisfechos sin tener la seguridad de la vida eterna, en realidad no le dan mucho valor a ella.

    Siempre debemos buscar la certeza de nuestra salvación en la Palabra de Dios, y no en nuestros sentimientos. La paz y la certeza del cristiano no se producen porque él pueda considerarse suficientemente piadoso y fiel, como para estar satisfecho consigo mismo. No, al contrario: Nadie reconoce mejor su propia indignidad que un cristiano profundamente creyente. Pero su consuelo y su gloria es que Cristo Jesús sufrió la muerte por nosotros, míseros pecadores, y que el creyente es justificado por la fe en Él, por pura gracia. Este es el fundamento de nuestra perpetua e imperturbable paz. Los cristianos confesamos: “En cuanto a mí mismo, no merezco otra cosa que la condenación de Dios. Pero “en Cristo” (redimido y adquirido por Él), soy limpio, justo y agradable ante Dios. Confío únicamente en Cristo como mi Salvador, en su Justicia y en su sacrificio en la cruz, que es suficiente para salvar a todos, aun a los peores pecadores. Porque con su muerte, Cristo ha reconciliado a todo el mundo con Dios, no sólo a los que consideramos buenos (1 Jn.2:2; 2 Co.5:19). Reconozco que mis pecados son terribles, numerosos y graves. No merezco ni un sólo momento de felicidad de parte de Dios. Pero ¿qué haré, si a pesar de todo Cristo tuvo compasión de mí, y Él, el santo e inocente Hijo de Dios cargó con todos mis pecados, y sufrió la muerte por mí? No debo desesperar, ni dudar. Creyendo en Jesús, puedo atreverme a vivir feliz por mi salvación.

    No fui bautizado para salvarme a mí mismo, ni para presentarme con mi propia justicia ante Dios. Fui bautizado “en Cristo”, de modo que me he revestido de Él y de su justicia. Si Dios quisiera imputarnos nuestros pecados, ¿quién podría permanecer en pie? Pues no podemos responderle a una entre mil preguntas. Pero siendo que todo el evangelio da claro testimonio de que Dios dio a su Hijo en propiciación por nuestros pecados, no me atrevo a negarlo como si fuese mentira. Es cierto que mi corazón y mi conciencia sienten otra cosa. No siento que sea justo, sino todo lo contrario: Diariamente siento mi desgracia y miseria. Pero como Dios mismo declara en su Palabra que todas mis culpas han sido borradas y perdonadas, prefiero darle la razón a Dios y no a mi corazón. Así también honro a Dios, porque creo que Él no miente. Lo que hizo y dijo Dios es mucho más seguro que lo que veo o siento yo, pobre pecador.

    Dios me reconcilió consigo mediante la muerte de Cristo y me lo aseguró en su Palabra. Además, en los sacramentos también me confirió un sello y una prenda del tesoro de la salvación y la felicidad eterna. En el bautismo me hizo participar personalmente de todos los méritos de Cristo. Hizo conmigo un pacto de gracia, eterno e inviolable. Aun si yo me hubiese alejado del tesoro de la salvación, cayendo en pecado e incredulidad, el tesoro no se alejó de mí. El pacto de Dios todavía sigue vigente. ¿Podrá acaso nuestra infidelidad dejar sin efecto la fidelidad de Dios? (Ro.3:3). ¡Jamás! Puedo comparar la gracia de Dios con el arca de Noé, y recordar que aunque yo caiga del arca, eso no significa que el arca se haya hundido. Mi refugio sigue siendo la misma arca. La gracia que Dios me promete en su Palabra y en el pacto del bautismo, no cae ni tambalea por causa de mis vacilaciones. ¡Siempre está firme! Mi paz y mi certeza están afirmadas en Dios, no en mí. Me glorío en la sangre de mi Señor Jesucristo, que vale más que mis culpas y pecados.

    La Palabra de Dios vale más que mis pensamientos y sentimientos. El pacto del bautismo sigue vigente ante Dios, aunque yo me hubiese alejado por mucho tiempo. Frente a la sangre de Cristo, mis pecados son como pequeñas chispas frente al inmenso océano. Frente a la Palabra de Dios, todas las contradicciones, ideas y argumentos que yo podría oponer, son como un puñado de polvo frente a una gran montaña. Por eso, quiero vivir y morir confiado sobre el fundamento firme de la gracia de Dios “en Cristo Jesús”.

    Publicado por editorial El Sembrador