16 de julio 2026

    16.¡El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy!Mt.6:11

    Las palabras “cada día” se refieren a algo necesario para la continuidad de nuestra existencia. No se refieren a todo lo que nuestro corazón ambiciona, sino solo a lo necesario para el día. Significan exactamente “lo que pertenece al sustento y a la necesidad de nuestra vida”. Al que quiere protestar contra Dios podríamos preguntarle: ¿Acaso no recibiste hasta ahora lo que necesitabas para el sustento de tu vida? Tal vez no recibiste todo lo que esperabas recibir, de acuerdo al estilo de vida que deseaste o imaginaste. No obstante, recibiste todo lo que Dios te prometió. Y Él sabe mejor que nadie lo que más te conviene.

    ¿O acaso sabes tú cuánta pobreza y cuántas dificultades necesitas como corrección para el eterno bien de tu alma?

    Un cristiano, que no sólo es materialmente pobre, sino que también está metido en deudas, posiblemente diga: “Mi caso es diferente, el problema no es solamente mi pobreza. Le debo dinero a medio mundo, y posiblemente no pueda pagar lo que corresponde a todos mis acreedores. Tal vez llegue a ser motivo de burla de los chismosos, y por eso también una vergüenza para el Evangelio…” Respondo: Con tal que no tengas el defecto del orgullo, de tal forma que necesites una profunda humillación; y con tal que no tientes a Dios con negligencia, pereza, vanidad y despilfarro de sus dones; y si eres ordenado, humilde, aplicado y fiel en tus responsabilidades, y oras esta cuarta petición con fe, entonces posees todas las promesas del Señor, ha prometido que Él te dará lo suficiente, de modo que no necesitarás pasar la vergüenza de un estafador, y le podrás devolver lo justo a tus acreedores. Posiblemente necesites corregir el defecto de tentar al Señor con pereza o despilfarro; o tal vez el orgullo de confiar demasiado en tus posibilidades. Esas faltas pueden provocarle al cristiano la amarga experiencia, (más penosa que la pobreza), de no poder devolverle a cada cual lo que le debe.

    Además, por enfermedades u otros problemas, a veces un hijo de Dios no puede mantenerse económicamente solo, y tiene que recurrir a la ayuda de sus hermanos. Esto puede ser humillante, y herir el orgullo. Sin embargo, es parte de la formación que el Señor aplica a algunos de sus hijos. A veces son tratados de esa forma hasta quedar suficientemente disciplinados como para poder recibir con humildad los dones de Dios. Sólo Él es el Padre sabio y todopoderoso que con su diestra es capaz de resolver cualquier dificultad.

    Pero la cuarta petición también contiene sabiduría para los afortunados, aquéllos que no saben nada de esas ansiedades por el sustento, y no parecen tener necesidad de orar por el pan cotidiano. Hay dos palabritas en esta petición, en las que debieran meditar. Son las palabras “nuestro” y “dánoslo”. Quien tiene “la mente de Cristo”, también reflexionará en estas sus palabras.

    Jesús no dice que oremos: “¡Dame mi pan de cada día!” sino: “¡El pan nuestro de cada día dánoslo hoy!” ¿O piensas que Dios te dio toda esa abundancia de bienes para que los disfrutes tú solo, y los uses como se te dé la gana? ¿O crees que administras bien si solamente amontonas riquezas para tus hijos? ¿Qué dice el Señor al respecto de esto? “¡Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo!” (Lc.16:2). Recordemos que cuando Dios les da muchos bienes materiales a algunas personas, espera que los administren según su voluntad. Nos preguntamos alguna vez: ¿Por qué Dios distribuye sus bienes en forma tan desigual aquí en la tierra? Uno es tan rico, que posee mucho más de lo que necesita. Otro es tan pobre, que no tiene ni siquiera lo elemental.

    Esta distribución extraña y desigual se debe a que tenemos diferentes vocaciones. Quienes recibieron más bienes materiales de lo que necesitan deben darse cuenta que están llamados a ser “mayordomos” del Señor. Deben administrar esos bienes para el Señor. Él quiere dejar que se reúna alrededor de ellos una multitud de pobres, que los pongan a prueba. Quiere observarlos cada día, a ver si van a administrar sus bienes honestamente, y distribuirlos como fieles mayordomos, o si prefieren “esconderlos en la tierra” (Mt.25:25), o reservar sus tesoros solamente para ellos y sus hijos. No olvidemos nunca esa gran regla general: “A quien se le haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá” (Lc.12:48). Ni tampoco olvidemos “la regla de oro”, que dice: “¡Amarás a tu prójimo como a ti mismo!” (Mt.19:19).

    Tampoco cerremos nuestros ojos ante los numerosos pobres, enfermos, débiles y deficientes que nos rodean y extienden sus manos hacia nosotros pidiendo pan. Por eso hemos de orar en esta petición por todos los seres humanos, sin decir: “Dame mi pan hoy”, sino: “El pan nuestro… ¡dánoslo hoy!” Y no oremos como sinvergüenzas, diciendo “nuestro” en la oración, pero usando los bienes que recibimos egoístamente. ¡No! Recordemos que solamente somos mayordomos. Y hemos de deleitarnos en poder serlo por el amor de Jesucristo, de modo que Él pueda decir de todo el bien que hemos hecho: “¡A Mí me lo hicisteis!” (Mt.25:40).

    Más aún: Sabemos que la expresión “pan nuestro de cada día” no se refiere únicamente al alimento y a la ropa. ¡No! Simboliza también todo lo que pertenece al sustento y a las necesidades de esta vida temporal; como casa y hogar, propiedades y dinero, piadoso conyugue, piadosos hijos y criados, buen gobierno, buen tiempo, clima favorable, paz, salud, honor y castidad; fieles amigos, buenos vecinos etc. Teniendo todo esto en cuenta, ningún cristiano se quedará corto de motivos para orar esta petición, si es que no vive egoístamente solo para sí mismo, sino que piensa también en su prójimo. Y sabemos que el Señor fácilmente puede quitarnos todos los bienes que poseemos. De manera que siempre tenemos motivo para rogar para que -en su gracia- nos preserve diariamente con su generosidad. O sea, por “el pan de cada día”. Es muy saludable que el cristiano recuerde su continua dependencia de Dios.

    Publicado por editorial El Sembrador