16 de febrero 2026

    16.Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder.1 Co.4:20

    Este es un texto muy serio. Probablemente todos admitan que es verdad. Quien desea ser salvo no debe olvidar esta verdad, sino invocar la ayuda del Espíritu Santo, para tenerla siempre presente y examinarse seriamente a la luz de la misma.

    El corazón humano es tan perverso y engañoso, tan lleno de falsedad, mentira, infidelidad e hipocresía, que uno siempre corre peligro de engañarse a sí mismo con su aparente piedad, con un cristianismo únicamente de labios, conocimientos y promesas, pero carente de verdadera vida y fuerza. Por eso, los cristianos deben prestar mucha atención y recordar que el Reino de Dios “no consiste en palabras, sino en poder”.

    En todas las épocas y en todos los lugares siempre existirán los que prefieran engañarse a sí mismos, conformándose con ceremonias religiosas y conocimientos teóricos de la Biblia, pero negando su poder (2 Ti.3:5). A veces ocurre también que congregaciones enteras se contentan únicamente con palabras y conocimientos. En esos tiempos y lugares se hace particularmente necesario recordar que “el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder”.

    Recordemos las condiciones en que se encontraba la congregación a la que el apóstol dirigió estas severas palabras. Era la congregación de Corinto. San Pablo les había llevado el Evangelio, “no con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder” (1 Co.2:4).

    Les había anunciado el mensaje de Dios para nuestra salvación, y ellos lo habían recibido con toda sencillez, y fueron bendecidos con una fe filial. Sin embargo poco después se instaló allí la costumbre de depositar casi toda la atención sólo en la doctrina, y no en la práctica. Concentraban todo su interés en las enseñanzas y en los maestros aparentemente diferentes. Decían: “Yo soy de Pablo”; y: “Yo soy de Apolos”; “Yo de Cefas;” y “Yo de Cristo” (1 Co.1:12).

    Se interesaban más por cuestiones secundarias y externas, que por el poder y la aplicación de la doctrina en sus corazones y vidas. Por eso también permitieron cosas muy malas, sin preocuparse demasiado por ellas. Para colmo, presumían con valentía y estaban contentos consigo mismos. Creían estar “saciados” de todo bien, pero en realidad se hallaban en pésimas condiciones.

    En el mismo capítulo del que extrajimos nuestro texto, el apóstol dice: “Ya estáis saciados, ya estáis ricos, sin nosotros reináis… Nosotros somos insensatos por amor de Cristo, mas vosotros prudentes en Cristo; nosotros débiles, más vosotros fuertes; vosotros honorables, mas nosotros despreciados… Pero iré pronto a vosotros, si el Señor quiere, y conoceré, no las palabras, sino el poder de los que andan envanecidos. Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder” (1 Co.4:8-20).

    Es un hecho que también nosotros somos más ricos en palabras que en poder. Somos ricos en conocimiento espiritual, en palabras y en comprensión. Debido a la gracia del Señor poseemos mucho conocimiento espiritual, quizás más que el que poseyeron anteriormente los mayores santos. Un siervo de Dios dijo: “Si me comparo con mis antepasados, pienso que hicieron más de lo que sabían; mientras que nosotros sabemos más de lo que hacemos. Ellos son como la Lea prolífica con “ojos delicados” (Gn.29:17-31), pero nosotros como la estéril Raquel, de “lindo semblante”. Sin duda, la práctica, la realización, es imprescindible, porque el Reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder”. Pero lejos esté de nosotros la idea que tuvieron y todavía tienen algunos, que nos sobra la predicación del Evangelio y nos falta la enseñanza de la santificación; que ya se ha predicado suficiente sobre la fe y que ahora se deben remediar las deficiencias en nuestro cristianismo con la predicación de la Ley para la santificación… ¡No! Pues solamente la despreciada “locura” de la predicación del Evangelio engendra la fe y transmite el Espíritu, la vida y el poder para la santificación. Donde falta poder y demostración de piedad, falta también la fe y la vida en Cristo.

    Pero la falla está en que no tomamos la Palabra a pecho, para aplicarla, utilizarla y concretarla enseguida. En lugar de eso sólo la almacenamos en nuestros cerebros, a fin de distinguir los conceptos y clarificar la doctrina. En otras palabras, usamos mucho tiempo fabricando y alistando las armas, pero no las usamos contra el enemigo, y dejamos que éste siga ocupando el país.

    Mucha de nuestra atención se concentra en conceptos de la doctrina correcta, mientras que se pasan por alto los asuntos reales de los que habla la doctrina: El arrepentimiento de corazón, la fe, la verdadera confianza, el gozo, la vida, el amor, la comunión con Dios mediante Cristo y la saludable santificación que brota de esa fuente. Eso queda en el olvido y por eso también corremos peligro de perder la doctrina pura y quedar privados de lo más necesario: del Reino de Dios dentro de nosotros. “Porque el Reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder”.

    Publicado por editorial El Sembrador