16.Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a Éste crucificado.1 Co.2:2
Tal vez preguntes: ¿Nos han dado las Sagradas Escrituras algún rasgo distintivo del Reino de Dios, por el que podamos reconocer la diferencia entre la “verdadera gracia de Dios”, o sea, entre la única espiritualidad correcta, y la falsa? ¿Será posible que Dios, anticipando todas las diferentes opiniones futuras con respecto a la enseñanza correcta del cristianismo y su doctrina principal, -que tiene tan extraordinario efecto-, no nos haya dado ese rasgo característico? Gracias a Dios, está ahí, claramente declarado. Quienes ya han llegado al conocimiento de la verdad y tienen ojos para ver, lo encuentran en cada página de las Escrituras.
Para ellos está tan claro, que lo ven como la única cosa de la que depende todo lo demás. Lo ven como el rasgo característico, el poder extraordinario y el tema principal de todo cristianismo auténtico; es decir, que Cristo, Cristo mismo a todos se hizo el todo en el alma de los creyentes de manera que cada cristiano puede decir efectivamente con San Pablo: “Cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo, y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo…con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”(Fil.3:7-8; Gá.2:20).
Y como dice nuestro texto: “Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a Éste crucificado” (1 Co.2:2). En otras palabras, el apóstol dice: “Estando entre ustedes, no quise saber de otra cosa sino de Jesucristo y, más estrictamente, de Jesucristo crucificado”. Cada creyente confirma la verdad escrita en 1 Jn.5:11-12: “Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida. El que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida”. Los creyentes encuentran tales testimonios en todas las páginas de las Escrituras. Lo que dicen los pasajes citados, no es nada nuevo para ellos. Sin embargo, siguen deleitando sus corazones. Estos pasajes anuncian el efecto extraordinario y el rasgo característico del cristianismo. A través de ellos el Espíritu del Señor habló de un signo distintivo, de un asunto muy serio, y de una evidencia para el autoanálisis, para todos los que desean saber con certeza si tienen la verdadera fe.
En el capítulo 14 del Apocalipsis leemos del cántico nuevo entonado delante del Cordero en el monte Sion, por la multitud de los redimidos. En el versículo 3 dice expresamente: “Y nadie podía aprender el cántico sino aquellos ciento cuarenta y cuatro mil que fueron redimidos de entre los de la tierra”.
Aquí podemos ver que el Espíritu del Señor desea colocar ese cántico como signo distintivo del pueblo escogido de Sion. ¿Y en qué consistía ese cántico, que nadie pudo aprender salvo los redimidos? San Juan declara que cantaban delante del Cordero: “Tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios” (Ap.5:9). ¡O sea que cantaban acerca del mérito del Cordero, de nuestra redención por su sangre! Alguien en seguida dirá: ¿Quién no cantaría eso, y quién no sabe que esa redención es la mayor hazaña en el cielo y en la tierra? ¡Pero piensa en lo que las Escrituras quieren decir cuando dicen que los redimidos cantan esto, nada más que esto, y que nadie más puede aprender ese canto sino los sellados! No es suficiente que lo sepamos, o que lo reconozcamos y cantemos sólo con nuestras bocas. Las Escrituras no nos enseñan a ser hipócritas, y quien no desea engañarse a sí mismo, debe prestar atención a la intención de las Escrituras.
Reflexionemos en lo que significa que ese cántico exaltaba únicamente los méritos del Cordero, y no otra clase de beneficios divinos. Sin duda alguna, esa bendita multitud en el monte Sion sabía mejor que nadie de todas las espléndidas obras de Dios, y las reconocía como tales; las obras de la creación y de la providencia, como también los dones particularmente preciosos, las obras dignas de alabanza del Espíritu en el corazón del hombre. ¿Qué puede significar entonces, que en este cántico exalta únicamente la gloria del Cordero y su obra redentora: “Tú fuiste inmolado y nos has redimido para Dios con tu sangre”? ¿Qué otra cosa puede significar, sino lo mismo que mencionaba San Pablo, al decir que no quería saber de otra cosa que de Jesucristo crucificado? ¿Qué sólo eso era el consuelo, el gozo, el tesoro y la gloria de su corazón; que la ofrenda redentora del Cordero era el único objeto de la fe de su corazón, de la apetencia y sed de su alma, de su esperanza y satisfacción? ¿Y acaso no es expresamente esto, lo que toda la Escritura destaca como signo distintivo de la verdadera fe y espiritualidad? Es decir, que no debemos fundar nuestra seguridad en nada dentro de nosotros mismos ni siquiera en los frutos del Espíritu ni siquiera en nuestra fe; mucho menos en algún fruto de la fe, como el temor y amor a Dios, ¡sino sólo en el sacrificio del cuerpo de Cristo! Como lo dijo Él mismo: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida” (Jn.6:55).
Por lo tanto, este es el signo distintivo de todo verdadero cristiano, que solamente en el Cordero que ha sido inmolado tiene toda la certeza de su salvación; que nada ni nadie más comparte el trono en su corazón con Cristo, sino que todas sus acciones y experiencias, aunque fuesen obras del Espíritu, por buenas y gloriosas que fuesen en sí mismas, jamás lo pueden satisfacer, sino únicamente el Cordero que fue inmolado, y nos ha redimido para Dios con su sangre.