16 de diciembre 2026

    16.En él estaba la vida.Jn.1:4

    Con respecto al significado de estas palabras, sabios intérpretes bíblicos han expresado con indudable acierto que la “vida” que estaba en Cristo debe ser entendida en el más amplio sentido. Abarca toda la vida que ha surgido del Verbo creador. Cuando Dios creó todo lo que tiene vida sobre la tierra, lo creó por medio de la Palabra, de modo que toda vida proviene de ella. Es característico de Juan escribir teniendo en mente objetivos espirituales, como podemos leer en 1 Juan 5:11-12: “Y esta vida (eterna) está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida”. Por eso podemos interpretar que cuando dice que “en él –en Jesucristo- estaba la vida” se está refiriendo a nuestra vida espiritual, a la vida eterna y a la salvación del mundo. Esa fue la razón principal por la cual el Hijo de Dios se hizo hombre.

    Tradicionalmente, en la iglesia se describe simbólicamente al apóstol Juan como el águila solar. Es característica de él su visión profunda y clara. Con palabras simples escribe pensamientos elevados y profundos. En nuestro texto Juan pone su mirada en cómo la humanidad ha perdido la vida de Dios con la caída en el pecado. Es así de acuerdo al primer juicio de Dios, que leemos en Génesis 2:17: “Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”. La visión de Juan percibe que esa vida está ahora sólo en el Hijo. Y dice que solamente a Él se le ha concedido tener vida en sí mismo y se le ha dado el poder de dar vida a quiénes Él quiera.

    Juan señala que lo que el ser humano hace y procura hacer para su salvación, es y será siempre muerto y hecho en vano.

    Es imposible que una persona que murió pueda revivirse a sí misma; y también es imposible que un cadáver en descomposición pueda darse a sí mismo vida espiritual, por más que luche y se ejercite en hacer la voluntad de Dios.

    En toda la creación no hay ni siquiera un gusano, ni una hoja de hierba, que no haya recibido la vida de la Palabra creadora de Dios. Y tampoco existe ningún ser humano que tenga la capacidad de vivir en Dios y alcanzar la vida eterna por sí mismo. Todo lo que podamos hacer nos lleva inexorablemente a la perdición, a menos que desesperemos completamente de toda nuestra capacidad, y tan sólo escuchemos la voz del Hijo y recibamos la vida de él.

    Como dice el propio Señor: “De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán” (Jn.5:25). Y sabemos cuán seriamente habló Cristo acerca de la muerte espiritual en otra ocasión, en la que comparó a los hombres espiritualmente muertos con cadáveres vivientes. Fue cuando le respondió a un discípulo que quería seguirle, pero primero deseaba enterrar a su padre. “Señor, permite que primero vaya y entierre a mi padre. Jesús le dijo: Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos” (Mt.8:22). Así, pues, Dios ha dejado perfectamente claro que la vida está solamente en su Hijo, y que sólo el que tiene al Hijo tiene vida.

    Pero tener al Hijo no es solamente orar a Él o tratar de servirle. No, se sobreentiende que también hemos nacido de Dios; se da por sentado que hemos llegado a ser nuevas criaturas, y que podemos decir junto con el apóstol Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne lo vivo en la fe del Hijo de Dios, El cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá.2:20).

    En otro lugar, el mismo apóstol dice: “Si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley” (Gá.3:21). Pero a lo largo de sus cartas, Pablo demostró clara y enfáticamente que no hay ninguna ley capaz de justificarnos y vivificarnos. Es una enseñanza muy importante del cristianismo, que todo lo que hacemos de acuerdo a la santa ley de Dios, que todas las buenas obras que realizamos, no pueden dar vida a nadie. Porque la ley tan sólo puede demandar lo que hay en el ser humano, y en el hombre natural no hay vida. Sólo el que creó la vida al principio puede dar vida, cuando Él llega a ser la vida y la paz del alma. Ese es el significado del texto que dice: “En Él estaba la vida”. Lutero lo entendió, y dijo al respecto: “Nada más que con estas palabras ya es suficiente como para derribar toda pretensión humana en cuanto a nuestra capacidad y al valor de nuestras obras. ¿Cómo es posible que algunos sigan hablando de nuestra libertad para elegir y decidir por nuestra cuenta? ¡Haz todo lo que puedas! ¡Haz todas las buenas obras de los santos y de los ángeles! Y todavía seguirás estando espiritualmente muerto. Aquí se nos dice claramente que lo que no está en el Verbo (en Cristo), está muerto”.

    Todos los que están cansados y agobiados, necesitan pensar y creer esto. A pesar de todo lo que puedan esforzarse y hacer para su conversión y santificación, seguirán estando espiritualmente muertos y perdidos, en tanto y en cuanto no desesperen de sí mismos y de todas sus obras, y vengan al Hijo. Sólo Él tiene vida y solamente Él da vida. Todo nuestro esfuerzo por salvarnos a nosotros mismos es en vano. Para recibir toda vida espiritual y eterna, tenemos que obtenerla de la misma Palabra todopoderosa de nuestro Creador, que dijo al comienzo: “Sea la luz, y fue la luz”. A través de la ciencia y el arte los seres humanos pueden reproducir o imitar las cosas creadas y a los seres vivientes, pero no son capaces de crear un ser viviente de la nada. No podemos crear vida. La vida solamente puede ser dada por Dios. Por eso, todo intento y esfuerzo de nuestra parte para obtener vida espiritual, es en vano. Solamente en Aquél que es llamado “el verbo” o “la Palabra de Dios” y que hizo todas las cosas al principio, está la vida espiritual y la vida eterna.

    Publicado por editorial El Sembrador