16.¡Añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento!2 P.1:5
El apóstol Pedro exhorta a los creyentes: “Poniendo toda diligencia por esto mismo, ¡añadid a vuestra fe virtud; y a la virtud, conocimiento!” Esta es una instrucción muy útil, incluso para cristianos muy celosos de buenas obras.
La palabra “conocimiento” en realidad significa sabiduría, o buen sentido. El creyente no sólo debe practicar virtud, mostrando santo celo y capacidad para hacer el bien. También debe practicarla en la forma más sensata, con sabiduría y discernimiento. No debe obrar a ciegas. Debe rogar por la iluminación del Espíritu del Señor, y estudiar el asunto siempre con todo cuidado, para descubrir, en una situación dada, la forma más razonable y conveniente de exaltar la gloria de Dios y de hacerle bien al prójimo. ¿No es ésta una amonestación sumamente oportuna? Pensemos tan solo en las múltiples trampas que el diablo nos tiende para engañarnos, y en el enorme daño y en la gran ofensa que puede causar un cristiano bienintencionado pero imprudente… Puede cometer una vergonzosa torpeza, y hacer que se escandalicen las almas débiles. Es importante que, temiendo por nuestro propio bien espiritual: ¡Oremos fervorosamente y sin cesar pidiendo la iluminación de Dios! ¡Cuán necesario es tratar de adquirir siempre más comprensión de la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios!
¡Hace falta tener un espíritu honesto y un corazón sincero para no disfrazar al “viejo Adán” con el manto de la prudencia! Algunos quieren añadir conocimiento, pero no para la gloria de Dios ni para el bienestar del prójimo.
Lo que algunos realmente están buscando, es popularidad y paz mundana. Su prudencia y presunta sabiduría de hecho no es más que una maniobra para escapar de la cruz, del odio y de la persecución de los hombres. Se adaptan fácilmente a las opiniones de todo el mundo, y erróneamente sostienen que la suya es una actitud de “sabiduría y prudencia…” ¡Ah! cuán necesario es prestar mucha atención a los motivos del corazón y descubrir si realmente estamos buscando y promocionando la gloria de Dios y el bienestar del prójimo, o si sólo estamos interesados en la popularidad y paz mundanal.
Veamos el significado de las palabras: “¡y a la virtud (añadid) conocimiento!” -con algunos ejemplos. Es virtud y un celo santo luchar por la gloria de Dios y por el crecimiento de su Reino, tratando de despertar a los dormidos y de amonestar a los corruptos. Pero se necesita conocimiento, sabiduría, prudencia y discernimiento para hacerlo de la forma correcta y el momento oportuno para hacerlo.
El momento oportuno es generalmente el primer momento, y la forma correcta sería la de censurar inmediatamente el pecado percibido. Sin embargo, la sabiduría puede aconsejar que no procedamos así. Si nuestro prójimo se encuentra en un estado muy irritable, o si acaba de ofendernos, entonces nuestra amonestación podría caerle como una expresión de resentimiento personal. En ese caso convendría esperar otro momento, en el que nuestras relaciones con él estén bien o por lo menos estén normales, de manera que pueda darse cuenta del amor que nos mueve. La “forma correcta” generalmente es adecuar la censura a la falta, o sea: censurar más una falta grave, y censurar menos una falta leve. Sin embargo la sabiduría nos aconseja muchas veces no hacerlo exactamente así, sino tener en cuenta el estado de la persona y adecuar la censura al mismo.
Así, en el caso de un carácter fariseo y autosuficiente, puede ser que tengamos que censurar aun la menor falta. Si en cambio se trata de un discípulo débil y sensible, lo mejor quizás sea callarnos, o emplear sólo palabras bien medidas y corteses. Podemos darle a entender que conocemos bien el poder del tentador, nuestra propia flaqueza, y reconocemos las buenas intenciones del hermano.
Así podemos reanimarlo en su dolor y en su lucha contra el pecado, advirtiéndole al mismo tiempo contra la caída.
Y un ejemplo más: Es virtud y santo celo si detestamos la vanidad y la falta de modestia; si no nos gusta el derroche ni los abusos; si evitamos la ligereza y falta de consideración en el trato con los demás. Es virtud y santo celo si nos empeñamos seriamente en mortificar a nuestro viejo hombre, y nos preocupa que nuestros hermanos en la fe también hagan lo mismo. Pero nuestro texto también dice: “¡Y a la virtud, (añadid) conocimiento!” Por eso hemos de emplear aquí un buen criterio y discernimiento, considerando el provecho y propósito de nuestra auto-mortificación (ayunos, abstinencias, renunciamientos). Hemos de buscar siempre la gloria de Dios y el beneficio de nuestros semejantes, tanto como nuestro propio beneficio. A esto hemos de adecuar la medida y el grado de ambos en cada caso, a fin de no caer en un formalismo ciego, como el de los fariseos, monjes, y otros “santos”. En lo que respecta al propósito del ayuno, la moderación en las comidas, la modestia al vestir, los días de reposo, etc., en ciertas ocasiones debo ser más riguroso, en otras menos, de acuerdo a las exigencias circunstanciales. O sea, debo vivir en forma más austera cuando lo requiere la mortificación de mi propia carne, o el modo de vida de la gente piadosa de aquel lugar, o mi iliquidez temporaria, etc.
En cambio debo vivir en forma menos austera cuando las circunstancias lo requieren… O sea, seguir lo que ayuda a promover la gloria de Dios y mi propio bienestar, o el del prójimo. Por esto el apóstol exhorta: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, ¡hacedlo todo para la gloria de Dios!” “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el Nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él!” (1 Co.10:31; Col.3:17).
Estamos añadiendo conocimiento a la virtud, si prestamos atención a las circunstancias, al propósito, y a los dictados del amor y de la prudencia, en cada caso individual.
Dios quiere que hagamos lo que es bueno y conveniente para nuestra propia vida.