16 de abril 2026

    16.Porque todo lo que es nacido de Dios, vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe.1 Jn.5:4

    En todo el capítulo 11 de la epístola a los Hebreos, se nos muestra de lo que fueron capaces los grandes héroes de la fe en la antigüedad, lo que sufrieron y obtuvieron. Al final, el apóstol nos remite al ejemplo de los mártires, que por amor a Cristo abandonaron todo lo que tuvieron de valioso en esta vida; renunciaron a sus posesiones, casas y hogares, padre, madre, hermanos y amigos; y por último, a sus propias vidas. ¡Todo por causa de la fe! Esto es lo que se llama vencer al mundo. Porque su príncipe, el diablo, con toda su perfidia; el mundo de los infieles, con sus amenazas y falsas promesas; y nuestra propia corrupta carne, con su enfermiza sensibilidad tanto para deleitar como para desalentar, se unen para tratar de convencer a los fieles para que traicionen y dejen a Jesús. Sin embargo, los fieles triunfan sobre todo.

    Y el poder para la victoria, el poder que superó al mundo, fue la fe. El que ha renacido por la fe y es fiel a Cristo, no está dominado por nada. Puede sufrir y perderlo todo. Tampoco es esclavo del pecado y de los placeres del mundo, ni siquiera de cosas que en sí son inocentes. Por supuesto, que no esté esclavizado a nada no significa que el mal no lo pueda afectar, ni que en un momento de debilidad no pueda ser sorprendido y derribado por el pecado.

    Pero no permanece caído ni dominado. No practica el pecado deliberadamente y sin oponer resistencia. No se resigna frente al mal, como si fuera un esclavo que cada mañana debe estar bajo el mismo yugo y servirle. (Así es como el pecado y el mundo infiel dominan a los impíos, aunque éstos a veces sufran, lloren y giman a causa de ello).

    Donde falta la fe en Jesús, no hay redención, ni poder para vencer el pecado.

    Esos miserables siempre siguen siendo esclavos del pecado -particularmente de algún pecado favorito-. Aparente o formalmente se pueden abandonar muchos malos hábitos, aun sin el auxilio de la gracia de Dios. Pero quien ha nacido de Dios ya no es esclavo de ningún pecado, aunque siempre le siga persiguiendo la tentación. Tentación contra la que habrá que luchar, velar y orar diariamente.

    Pero quien ni siquiera lucha, y en vez de orar para no caer en tentación, excusa y defiende su pecado, el tal es esclavo del pecado.

    El regenerado ni siquiera es siervo de cosas inocentes en sí. Por ejemplo, es algo inocente e incluso algo bueno, ordenado en la Palabra de Dios, que el hijo ame a su padre y a su madre. Pero Jesús enseña que el esclavo de ese amor… el que no puede abandonar a su padre y a su madre, cuando resulta necesario hacerlo por amor a Cristo, no puede ser su discípulo. Era algo inocente en sí mismo poseer y atender una hacienda, comprar bueyes, tomar mujer por esposa, etc. Pero cuando los convidados a la gran cena del Señor le dieron la máxima importancia, y por ellas rechazaron la invitación, esas cosas se convirtieron en pecados mortales (Lc.14:18-20).

    La fe y la regeneración no impiden que se manifiesten los sentimientos, las debilidades y necesidades de la naturaleza. Sin embargo cuando se hace necesario, el creyente los suprimirá, por seguir fielmente a su Señor. Como dice Asaf en el Salmo 73:21ss: “Se llenó de amargura mi alma, y en mi corazón sentía punzadas… Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha. Mi carne y mi corazón desfallecen. Mas la roca de mi corazón, y mi porción es Dios para siempre”. Esto es lo que se llama “vencer al mundo”.

    Por más religioso, devoto y honesto que fuere, cuando se me reprende por mi pecado favorito o algo en sí mismo inocente pero idolatrado por mí, si no puedo resistir la prueba y dejar ese placer codiciado; y en vez de contentarme con el Señor como mi único tesoro y toda mi felicidad, me dejo llevar por la tentación, e incluso trato de encubrir mi desvío y flaqueza con buenas apariencias… entonces soy vencido y derrotado. En ese caso el verdadero Dios dejó de ser el Dios y el tesoro de mi corazón, y ya no poseo el poder vencedor de la regeneración y de la fe.

    “Todo lo que es nacido de Dios, vence al mundo”. Esta victoria es el rasgo característico de los cristianos. El triunfo sobre el mundo los distingue, y revela que son regenerados, que han nacido de Dios. Esto también los diferencia de los falsos cristianos, que apenas tocan la superficie de la Palabra de Dios pero jamás conocieron su poder, y por lo tanto carecen totalmente de vida y poder espiritual, y se conforman con las apariencias. Nadie puede renacer de Dios y permanecer en la antigua, corrupta y mundana manera de vivir, revolcándose en el pecado, dándole el gusto al diablo, y comportándose igual que antes. Sino que tendrá que hacerle frente al diablo y a todo su reino.

    Por lo tanto, “si no vences al mundo, antes permites que el te venza, podrás jactarte de tu fe en Cristo, pero tu propia conducta lo desmiente, demostrando que no eres un hijo de Dios” (Lutero). La persona que pretende ser cristiana, pero al mismo tiempo quiere andar bien con el mundo impío, o al menos con algunos amigos mundanos, pretende algo imposible, a no ser que se convierta en uno igual a ellos. Si te adaptas para que te acepten y quieran los que no aman, ni honran, ni quieren saber nada de Jesús, ¿qué implica eso? Ciertamente algo peor que la negación de Pedro (Mt.26:70), porque él en realidad nunca llegó a ser amigo del mundo, pues arrepintiéndose “salió y lloró amargamente” (v.75), y después siguió siendo un discípulo de Cristo. Si te avergüenzas de Cristo y lo niegas para ser aceptado y estimado por la gente del mundo, eso revela un estado de infidelidad hacia el Señor, y que el mundo prevalece en tu vida. Revela que te falta la vida del regenerado y el poder de la fe. Dice Stg.4:4: “La amistad del mundo es enemistad contra Dios”. Ni Cristo, ni ninguno de sus fieles discípulos, por más amable, cariñoso, inteligente y cuidadoso que haya sido, pudo ser al mismo tiempo amigo de Dios y del mundo impío.

    Publicado por editorial El Sembrador